
En 2018, mis alumnas Micaela Toledo y Pamela Chango me contaron esta leyenda.
No la habían leído en ningún libro. La habían escuchado de Betty Vega Pérez.
Betty les contó que, años atrás, en Tumbaco, su padre vivió una experiencia que nunca logró explicarse.
Aquella noche había asistido a una reunión cerca del parque central. Como su casa quedaba a pocas cuadras, no llevó el auto y decidió regresar caminando.
Mientras avanzaba, comenzó a sentir que alguien lo seguía. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie.
Siguió caminando. Trató de convencerse de que era solo su imaginación, aunque aquella sensación no desaparecía.
Después de recorrer unas cuadras, se detuvo y miró hacia atrás.
Ahí estaba.
Una figura oscura, cubierta por algo que parecía un manto. No podía verle el rostro.
El hombre continuó su camino.
Entonces escuchó un gemido.
Volvió la cabeza, pero la figura permanecía allí.
Poco después escuchó otro gemido y, enseguida, el llanto de una mujer.
Volvió a mirar.
La figura estaba más cerca.
Comenzó a rezar en voz baja mientras apuraba el paso. Los gemidos continuaban detrás de él.
Entonces echó a correr.
No se detuvo hasta llegar a su casa.
Cuando golpeó la puerta, su esposa comprendió que algo había ocurrido. El susto se le notaba en el rostro.
Él le contó lo que acababa de vivir.
Ella lo escuchó y recordó algo que había oído comentar a las vecinas: por las noches, una mujer recorría las calles de Tumbaco gimiendo y llorando.
Se aparecía, sobre todo, a quienes caminaban solos.
La llamaban la Llorona.
Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II.
