Esta leyenda fue recogida por Mariuxi Campos, Josselyn Conforme, Cristina Tandazo, Silvia Calderón, Mayibeth Espinoza y Gilbert Bustamante. Su profesor, Óscar Ruiz, me la contó y yo la reproduzco en el mismo tono en que la escuché.

Aquella noche don Esteban salió del casino mucho más tarde de lo acostumbrado.

Había pasado horas frente a las cartas.

Perdió.

Volvió a ganar.

Y terminó apostando algo que no debía.

Cuando emprendió el camino de regreso, las calles de Catamayo estaban desiertas.

Solo se escuchaban sus pasos sobre el viejo empedrado.

De pronto oyó el trote de un caballo.

No le dio importancia.

Pensó que algún jinete regresaba a su casa.

Siguió caminando, pero entonces ocurrió algo muy extraño.

Se detuvo un momento para acomodarse el sombrero y los cascos dejaron de sonar.

Volvió a caminar.

El caballo también.

Sintió un escalofrío.

Aceleró el paso.

Los cascos retumbaron con más fuerza.

Miró hacia atrás.

No vio a nadie.

Pero el sonido seguía acercándose.

Entonces echó a correr.

Mientras más corría, más cerca escuchaba al caballo.

Cuando por fin llegó a su casa, golpeó la puerta con desesperación.

—¡Rosita!… ¡Ábreme!… ¡Rápido!

Doña Rosita abrió sobresaltada.

Apenas vio el rostro de su esposo, comprendió que algo terrible había ocurrido.

—¿Qué pasó?

Don Esteban apenas podía hablar.

—¡El jinete y su caballo vienen detrás de mí!… ¡No dejes que entren!

Ella no hizo más preguntas.

Lo llevó hasta la habitación y cerró la puerta.

—Quédate aquí.

Después regresó a la entrada de la casa.

Apenas había llegado cuando un golpe estremeció la puerta.

Luego otro.

Y otro más.

Parecía que el jinete y su caballo intentaban derribarla.

Doña Rosita tomó el rosario que colgaba junto a una imagen de la Virgen y comenzó a rezar.

Su voz apenas se escuchaba.

Pero no dejó de hacerlo.

Entonces un fuerte olor a azufre llenó la casa.

Sobre la ventana apareció primero la sombra de un enorme caballo.

Después, la del jinete.

Una voz profunda hizo temblar la vivienda.

—¡Ese hombre me pertenece!

El silencio duró apenas un instante.

La voz volvió a escucharse.

—¡Esta noche apostó su alma!

Doña Rosita apretó el rosario entre las manos y siguió rezando.

Con cada oración, el caballo golpeaba la puerta con más violencia.

Las ventanas vibraban.

Las paredes parecían estremecerse.

Alertados por los golpes, los vecinos comenzaron a salir de sus casas.

Algunos corrieron hasta la vivienda.

Poco después llegaron también policías y militares.

No encontraron a nadie.

Solo un fuerte olor a azufre envolvía la casa.

Uno de los vecinos alumbró el suelo con un farol.

—Vengan rápido a ver esto…

Todos se acercaron rápidamente y vieron una descomunal huella de un jinete y su caballo marcada junto a la puerta.

Nadie dijo nada.

Una de las vecinas, asustada, se persignó.

Entonces un anciano, que hasta ese momento no había pronunciado una sola palabra, murmuró:

—Ese no era un caballo ni un jinete de este mundo.

Desde aquella noche, don Esteban nunca volvió a entrar a un casino.

Y todavía hay quienes aseguran que, cuando el pueblo queda en silencio y la luna ilumina las calles de Catamayo, vuelven a escucharse unos cascos golpeando lentamente sobre el empedrado.

Nadie se queda a esperar al jinete.

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