
Dorys Rueda
Aquella tarde, la señorita beata salió de la iglesia como todos los días.
Había pasado varias horas rezando.
En el camino encontró a dos amigas. Cada una caminaba tomada de la mano de su enamorado.
Las saludó.
Siguió su camino.
Pero aquella vez algo le molestó.
Desde muy joven había vivido entre rezos y penitencias. Iba todos los días a la iglesia y, aunque nadie lo sabía, también soñaba con encontrar un hombre que la quisiera.
Los años pasaban.
Sus amigas tenían enamorados.
Ella seguía sola.
Quizás por eso, mientras regresaba a casa, dijo en voz alta:
—Si el propio diablo se me apareciera, con él me casaría.
Continuó caminando.
Para ella no había sido más que una frase dicha en un momento de frustración.
Pero alguien pareció escucharla.
Al día siguiente, cuando regresaba de la iglesia, un desconocido apareció en el camino.
Era joven y apuesto. Vestía un traje blanco impecable. Su piel tenía un extraño matiz rojizo y sus ojos brillaban de una manera que ella nunca había visto.
El hombre se acercó.
—Buenas tardes, señorita.
Ella respondió al saludo.
Caminaron juntos.
Hablaron durante un buen rato y, antes de despedirse, el joven le hizo una propuesta inesperada:
—Quiero casarme con usted.
La señorita beata lo miró sorprendida.
Había esperado tantos años aquellas palabras que apenas necesitó pensarlo.
Aceptó.
—Entonces lléveme ante sus padres —dijo él—. Quiero pedir su mano.
Ella lo condujo hasta su casa.
Sus padres escucharon al desconocido. Lo encontraron cortés, educado y seguro de sí mismo.
Y aceptaron.
Los preparativos comenzaron de inmediato.
El novio solo puso una condición:
—No quiero niños en la celebración.
A todos les pareció extraño.
Nadie preguntó por qué.
Llegó el día.
Familiares y amigos se reunieron para acompañar a la pareja. Uno de los invitados no tenía con quién dejar a su pequeño hijo y decidió llevarlo escondido debajo del poncho.
—Quédate quietito —le susurró—. Que nadie te vea.
Comenzó el baile.
El niño permaneció oculto durante un buen rato, hasta que la curiosidad pudo más.
Asomó la cabeza.
Buscó al novio entre los invitados.
Y lo vio.
Debajo del elegante traje blanco aparecía una larga cola. Sus manos terminaban en uñas afiladas y sobre la cabeza asomaban unos cuernos que ningún adulto parecía advertir.
El pequeño volvió a esconderse.
Tiró del poncho de su padre.
—Papá…
—¿Qué pasa?
—Ese señor tiene cola.
El hombre creyó que su hijo estaba jugando.
—Quédate quieto.
—Y tiene cuernos.
El padre levantó la mirada hacia el novio.
Observó con atención.
Entonces también los vio.
Sintió un escalofrío.
Corrió hacia la puerta de la casa, tomó unas ramas benditas de laurel y formó con ellas un boyero que lanzó sobre el extraño.
El novio retrocedió.
Después salió corriendo.
A su paso quedaron chispas que se perdieron en la oscuridad.
Los invitados huyeron.
La casa comenzó a hundirse lentamente, como si la tierra quisiera tragársela.
A la mañana siguiente, la señorita encontró una carta junto a la puerta.
Era de él.
Le decía que volvería.
Y volvió.
Tiempo después nació un niño.
Pero el padre desapareció y la señorita beata quedó sola con su hijo.
Pasaron seis años.
Una mañana, mientras el pequeño jugaba en la escuela, sus compañeros descubrieron una extraña marca en su espalda.
Se apartaron.
El niño no entendía por qué.
Al regresar a casa fue directamente donde su madre.
—Mamá, ¿qué tengo en la espalda?
Ella guardó silencio.
—¿Por qué los niños me tienen miedo?
La mujer bajó la mirada.
Había callado durante seis años.
Ya no podía hacerlo.
—Hijo, tu padre es el propio diablo.
El niño permaneció en silencio.
Después preparó sus cosas.
—¿Adónde vas? —preguntó su madre.
El pequeño se volvió hacia ella.
—A buscar a mi padre.
—¿Y dónde vas a encontrarlo?
El niño miró hacia el camino.
—No lo sé.
Salió de la casa.
Su madre permaneció en la puerta, observándolo.
El niño no volvió la cabeza.
Y poco a poco se perdió en el camino.
