Este monstruo sobrenatural, no era más que según las beatas de entonces, la encarnación del demonio, porque era un perro con cuernos y de sus ojos nacían ascuas que encandilaban en las tinieblas.

Dios había consentido que salieran del infierno, para ver asustados un tanto a frailes y “curuchupas”, que eran el azote de la incipiente sociedad cuencana; además de los transeúntes de las noches, en sus andanzas amorosas.

Este enorme animal arrastraba una pesada cadena por los barrios por los que andaba y producía un gran estruendo que hacía temblar de los nervios a quienes lo escuchaban, de tiempo en tiempo emitía un sonido similar a la de un aullido,  eran tan funestos que a veces coincidían con los graznidos de un búho.

Estos sonidos eran de mal augurio, sobre todo para los campesinos o indígenas, , pues seguro quien los percibía estaba para morir muy pronto, por lo que un jocoso e ilustre bardo decía:

El búho grazna,

el perro aúlla,

el indio muere;

parece chanza

pero sucede.

Mitos y Leyendas Ecuatorianas, Compilación, Ariel Clásicos Ecuatorianos, 2015.

 

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