Leyenda de la tradición shuar

Hace mucho tiempo, en la selva amazónica, vivía Iwia, un gigante temido por las comunidades shuar.
Era un ser voraz. Atrapaba a sus víctimas, las metía en una enorme shigra y se las llevaba para devorarlas.
Un día llegó hasta la vivienda de una familia y mató a sus integrantes. Solo dejó con vida a un niño llamado Etsa.
Se lo llevó consigo.
Desde entonces, lo crió como a su propio hijo, ocultándole lo que había sucedido con sus padres.
Etsa creció bajo el cuidado de Iwia, sin sospechar que aquel ser al que llamaba padre había destruido a su familia.
Cuando tuvo edad suficiente para cazar, el gigante comenzó a enviarlo a la selva.
—Tráeme pájaros —le ordenaba—. Quiero comerlos.
El muchacho obedecía. Cada mañana salía con su cerbatana y regresaba con la shigra llena de aves.
Así transcurrieron los años.
Una mañana, Etsa salió de cacería y descubrió algo extraño.
La selva estaba en silencio.
No escuchó el canto de los pájaros ni el aleteo entre las ramas. Caminó durante largo rato, buscando alguna señal de las aves que antes encontraba por todas partes.
No vio ninguna.
Hasta que, entre las ramas de una malitagua, descubrió una paloma.
Era Yápankam.
El muchacho se acercó. La paloma lo observó con recelo.
—¿También vas a matarme? —preguntó.
Etsa miró a su alrededor.
—No. Creo que he acabado con todos los pájaros de la selva.
Yápankam descendió hasta una rama más baja.
Comenzaron a conversar, y la paloma comprendió que Etsa desconocía muchas cosas de su propia vida.
Entonces decidió contarle la verdad.
Le habló de sus padres.
De la llegada de Iwia.
De cómo el gigante los había matado y se había llevado al niño para criarlo bajo su dominio.
Etsa escuchó sin interrumpirla.
Durante años había obedecido a quien creía su padre. Había cazado para él y regresado cada tarde con las aves que le pedía.
Ahora sabía quién era Iwia.
Entonces comenzó a llorar.
Yápankam permaneció cerca, esperando a que se calmara.
Después le habló.
—No puedes devolverles la vida a tus padres. Pero todavía puedes hacer algo por los pájaros.
Etsa levantó la cabeza.
—¿Qué puedo hacer?
—Recoge las plumas de las aves que has matado. Introdúcelas en tu cerbatana y sopla con fuerza.
El joven siguió sus indicaciones.
Reunió las plumas que conservaba de sus cacerías y las introdujo en la cerbatana.
Luego sopló.
De su interior salió un pájaro.
Después otro.
Y otro más.
Pronto comenzaron a surgir aves de distintos tamaños y colores. Unas se elevaron sobre los árboles; otras se posaron en las ramas y extendieron las alas.
La selva volvió a llenarse de cantos.
Los pájaros habían regresado.
Pero Etsa ya no era el muchacho que salía cada mañana a cazar para Iwia.
Conocía la verdad.
Desde entonces, según cuenta la tradición shuar, Etsa e Iwia fueron enemigos.
Sobre esta leyenda
Esta versión es una adaptación literaria de Dorys Rueda, realizada a partir de distintas fuentes de la tradición oral shuar.
Entre las obras de referencia se encuentran Etsa y el gigante (1979), de Paulina Movsichoff Zavala, basada en el testimonio de Ampam Karakrás Ipiák; Etsa e Iwia: la lucha eterna (1985), de Siro Pellizzaro, y la versión publicada por el Ministerio de Educación del Ecuador.
Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.
