
Fuente oral: Romel Rojas
Versión literaria: Dorys Rueda
Hace muchos años que visto de negro.
Camisa negra, pantalón negro, zapatos negros. No es una cuestión de elegancia ni de luto permanente. Simplemente descubrí que vestirme siempre del mismo color me ahorraba una preocupación diaria: decidir qué ponerme.
Soy maestro y periodista. He pasado buena parte de mi vida entre aulas, redacciones y micrófonos.
Una tarde, cuando ingresaba a una entidad financiera de Otavalo, me encontré con uno de mis exalumnos.
Ahora era sacerdote.
Nos reconocimos enseguida y nos saludamos con el afecto de quienes, a pesar de los años, conservan buenos recuerdos.
Nos quedamos conversando junto a la entrada.
El tiempo había hecho algunos ajustes en nuestras apariencias.
Yo había perdido varios kilos y, según me decían, lucía más joven. Él, en cambio, había ganado unos cuantos y aparentaba más edad.
El resultado era curioso.
El maestro parecía haber rejuvenecido y el alumno, envejecido.
Allí estábamos, conversando tranquilamente, sin sospechar que alguien nos observaba.
Era la señora encargada de la limpieza.
Mientras realizaba sus labores, nos miraba de vez en cuando. Frente a ella había un sacerdote y un hombre vestido completamente de negro. Ambos parecíamos tener más o menos la misma edad.
La señora debió sacar sus propias conclusiones.
Nos despedimos y cada uno siguió su camino.
Olvidé el encuentro.
Tiempo después regresé a la entidad financiera.
Apenas entré, la señora de la limpieza me recibió con una sonrisa.
—¡Buenos días, padrecito!
Miré a mi alrededor.
No había ningún sacerdote cerca.
Respondí el saludo y continué caminando.
Pensé que se había confundido.
Pero la siguiente vez ocurrió exactamente lo mismo.
Entonces comencé a sospechar que mi encuentro con aquel exalumno había tenido consecuencias inesperadas.
Tal vez la señora nos había visto conversando, había observado mi ropa negra y había decidido que ambos pertenecíamos al mismo oficio.
Nunca quise sacarla de su error.
Me saludaba con tanta amabilidad que terminé acostumbrándome.
Ahora, cada vez que entro en aquella entidad financiera, ella sonríe y me dice:
—¡Buenos días, padrecito!
Y yo, con toda naturalidad, le contesto:
—Buenos días, hija.
Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.
