Estaba en segundo año de la Universidad Central y, como buen estudiante de aquellos tiempos, tenía más cuadernos que dinero.

Ese día apareció el hambre.

No un poco de hambre.

Hambre.

De esa que llega sin invitación y empieza a tomar decisiones por uno.

Estaba con dos amigos en idénticas condiciones.

Tres estudiantes.

Tres estómagos vacíos.

Y un capital conjunto de cero sucres.

Revisamos los bolsillos por si ocurría un milagro.

No ocurrió.

Cerca de la universidad había un restaurante grande, muy conocido por sus ensaladas de frutas.

Lo miramos.

Nos miramos.

No recuerdo quién tuvo la idea. Probablemente surgió entre los tres, porque el hambre también favorece el trabajo en equipo.

Entramos.

En aquella época uno podía sentarse, pedir tranquilamente y pagar al final.

Ese último detalle nos convenía bastante.

Llegó el mesero.

Y nosotros empezamos a pedir como si acabáramos de cobrar el sueldo.

No nos privamos de nada.

Comimos bien.

Muy bien.

Al parecer, la falta de dinero no nos había quitado el apetito.

Llegó el postre de ensalada de frutas.

La cuenta vendría después.

Entonces empezamos a organizar la retirada.

El plan no era precisamente sofisticado.

Había que salir.

Sin pagar.

Nos miramos.

Agarramos los cuadernos.

Y corrimos.

Con el Jesús en la boca, los cuadernos en las manos y todo el almuerzo en el estómago, emprendimos la fuga.

Nadie miró atrás.

Yo estaba convencido de que alguien venía detrás. Mis amigos debían pensar lo mismo, porque ninguno disminuyó la velocidad para comprobarlo.

Era preferible conservar la duda.

Solo nos detuvimos cuando llegamos a la Universidad Salesiana.

Y no quedaba precisamente cerca.

Nos apoyamos donde pudimos, intentando recuperar el aire y convencer al almuerzo de que permaneciera donde estaba.

Miramos hacia atrás.

Nadie nos había seguido.

Habíamos escapado.

Durante unos segundos ninguno pudo hablar.

No por remordimiento.

Por falta de aire.

Cuando finalmente lo recuperamos, nos miramos.

El plan había tenido algunos vacíos.

En realidad, bastantes.

Pero había funcionado.

Aquel día aprendimos algo que no constaba en ninguna materia de la universidad:

hasta la improvisación necesita un plan.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

error: Content is protected !!