
Por Oliva Mesa
En aquellos años, el Mercado 24 de Mayo funcionaba en lo que hoy es la Plaza Cívica.
Durante el día estaba lleno de vendedores, compradores, canastos, frutas, verduras y gente de las comunidades que llegaba a comprar lo necesario para la semana.
Pero por la noche el mercado nos pertenecía.
Jugábamos a las escondidas, a las cogidas, a las canicas y, a veces, hasta armábamos una cancha de fútbol en plena calle Modesto Jaramillo.
Tampoco necesitábamos inventar peligros.
Las historias que escuchábamos en casa se encargaban de eso.
Nuestros padres contaban historias del Cura sin Cabeza, de la Sirena de Punyaro, de la Viuda del Cementerio y de María Angula.
Nosotros escuchábamos todo.
Y creíamos lo suficiente.
Una noche, mi amiga Margarita Rueda y yo jugábamos a las escondidas cuando a una de las dos se le ocurrió entrar al mercado.
Teníamos siete años.
Probablemente fui yo.
Probablemente fue Margarita.
Después de tantos años, ninguna de las dos merece cargar sola con la responsabilidad.
Entramos.
Los puestos vacíos parecían distintos en la oscuridad y avanzamos despacio, buscando un lugar donde escondernos.
Entonces los vimos, a lo lejos.
Dos siluetas.
Inmóviles.
Margarita me tomó de la mano.
Yo apreté la suya.
No tuvimos que decir nada.
Las dos pensamos lo mismo.
La bruja y el diablo.
El miedo nos aconsejaba salir corriendo.
La curiosidad opinó lo contrario.
Ganó la curiosidad.
Nos acercamos un poco más y, no sé por qué, empezamos a reírnos.
Primero bajito.
Después ya no pudimos parar.
Nuestras carcajadas recorrieron el mercado vacío hasta que una de las figuras preguntó:
—¿Quiénes están allí?
Dejamos de reír.
La bruja y el diablo hablaban.
Eso no era lo extraño.
Lo extraño era que parecían asustados.
Nos escondimos detrás de uno de los puestos y, cuando nos atrevimos a mirar mejor, los reconocimos.
Eran dos jóvenes del barrio.
Estaban tomados de la mano.
Aquello explicaba algunas cosas.
Los muchachos miraron hacia la oscuridad.
Nosotras permanecimos escondidas.
Esperaron unos segundos.
Después salieron corriendo.
No caminando.
Corriendo.
Nos quedamos mirándolos hasta que desaparecieron y, cuando estuvimos seguras de que no regresarían, salimos del mercado riéndonos.
Cada una volvió a su casa.
Margarita y yo nunca volvimos a hablar de aquella noche.
Años después, cuando me cruzaba con alguno de aquellos jóvenes por Otavalo, solo sonreía.
Nunca les pregunté de qué habían salido corriendo esa noche.
Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.
