Tenía las mejores piernas que he visto en mi vida.

Usaba medias rojas hasta la rodilla, tacones altos y una pequeña minifalda.

La llamábamos Bebé.

Cuando pasaba frente a nosotros, más de uno dejaba lo que estaba haciendo para verla caminar.

Yo también.

No voy a decir que me interesaban solamente sus piernas.

Sería injusto.

Me gustaba toda.

El problema era que Bebé estaba perdidamente enamorada de mí.

Yo acababa de terminar una relación de ocho años con una mujer casada.

Ocho años.

Ahora la recuerdo como un error.

Uno bastante largo.

Después conocí a otra mujer.

Y ahí mis tiempos cambiaron por completo.

Con la primera estuve ocho años.

Con la segunda, a los tres meses ya estaba casado.

De ocho años pasé a tres meses.

Ni yo mismo sé cómo hice esas cuentas.

Bebé lo supo.

Poco después renunció a su trabajo y se fue a Alemania.

Un compañero me contó que se había marchado por despecho.

Para olvidarme.

Se fue bastante lejos para intentarlo.

En Alemania conoció a un alemán, se casó y tuvo una hija.

Yo seguí con mi vida.

Ella con la suya.

Pasaron diez años.

Hasta que un día un amigo me entregó un papelito.

—Te manda Bebé.

Lo abrí.

Había regresado al país.

Quería verme.

En un hotel.

Después de diez años, no necesitaba mayores explicaciones.

Fui.

Cuando llegué, allí estaba.

Las medias rojas habían desaparecido.

Llevaba un precioso vestido blanco de croché.

Nos sentamos a conversar.

Tomamos unas copas.

Habían pasado diez años, pero a mí seguía gustándome.

Y ella seguía enamorada de mí.

Al menos eso sentí aquella noche.

Después de un rato subimos a una de las habitaciones.

Los dos sabíamos por qué estábamos allí.

O eso creía yo.

Nos besamos.

Nos abrazamos.

Nos acariciamos.

Era un momento que había quedado pendiente diez años atrás.

Pero Bebé estaba nerviosa.

Muy nerviosa.

—Relájate, Bebé —le dije.

Me miró.

—¿Cómo?

—Suéltate. Relájate.

Seguía mirándome.

—¿Pero cómo me suelto?

Ahí comenzaron los problemas.

—No pienses tanto. Déjate llevar.

No funcionó.

Bebé seguía tensa.

—Relájate —repetí.

Nada.

Volvimos a besarnos.

Ella seguía igual.

Y yo comenzaba a comprender que aquello no iba a terminar como lo había imaginado.

Me detuve.

No podía continuar con ella en esas condiciones.

Y pensar que habíamos necesitado diez años para llegar hasta allí.

Diez años.

Y todo había terminado porque Bebé no sabía cómo hacer algo que, hasta esa noche, yo tampoco sabía que necesitara instrucciones:

relajarse.

Me despedí.

Salí del hotel frustrado.

Muy frustrado.

Mientras caminaba, pensé en la mujer que acababa de dejar en aquella habitación.

En su vestido blanco de croché.

Pero poco a poco esa imagen fue desapareciendo.

En su lugar apareció la Bebé de diez años atrás.

La que cruzaba frente a nosotros y conseguía que varios hombres perdiéramos, de pronto, todo interés por el trabajo.

La minifalda.

Los tacones.

Las piernas.

Y aquellas medias rojas hasta la rodilla.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

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