Ibarra, 12 de agosto de 2026

María Fernanda:

Me contaron que el viernes pasado fuiste con tu maestra y tus compañeros al Museo Alberto Mena Caamaño, conocido como Museo de Cera. Me contaron que viste la escena del 2 de agosto de 1810, la del antiguo cuartel, la de Manuel Rodríguez de Quiroga. Me contaron que lloraste. Me contaron que la guía y tu maestra te abrazaron, te hablaron bajito y te acompañaron hasta que el llanto aflojó.

Me contaron que después, ya más serena, pero todavía con la voz quebrada, preguntaste a todos los que tenías cerca: «¿Por qué fueron tan malos estos españoles si él solo quería ya no ser de España?».

Y me contaron que nadie te respondió de un modo que te dejara tranquila. Que la guía lo intentó, que tu maestra lo intentó, pero que tú y tus compañeros se subieron al autobús con más preguntas que respuestas. Y que, en el asiento de atrás, un niño —cuyo nombre no me dijeron, pero cuya voz se escuchó clara— dijo que no quería ir a España, donde vive su mamá, porque allí la trataban mal y la llamaban «sudaca».

María Fernanda, voy a intentar responderte. No porque sea fácil ni porque la respuesta quepa en una carta, sino porque tu pregunta es una de las más importantes que podemos hacer ante la historia. Te la hiciste a los siete años, llorando, con los ojos rojos y el corazón apretado, y eso merece una respuesta. También porque lo que dijo ese niño en el autobús me dolió tanto como a ti la escena del museo, y no quiero que su dolor quede sin palabras. Así que vamos por partes, como tú dices cuando algo es difícil.

Primero

Antes de cualquier explicación, quiero que sepas esto: estuvo bien que lloraras. Lo que viste —un hombre asesinado en medio de la desesperación de quienes lo rodeaban— es espantoso.

Lo es en la vida real y también en una representación de cera. Que te duela no es debilidad; muestra que puedes mirar el sufrimiento ajeno y no permanecer indiferente.

Los adultos que organizaron la visita sabían que esa escena podía ser dura para niños de tu edad; por eso la guía y tu maestra estuvieron contigo.

Nadie debería decirte que «no es para tanto» o que «así es la historia». Tu llanto expresa un juicio moral legítimo: aquello no debió ocurrir. La objetividad histórica no exige borrar el dolor; exige distinguir los hechos, las interpretaciones y nuestros juicios sin perder la humanidad.

Segundo

Preguntaste por qué fueron tan malos esos españoles. Aquí tengo que decirte algo que quizá te desconcierte un poco, pero que mereces saber porque eres inteligente y porque, como bien sabemos, preguntar es lo tuyo.

Los hombres que mataron a Rodríguez de Quiroga y a otros prisioneros el 2 de agosto de 1810 no representaban a todas las personas nacidas en España. Actuaban como parte de un aparato realista que defendía el orden monárquico. Las autoridades de los territorios vecinos enviaron tropas para sofocar el movimiento quiteño y mantener ese orden (Núñez Sánchez, 2008).

En aquella confrontación participaron autoridades, militares y civiles con procedencias e intereses distintos. Por eso conviene evitar una explicación que enfrente, a «España» y «Quito». La violencia política se organizó mediante jerarquías, órdenes y obediencias concretas, no por una supuesta maldad común a toda una nacionalidad.

¿Sabes qué significa eso, mi niña? Que la crueldad de aquel día no tenía una sola nacionalidad. Pertenecía a un sistema de poder que castigaba la desobediencia y encontraba servidores dispuestos a sostenerlo. La violencia no tenía pasaporte; tenía jerarquía.

Y hay algo más que debo decirte porque es verdad y porque te aprecio: muchos protagonistas de la Junta pertenecían a las élites criollas. La sociedad colonial estaba atravesada por profundas desigualdades, y el proyecto autonomista no incluyó de inmediato y en igualdad de condiciones a todos los grupos sociales (Ayala Mora, 2008). No te lo digo para que desprecies a quienes participaron, sino para que entiendas que la historia rara vez se divide entre personas enteramente buenas y enteramente malas. Una misma persona puede defender una libertad y no reconocer otras.

Nada de esto justifica a quienes mataron a Quiroga y a los demás prisioneros. Pero nos ayuda a formular una pregunta más precisa: «¿Cómo llega un sistema político a considerar aceptable matar a quien lo desafía?». Esa pregunta no tiene una sola nacionalidad ni una sola fecha: podemos hacerla ante 1810 y también ante nuestro presente.

Tercero

Tú dijiste, con tu lógica impecable de siete años: «Él solo quería ya no ser de España». Es una manera comprensible de resumirlo. Pero déjame precisarla un poquito, porque la historia es más enredada.

En agosto de 1809, Rodríguez de Quiroga y sus compañeros no proclamaron todavía una separación definitiva de la monarquía española. Mientras Fernando VII permanecía cautivo en Francia, la Junta quiteña invocó su nombre y reclamó el derecho a gobernarse desde aquí. Sus integrantes tenían motivos diversos, pero aquel paso afirmó una autonomía política que desafiaba a las autoridades coloniales (Núñez Sánchez, 2008; Rodríguez O., 2006).

Eso, María Fernanda, era muchísimo en aquel tiempo. El orden colonial había reservado las decisiones fundamentales a autoridades lejanas y a grupos privilegiados. La Junta afirmó que los habitantes de Quito podían participar en su propio gobierno. El primer proyecto fue derrotado; sus dirigentes quedaron presos y, el 2 de agosto de 1810, un intento popular por liberarlos terminó en una matanza ejecutada por las fuerzas realistas.

¿Entiendes la diferencia? No fue simplemente una lucha de españoles contra ecuatorianos —el Ecuador aún no existía como república—, sino un conflicto por la legitimidad del poder y el derecho a gobernarse. Esa pregunta, mi niña, sigue acompañando a muchas sociedades.

Cuarto

Ahora tengo que hablar de lo que dijo ese niño. No sé su nombre, pero quiero que sepas que sus palabras me partieron el corazón y me hicieron pensar mucho.

Dijo que no quería ir a España, donde vive su mamá, porque allí la trataban mal y la llamaban «sudaca».

María Fernanda, ese niño tiene siete años como tú. Su mamá está lejos, trabajando en España. No conocemos su oficio ni las razones concretas de esa separación; solo sabemos, por lo que él contó, que la distancia y el trato que ella recibe le duelen.

Él percibe —porque los niños comprenden mucho más de lo que a veces suponemos— que a su mamá la han hecho sentir menos por haber nacido aquí. La palabra que repitió es un insulto discriminatorio, y ningún origen nacional convierte a una persona en inferior.

En el autobús, ese niño relacionó la escena del museo con lo que, según contó, vive su mamá. Su comparación no convierte ambos hechos en lo mismo, pero revela una pregunta poderosa: ¿por qué unas personas se creen con derecho a dominar o humillar a otras?

El insulto que mencionó puede analizarse como parte de una larga herencia de jerarquías raciales y coloniales que todavía influye en nuestras sociedades (Quijano, 2000). Reconocer esa continuidad no significa afirmar que la discriminación actual sea idéntica a la violencia política de 1810; significa observar que ciertas ideas de superioridad sobreviven y cambian de forma.

También debo decirte algo importante: ninguna sociedad está formada por personas idénticas. En España, como en Ecuador, hay quienes discriminan y quienes se oponen a la discriminación.

El problema no es una nacionalidad, sino la idea de que algunas personas valen más por su lugar de nacimiento, su apariencia, su apellido o su condición social. Esa jerarquía injusta puede sostener violencias distintas y, por eso, debemos aprender a reconocerla.

Quinto

María Fernanda, sé que después del museo saliste con más dudas que certezas. Sé que la respuesta de la guía no te alcanzó. El mundo, a los siete años, puede sentirse demasiado grande y cruel cuando te muestran una escena como esa.

Quiero decirte algo que quizá te sirva ahora y también cuando tengas veinte, cuarenta o setenta años: las preguntas que no se responden del todo no son preguntas perdidas. Son preguntas que te acompañan y te hacen crecer.

Tu pregunta —«¿por qué fueron tan malos?»— no tiene una respuesta que la cierre para siempre, porque la violencia no posee una sola causa ni un solo rostro. Pero que la formules, que no te conformes y que vuelvas a preguntar es muy valioso. No dejes que nadie te diga que, al crecer, ya no se preguntan esas cosas. Se preguntan siempre; lo que cambia es la profundidad de la respuesta.

Y hay algo más que puedes hacer, algo pequeño y enorme a la vez: cuando veas que tratan mal a alguien por su origen, por ser indígena, por ser pobre, por ser mujer o por cualquier otra diferencia, no mires hacia otro lado. Puedes decir «eso no está bien», buscar la ayuda de un adulto responsable y acompañar a quien ha sido herido. Tu pregunta obliga a pensar; tu palabra, usada con cuidado y valentía, puede ayudar a que una injusticia no se repita.

Sexto

Te prometo que, cuando seas un poco más grande —o antes, si tú quieres—, iremos juntos al museo. Veremos la escena otra vez y te contaré quiénes fueron aquellas personas. Manuel Rodríguez de Quiroga fue abogado, escritor político y una figura importante de la Junta; su esposa se llamó Baltazara de la Bastida y Coello, y tuvieron una hija llamada Luisa (Rodríguez Castelo, 2010). También hablaremos de quienes participaron en la represión: tenían nombres, familias e historias. Recordar su humanidad no los excusa; nos ayuda a comprender que la violencia también puede ser ejercida por personas comunes que obedecen órdenes o aceptan ideas injustas.

Y después tomaremos un helado en la Plaza Grande. Porque la historia duele, mi niña, pero no puede ser solo dolor. También debe tener helado. También debe tener risa. También debe tener un tío viejo que te lleve de la mano y te diga: «Estoy aquí. Pregúntame lo que quieras».

Último

María Fernanda, esta carta posiblemente sea leída también por muchas personas adultas de tu escuela o de tu barrio. Así que, con tu permiso, les comparto unas palabras.

Señoras y señores lectores: una niña de siete años lloró ante una escena de cera y preguntó por qué. Otro niño relacionó la matanza de 1810 con el trato discriminatorio que, según contó, recibe su madre en Europa.

Dos niños hicieron lo que muchos adultos dejamos de hacer: sentir la historia en el cuerpo y preguntar por sus causas sin conformarse con una respuesta fácil.

Y nosotros —adultos, historiadores, maestros, editores, legisladores y ciudadanos—, ¿qué hacemos con esas preguntas? ¿Nos limitamos a las ceremonias cívicas y a repetir el relato de los «héroes inmaculados»?

¿O les ofrecemos lo que merecen: hechos comprobables, complejidad, contexto y el respeto de tratarlos como personas que piensan?

El niño del autobús necesita que un adulto valide el dolor que expresó y, al mismo tiempo, lo ayude a comprender que una experiencia de discriminación no define a toda una sociedad. Necesita escuchar que el maltrato hacia su mamá es injusto, que ningún insulto determina quiénes son ellos y que puede buscar apoyo en adultos e instituciones responsables.

Y María Fernanda no necesita que le digan «no llores, así es la historia». Necesita que le digan: «Llora, pregunta, duda y no te conformes. La historia no es un cuento con buenos y malos: es un rompecabezas enorme cuyas piezas son personas, decisiones, instituciones y circunstancias. Con tu pregunta has comenzado a armarlo».

Porque, al final, la historia no es solo mármol, actas o discursos. También es una niña de siete años que pregunta «¿por qué?» con los ojos llorosos y un niño que expresa el dolor de estar lejos de su madre. Entre el cuartel de 1810 y el autobús de 2026 no hay una equivalencia simple, pero sí preguntas que dialogan: quién puede ejercer el poder, cómo se justifica la violencia y qué hacemos frente a la humillación.

La obligación de quienes escribimos, enseñamos, gobernamos y recordamos es tender esos vínculos con verdad, ternura y pensamiento crítico.

María Fernanda, mi niña: no te diré que el mundo es enteramente bueno. No lo era en 1810 y no lo es en 2026. Pero tampoco es solo malo. Hay personas que se oponen a la injusticia, preguntan, investigan y acompañan. Tú puedes ser una de ellas. Mientras haya niñas y niños que pregunten «¿por qué?» y adultos dispuestos a escucharlos con honestidad, la historia seguirá abierta a ser contada mejor.

Te quiere,

Miguel Ángel

Tu tío abuelo, el que pregunta demasiado.

Nota:  El helado sigue en pie. Cuando tú digas.

Referencias

Ayala Mora, E. (2008). Resumen de historia del Ecuador (3.ª ed.). Corporación Editora Nacional.

Núñez Sánchez, J. (2008). Junta Soberana de Quito (1809): primer gobierno autónomo de Hispanoamérica. Cuadernos Americanos, 2(124), 43–62.

Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Comp.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (pp. 201–246). CLACSO.

Rodríguez Castelo, H. (2010). Manuel Rodríguez de Quiroga. Boletín de la Academia Nacional de Historia, 88(183), 39–96.

Rodríguez O., J. E. (2006). La independencia de la América española (2.ª ed.). El Colegio de México; Fondo de Cultura Económica.

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