
ENTREVISTA CON ROMEL ROJAS
ENTRE LA PALABRA Y EL PAISAJE
Dorys Rueda, Otavalo 2026.
Son las cuatro de la tarde en Otavalo. A pocos pasos de la Plaza de Ponchos, una cafetería recibe el ir y venir de turistas y vecinos que buscan refugio en una taza de café.
Romel Rojas llega puntual. Lo conozco desde hace varios años. Nuestro primer encuentro ocurrió cuando lo entrevisté para el libro Anécdotas, sobrenombres y biografías de nuestra tierra: Otavalo, Volumen I (2022), obra que publicamos junto a Patricio Vásquez y Luis Hernández.
Más adelante, colaboró con una fotografía del Lago San Pablo para la portada de mi libro Leyendas del Ecuador (2024). Después, los papeles se invirtieron y tuve la oportunidad de conversar con él desde el otro lado del micrófono como invitada en su programa radial Café en Armonía (2025). Desde entonces, hemos coincidido en diversos espacios culturales de la provincia.
Su nombre aparece con frecuencia allí donde la literatura, la educación, el periodismo y el arte encuentran un punto de encuentro. Durante 35 años fue docente de Lengua y Literatura; desde hace catorce conduce Café en Armonía, un espacio radial dedicado a la opinión, la cultura y la reflexión, nacido junto a Patricio Proaño y que actualmente dirige en solitario.
Es miembro de número de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Imbabura; escritor de poesía, fotógrafo, pintor y un apasionado estudioso del café.
Mientras conversamos, pienso que pocas personas reúnen intereses tan diversos. Sin embargo, en Romel esas facetas no parecen caminos separados. La literatura, la radio, la fotografía, la pintura y el café surgen como distintas formas de observar el mundo.
No es casual que se defina como un eterno enamorado del paisaje imbabureño. Basta escucharlo hablar unos minutos para descubrir que la geografía de esta provincia no es para él un simple escenario, sino una presencia constante que acompaña su mirada y su trabajo creativo.
La tarde avanza lentamente. Sobre la mesa reposan dos tazas de café y una conversación que transita entre la cultura, la palabra y la memoria. Mientras lo escucho, pienso que, aunque Romel ha recorrido distintos caminos —la docencia, la radio, la poesía y la fotografía—, todos parecen nacer de una misma inquietud: la fascinación por las palabras y por las historias que habitan en ellas.

Romel Rojas junto a su esposa Patricia
Por eso comienzo preguntándole por una de las experiencias que más profundamente marcaron su vida profesional: las aulas.
—Durante 35 años estuvo vinculado a la enseñanza de Lengua y Literatura. ¿Qué enseñanzas le dejaron las aulas y de qué manera influyeron en su forma de comprender la literatura, la cultura y la sociedad?
La tarde parece detenerse un instante mientras escucha la pregunta. Romel no responde de inmediato. Toma un sorbo de café y mira hacia la ventana. Tengo la impresión de que, antes de hablar, vuelve mentalmente a los años transcurridos entre pizarras, libros y generaciones de estudiantes que pasaron por sus aulas.
—Las aulas me enseñaron que la literatura no vive en los libros; vive en la gente. Durante 35 años frente a estudiantes de Imbabura, comprendí que un poema de Vallejo o un cuento de Icaza no se entienden del todo si no los cruzas con el habla de un comunero de Peguche, con la memoria de una tejedora o con el paisaje del Imbabura que contemplamos desde nuestras ventanas y en nuestros recorridos por los pueblos de la provincia.
Su voz conserva el tono de quien aún se reconoce maestro.
—La enseñanza me obligó a escuchar. Y al escuchar descubrí que nuestros jóvenes cargan una cultura oral poderosísima, en quichua y en español, que rara vez encontraba un espacio dentro de los planes de estudio. Eso cambió mi forma de leer: dejé de ver la literatura únicamente como un canon y empecé a verla como un tejido vivo donde conviven el mito, el pasillo, el rap y la poesía escrita.
Mientras habla, pienso que esa mirada también explica la amplitud de sus intereses. En él conviven la tradición y la apertura hacia distintas formas de expresión artística, sin jerarquías ni exclusiones.
—Lo mismo ocurre con la música. Amo el rock y la música clásica. Schubert y Chopin no se contraponen; al contrario, forman parte de las raíces sobre las que también se construye la música contemporánea.
Su reflexión vuelve entonces a las lecciones que le dejó la docencia y a la forma en que estas marcaron su comprensión de la sociedad.
—El aula me mostró la desigualdad a quemarropa. Vi talento desperdiciado por falta de oportunidades, pero también vi resistencia. Eso me hizo comprender que la cultura no es un adorno; es una herramienta de identidad y de lucha. Por eso hoy, desde la escritura, la radio o el café, sigo haciendo lo mismo que hacía como docente: tender puentes entre la palabra y la vida cotidiana de mi gente.
Sus palabras me hacen pensar que la vocación de enseñar no desaparece cuando se abandona el aula. Simplemente encuentra otros espacios. En el caso de Romel, ese diálogo continúa cada tarde a través de la radio, donde conversa con una audiencia diversa que lo acompaña desde distintos rincones de la provincia.
Pienso entonces en Café en Armonía, el programa que ha conducido durante casi catorce años y formulo la segunda pregunta.

Romel Rojas junto a las candidatas a Reina de Otavalo, durante el programa Café en Armonía.
—Café en Armonía se ha convertido en un espacio de encuentro para la opinión, la cultura y la reflexión. ¿Qué lo motiva a seguir al frente del programa y qué papel cree que cumple hoy la radio en la construcción del pensamiento crítico y la identidad cultural de nuestra provincia?
Romel sonríe. Es evidente que hablar de la radio significa hablar de una parte importante de su vida.
—Lo que me motiva es la gente. Después de casi catorce años en Radio Armonía sigo creyendo que el micrófono es un fogón: la gente llega con su opinión, su café, sus contradicciones y se va pensando distinto.
La imagen del fogón revela mucho de su manera de entender la comunicación: un espacio de encuentro donde las voces dialogan, discrepan y comparten experiencias.
—Hago el programa porque Imbabura necesita escuchar su propia voz. Aquí conviven el quichua y el español, el mercado y la academia, el bordado y la protesta. La radio, cuando es honesta, recoge todo eso sin maquillarlo.
Hace una breve pausa antes de continuar.
—Hoy, con tanta pantalla y tanto ruido digital, la radio sigue siendo el medio más íntimo y democrático. No pide internet ni exige leer. Solo pide escuchar. Y en esa escucha se construye el pensamiento crítico y se cuida la identidad. Si Café en Armonía logra que alguien cuestione un discurso oficial o se haga preguntas pertinentes, sin rodeos y sin temor, entonces el programa cumplió su propósito.
Mientras lo escucho, advierto que detrás del comunicador sigue estando el poeta. El fogón, el paisaje, la voz de los pueblos y la escucha como forma de encuentro: más que conceptos, parecen imágenes nacidas de una misma sensibilidad.
La conversación nos conduce entonces hacia la poesía, un territorio donde esas preocupaciones encuentran una expresión más íntima. Aprovecho ese momento para preguntarle por el lugar que ocupa la palabra poética en su vida y en el mundo actual.
—Además de comunicador y docente, es autor de varios libros de poesía. ¿Qué temas, emociones o preocupaciones considera que atraviesan su obra poética y qué lugar ocupa la poesía en el mundo actual?
Romel mira por un instante hacia la calle, donde la tarde continúa deslizándose entre las mesas de la cafetería.

Romel Rojas durante un recital poético en la Cámara de Comercio de Otavalo, 2025.
—Mi poesía camina entre el Imbabura y la palabra. Los temas que me persiguen son el paisaje imbabureño, la memoria de los pueblos, el amor en tiempos ásperos y la soledad de quien enseña y de quien escribe. También está la preocupación por una cultura que se va perdiendo si dejamos de nombrarla.
Comprendo que, en su caso, la poesía no nace de una búsqueda de lo extraordinario, sino de una atención constante a lo cercano.
—Escribo desde la emoción de lo cotidiano: el café humeando, las manos de una hermosa mujer en sus labores, el silencio que queda después de una protesta. No busco la poesía en el mármol; la busco en la calle.
Su respuesta adquiere un tono más reflexivo.
—Hoy la poesía ocupa un lugar incómodo y necesario. En un mundo de frases breves y consumo inmediato, el poema es una forma de resistencia: te obliga a detenerte, a sentir y a nombrar con precisión. Si la poesía desaparece, desaparece también nuestra capacidad de nombrar el dolor y la belleza. Y sin eso, nos quedamos mudos.
Pienso que esa atención a lo cotidiano no se limita a la escritura. A lo largo de la conversación han aparecido una y otra vez la fotografía, la pintura y el café, como si fueran distintas expresiones de una misma forma de observar el mundo.
Las tazas reposan sobre la mesa y la tarde avanza lentamente sobre Otavalo. Todas esas pasiones parecen tener algo en común: la capacidad de observar con atención aquello que otros pasan por alto.

Otavalo mágico. Fotografía de Romel Rojas.
—Usted también cultiva otras expresiones artísticas, como la pintura y la fotografía, y mantiene una particular pasión por el café. ¿Cómo dialogan estas aficiones con su proceso creativo y su manera de mirar la realidad?
Romel sonríe. La pregunta parece llevarlo a un territorio especialmente cercano.
—La pintura, la fotografía y el café son mis tres formas de mirar despacio. La fotografía me obliga a detener el instante: un rostro en el mercado, la neblina sobre el Imbabura, una mano que teje. La pintura, en cambio, me permite deformar esa realidad, ponerle el color que siento y no necesariamente el que veo.
Resulta evidente que, para él, estas prácticas no son aficiones aisladas, sino distintas maneras de aproximarse a un mismo mundo.
—Y el café es el ritual que las une. Ser barista experimental me enseñó paciencia y precisión, igual que escribir un poema. Mientras muelo el grano, pienso en versos; mientras observo la crema, pienso en imágenes.
Hace una pausa breve y acaricia la taza que tiene delante.
—Al final, todas son maneras de nombrar Imbabura. La poesía con palabras, la fotografía con luz, la pintura con gesto y el café con sabor. Cada una me recuerda que la realidad no se copia: se interpreta.
La conversación nos ha llevado por las aulas, la radio, la poesía, la fotografía y el café. Sin embargo, hay una presencia que ha permanecido a lo largo de toda la tarde: Imbabura. El paisaje aparece una y otra vez en sus respuestas, no como un escenario distante, sino como una compañía constante y una fuente inagotable de inspiración.

Dorys Rueda junto a Romel Rojas, durante una emisión del programa Café en Armonía.
La tarde se apaga lentamente detrás de los ventanales de la cafetería. Las tazas están vacías y el movimiento de la Plaza de Ponchos continúa como si nada hubiera cambiado. Nos levantamos despacio y, al despedirnos, intercambiamos un abrazo cálido que cierra el encuentro.
Mientras camino por las calles de Otavalo, pienso que Romel Rojas ha encontrado distintas maneras de nombrar una misma realidad: las aulas, la radio, la poesía, la fotografía, la pintura y el café. Todas ellas nacen de una misma convicción: que la cultura vive en la gente, en la memoria compartida y en los paisajes que aprendemos a mirar.
Comprendo entonces que, para él, crear no consiste únicamente en observar el mundo, sino en ayudar a que una comunidad preserve su memoria, fortalezca su identidad y reconozca, una y otra vez, la riqueza de su propia historia.
