LA ALQUIMIA DE LA TERCERA EDAD

En la quietud de nuestras conciencias y las risas privadas, todos y todas las personas que tienen más de 60 años coincidirán en que la filosofía del sicólogo japonés, Dr. Hideki Wada, resuena como una verdad liberadora —que el placer no es enemigo de la salud y que el miedo es peor que la enfermedad—, se ha hecho necesario, casi urgente, compendiar sus 44 sabias reglas, no como un manual médico, sino como un acto de rebeldía contra el pavor que a veces nos asalta.

Estas son las 44 píldoras para una vida pacífica y plena después de los 60, según el maestro Wada que nos ha recordado el arte de vivir.

Las 44 reglas están agrupadas temáticamente.

Sobre el cuerpo y el placer

1. No te obsesiones con bajar de peso; un ligero sobrepeso es protector.

2. Come lo que te gusta, incluyendo carne roja y dulces, con moderada alegría.

3. Bebe tu copa de vino o sake si te hace feliz; el placer es un nutriente cerebral.

4. No te prives de la sal por prevención; una dieta insípida deprime el alma.

5. Usa mantequilla, no margarina; la naturaleza es más sabia que el laboratorio.

6. No te fíes ciegamente de los niveles «ideales» de colesterol.

7. El ejercicio obligado es un castigo; muévete solo por placer.

8. Camina, baila o haz jardinería; que el movimiento no sea una condena.

9. Usa bastón sin vergüenza; es un cetro de autonomía, no de derrota.

10. Si tienes sueño, duerme la siesta sin culpa.

11. Disfruta de un café de verdad, sin descafeinar tus pasiones. 

Sobre la mente y la sociedad                                                                                                  

12. Jubila tu cerebro del estrés laboral y de la necesidad de competir.

13. Deja de preocuparte por el «qué dirán»; es tu turno de ser un poco egoísta.

14. No te obligues a socializar; la soledad elegida es un lujo.

15. Aléjate de las personas que te drenan la energía, aunque sean familia.

16. Cultiva dos o tres amistades profundas en lugar de cien superficiales.

17. No te lleves los problemas del trabajo a la cama (o a la jubilación).

18. Acepta que no puedes controlarlo todo; la incertidumbre es la vida.

19. No te empeñes en dejar un gran legado; una planta bien cuidada ya es un propósito.

20. Permítete ser perezoso de vez en cuando sin sentirte inútil.

21.Deja de leer libros que no te gustan solo porque «hay que acabarlos».

22. Si olvidas algo, ríete; el sentido del humor es la memoria del corazón.

23. Llora cuando lo necesites; es un desahogo, no una debilidad.

24. No te jubiles de la curiosidad; siempre hay algo nuevo que aprender.

25. Habla contigo mismo con cariño, como hablarías con tu mejor amigo.

Sobre la salud y el sistema médico

26. No te hagas chequeos de más; el exceso de diagnósticos crea enfermos imaginarios.

27. Un cáncer de crecimiento lento en un anciano a menudo es mejor no tocarlo.

28. La presión arterial sube con la edad para irrigar el cerebro; no la bajes a niveles juveniles.

29. Si no tienes síntomas, no busques enfermedades.

30. Confía más en cómo te sientes que en un número de laboratorio.

31. La polimedicación es un riesgo mayor que la vejez; revisa tus pastillas.

32. El dolor crónico no se elimina, se gestiona; la obsesión por la ausencia total de dolor genera frustración.

33. No ingreses al hospital si puedes evitarlo; el hogar es la mejor unidad de cuidados.

34. Ante un síntoma nuevo, espera un poco antes de alarmarte; el cuerpo habla, no siempre grita.

Nota: estas reflexiones reflejan la perspectiva personal del Dr. Wada; las reglas 28 y 29 han generado debate en la comunidad médica y no sustituyen el criterio profesional.

Sobre el sentido de la vida

35. Encuentra una razón para levantarte, por pequeña que sea.

36. Vive el hoy; el pasado ya fue y el futuro es un misterio que no merece tu ansiedad.

37. Mirar una puesta de sol es tan productivo como haber cerrado un negocio.

38. El amor y el contacto físico no tienen fecha de caducidad.

39. Cocinar para alguien es un acto de amor que nutre al que lo hace y al que lo recibe.

40. Estar alegre es la mejor venganza contra el tiempo.

41. La gratitud por lo pequeño es la llave de la paz.

42. Si puedes bañarte solo y caminar, la vida ya es un milagro; celébralo.

43. No tengas miedo a la muerte; ten miedo a no haber vivido mientras pudiste.

44. Regla de oro: La felicidad no es un destino al que se llega sano, es el vehículo con el que se viaja.

Ahora, armados con esta brújula, queridos amigos y amigas, retomemos la reflexión sobre nuestro presente. Porque una cosa es leer estas 44 reglas y asentir, y otra muy distinta es encarnarlas cuando el espejo nos devuelve al extraño(a) que fuimos.

 ¿Qué nos duele hoy?

Esta pregunta de familiares y amigos es mucho más que un rosario de quejas matutino.

Es un conjuro involuntario, un intento de exorcizar el temor a través de la complicidad. La ironía suprema es que pudiendo acudir a un facultativo, el diagnóstico no lo buscamos en la ciencia, sino en el eco de los amigos o familiares.

Detrás de esa frase no solo hay artrosis o colesterol alto; hay un pavor genuino a la vejez, a la jubilación como un precipicio y a la enfermedad como una condena.

Es el miedo a que la vida, de repente, se defina solo por lo que se pierde.

Sin embargo, esa pregunta contiene en sí misma el antídoto: la búsqueda del otro, el refugio en la memoria compartida y la necesidad de nombrar la realidad para domesticarla.

La «Tercera Edad» no es una plácida estación de llegada; es un territorio de una complejidad psicológica fascinante, un claroscuro donde las sombras de la pérdida se proyectan, sí, pero también donde la luz de lo esencial puede brillar con una intensidad inédita.

Las sombras: el duelo múltiple

Sería cínico, y poco profesional, negar las sombras. La entrada a esta etapa está jalonada de duelos. El más visible es el duelo por el cuerpo, ese que  conocemos en su dimensión clínica, pero que ahora experimentamos en carne propia. El espejo devuelve una imagen que la mente no reconoce. Duele la artrosis, sí, pero duele más el mensaje: la amenaza de la dependencia. A esto se suma el duelo por el rol. La jubilación, ansiada y temida, puede sentirse como una muerte civil. “¿Y ahora quién soy?”, es la pregunta no formulada cuando dejamos de ser «el médico», «la ingeniera» o «el profesor».

Pero la sombra más oscura es el edadismo interiorizado. Es esa voz que susurra: «Ya soy muy mayor para eso». Hemos armado un paradigma que asocia juventud con valor, y nos convertimos en nuestros propios verdugos. Nuestro pavor a la enfermedad no es solo miedo al dolor físico, es el terror a convertirnos en una carga, a perder la autonomía y, con ella, la dignidad. Muchos de mis lectores lo saben bien: el miedo a envejecer envejece más que el propio paso de los años.

Las Luces: la conquista de la libertad interior

Aquí reside la alquimia que Wada plasma en sus reglas: en el mismo punto donde se desmoronan las estructuras, se abre un claro en el bosque.

La gran luz es la conquista de una libertad inédita. Es la jubilación del cerebro exigente. Por primera vez desde la infancia, no hay que rendir cuentas al “qué dirán”. Es el tiempo de ser un poco más «egoísta» en el mejor sentido: priorizar lo que te hace feliz.

La segunda luz es la inteligencia emocional cristalizada. El tiempo nos otorga la capacidad de saborear los pequeños placeres. Un café en la terraza al sol, una conversación sin prisa, el aroma de un guiso conocido. Se cultiva lo que Wada llama los «vínculos selectivos»: ya no estamos para perder el tiempo en relaciones que restan, sino para nutrir un círculo íntimo de autenticidad, como nuestro grupo de danza, de pintura, etc.

Y la tercera, la más potente, es la resiliencia activa y el propósito flexible. No se trata de buscar un gran legado, sino un pequeño ikigai. Cuidar una planta, pasear al perro, escribir las memorias solo para los nietos, o simplemente ser ese eslabón que da testimonio de la historia familiar.

Para contrarrestar el miedo a la vejez invoquemos estas luces que no son teóricas:

  • John Goodenough, el ingeniero que inventó las baterías de litio de nuestros móviles, siguió investigando y patentando hasta pasados los 90 años. Su propósito no era jubilarse, sino resolver el siguiente problema.
  • Fauja Singh, un maratonista británico de origen indio, comenzó a correr a los 81 años tras enviudar y sentirse perdido. Corrió maratones hasta pasados los 100. Él no competía contra otros; corría contra la idea de que la vida se acaba.
  • Pienso en el ejemplo anónimo de aquella mujer de 85 que, tras enviudar, decidió por primera vez ir a la universidad para mayores. “Ahora entiendo cosas que antes no podía ni preguntarme”, dijo. No fue para ser alguien, sino por el placer puro de aprender.
  • Y, por supuesto, nos tenemos a nosotros. A nuestras parejas e hijos, que tras muchos años aún nos preguntamos cómo estamos, aunque sea a través de un «qué nos duele hoy» que es, en realidad, un «te quiero mucho afecto» disfrazado de queja.

Queridos lectores, ustedes ya han hecho lo más importante: mantener el hilo.

La próxima vez que alguien pregunte «¿Qué nos duele hoy?», además de constituir una broma, es una paradoja bellamente humana y confirma que el saber técnico no siempre acalla las emociones del alma.

Quizás podamos, con la sabiduría de Wada y la complicidad de los años juveniles responder: «A mí, hoy, me duele la felicidad. Me duele de tanto reírme recordando, (por ejemplo) una travesura infantil o juvenil. ¿Y a ustedes ?».

Las sombras son reales y, como personas adultas, las conocemos y las honramos. Pero las luces no están en un futuro inalcanzable, están en la decisión diaria de seguir eligiendo la vida.

En pedir un helado de chocolate sin culpa, en vestirse cada mañana no para ser visto, sino para honrar el milagro de estar aquí. No es la edad la que nos encierra, es el pavor. Y para este, el mejor remedio no está en la farmacia, sino en el espejo, mirándose a los ojos y diciéndose, con la autoridad que dan los años: “Ahora empiezo a vivir como siempre he querido”.

El telón no ha caído; solo ha cambiado el acto, y tenernos a nosotros como público y como actores, hace que esta, precisamente esta, sea la función más interesante de todas.

Miguel Ángel Rueda

Julio, 2026.

error: Content is protected !!