
Después del incidente con los inspectores municipales, el arcoíris intentó mantenerse lejos de Otavalo.
Aparecía unos minutos.
A veces salía incompleto.
Por precaución.
Pero aquello tampoco era vida.
Así que una mañana decidió hacer las cosas correctamente.
Bajó del cielo y se presentó en el Municipio de Otavalo.
Llegó temprano.
A las ocho en punto.
Había escuchado que quien llega tarde suele volver otro día.
La fila ya daba la vuelta al edificio.
Delante de él había un señor que intentaba legalizar un gallinero construido donde antes funcionaba una cancha.
Detrás esperaba una nube gris.
Solicitaba autorización para estacionarse sobre el Imbabura durante la temporada de lluvias.
—¿También viene por un trámite? —preguntó la nube.
—Sí.
—¿Primera vez?
—Sí.
La nube suspiró.
—Lo siento mucho.
El arcoíris no entendió por qué.
Lo comprendió una hora después.
Cuando por fin llegó a la ventanilla, la funcionaria levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Qué trámite va a realizar?
—Vengo a solicitar un permiso para aparecer.
La mujer dejó de escribir.
—¿Cómo dice?
—Un permiso para aparecer.
—¿Dónde?
—En el cielo.
La funcionaria lo observó unos segundos.
Después tomó un formulario.
—¿Es la primera vez que hace este trámite?
—Llevo apareciéndome miles de años.
La mujer asintió con total tranquilidad.
—Precisamente por eso debió haber venido antes.
Le entregó tres hojas.
—Llene esto.
—¿Y después?
—Regrese.
—¿Y después?
—Después veremos.
El arcoíris se sentó a completar los formularios.
Nombre: Arcoíris.
Domicilio: Variable.
Profesión: Fenómeno atmosférico.
Cuando regresó a la ventanilla, la funcionaria revisó las hojas.
—Le falta una firma.
—¿De quién?
—Suya.
—Pero ya firmé.
—No en la página tres.
Vuelva a la fila.
El arcoíris volvió a hacer fila.
Cuando le tocó su turno, la funcionaria revisó nuevamente los papeles.
—Ahora le falta una copia.
—¿De qué?
—De todo.
Buscó una copiadora.
Regresó otra vez.
La funcionaria acomodó los documentos, los golpeó varias veces contra el escritorio hasta dejarlos perfectamente alineados y añadió:
—Ahora sí. Vaya a Catastro.
—¿Y para qué?
—Necesitamos registrar dónde aparece.
El arcoíris subió al segundo piso.
—Buenos días —dijo el funcionario.
—Vengo por lo del permiso.
—Perfecto. Necesito la ubicación exacta.
—A veces aparezco sobre el Lago San Pablo, otras sobre el Imbabura y, de vez en cuando, sobre Peguche.
El funcionario lo observó unos segundos.
—Necesito una dirección.
—Soy un arcoíris.
—Precisamente por eso.
Revisó unos papeles, tomó un sello y estampó:
UBICACIÓN REFERENCIAL
—¿Y eso qué significa?
—Que aparece por ahí.
El arcoíris sonrió por primera vez en toda la mañana.
Pero la alegría duró poco.
—Ahora vuelva a ventanilla única.
Con la carpeta bajo el brazo regresó convencido de que el trámite había terminado.
No había terminado.
La funcionaria revisó los documentos.
—Ahora necesita el visto bueno de Ambiente.
En Ambiente lo enviaron a Turismo.
En Turismo le pidieron primero un informe de Cultura.
Y en Cultura quisieron saber si tenía previsto aparecer durante alguna fiesta del cantón.
Allí el arcoíris empezó a sospechar que nadie sabía realmente para qué servía el trámite.
Cerca del mediodía volvió a encontrarse con la nube gris.
Seguía esperando.
—¿Ya terminó?
—No.
—Yo tampoco.
—¿Qué le falta?
—Una autorización para precipitación moderada.
El arcoíris sonrió.
Ya nada lo sorprendía.
Cuando por fin llegó la tarde, una empleada apareció con una carpeta.
—Señor Arcoíris.
—¿Sí?
—Su trámite ha sido aprobado.
El arcoíris sintió un alivio enorme.
—¿Entonces ya puedo aparecer?
—Sí.
La funcionaria sonrió.
—Solo tiene que regresar mañana para retirar la autorización en ventanilla única.
El arcoíris permaneció inmóvil unos segundos.
Después dio las gracias, guardó la carpeta y salió del edificio.
Dicen que aquella tarde los colores se veían un poco apagados.
Y desde entonces, cada vez que aparece sobre Otavalo, procura no quedarse demasiado tiempo.
Nunca se sabe cuándo alguna oficina puede inventar un trámite nuevo.
