
El arcoíris apareció una tarde sobre el Lago San Pablo, después de una lluvia corta y de esas que apenas mojan.
Llevaba unos minutos adornando el cielo cuando escuchó un silbato.
No le dio importancia.
Pensó que se trataba de algún partido de fútbol.
El silbato volvió a sonar.
Esta vez más fuerte.
Abajo, junto a la carretera, un inspector municipal agitaba los brazos.
—¡Oiga!
El arcoíris miró hacia los cerros.
No vio a nadie.
—¡Oiga usted!
—¿Yo?
—Sí, usted.
—¿Qué pasa?
—¿Tiene permiso?
El arcoíris se quedó inmóvil.
—¿Permiso para qué?
—Para aparecer.
—Soy un arcoíris.
—Eso ya lo veremos.
El inspector abrió una libreta.
—Nombre completo.
—Arcoíris.
—¿Solo arcoíris?
—Sí.
—Necesito nombres y apellidos.
—Llevo existiendo desde antes que los apellidos.
El funcionario anotó algo.
—Queda registrado como «Arcoíris sin datos completos».
Luego levantó la vista.
—¿Cuántos colores tiene?
—Siete.
—Muéstrelos.
—Están a la vista.
El inspector comenzó a contar.
—Rojo.
—Sí.
—Naranja.
—Sí.
—Amarillo.
—Sí.
—Verde.
—Sí.
—Azul.
—Sí.
—Violeta.
—Sí.
Guardó silencio unos segundos.
Después frunció el ceño.
—Aquí falta uno.
—No falta ninguno.
—Solo cuento seis.
—Porque desde ahí no se ve bien el índigo.
—Entonces no está visible.
—Claro que está visible.
—Yo no lo veo.
—Ese es otro problema.
El inspector escribió algo en la libreta.
—Observación: posible ausencia de índigo.
El arcoíris comenzó a perder la paciencia.
—Llevo siglos apareciendo sobre montañas, lagunas y volcanes.
—¿Y tiene autorización?
—Nunca me la habían pedido.
—Los tiempos cambian.
El funcionario sacó otro formulario.
—También necesito un estudio de impacto visual.
—¿Impacto visual?
—Sí.
—Soy un arcoíris.
—Justamente por eso.
—¿Y qué impacto causo?
—Eso debe determinarlo un técnico.
En ese momento apareció otro funcionario.
Traía una carpeta bajo el brazo.
—¿Qué tenemos?
—Un arcoíris sin permiso.
El recién llegado levantó la cabeza.
—¿Completo?
—Hay dudas sobre el índigo.
El segundo inspector observó unos segundos.
—Yo sí lo veo.
—¿Seguro?
—Más o menos.
—Entonces quedará pendiente de verificación.
El arcoíris suspiró.
Aquello parecía no tener fin.
Los funcionarios continuaron discutiendo.
Que si el color estaba.
Que si no estaba.
Que si debía presentar planos.
Que si necesitaba una inspección técnica.
Que si correspondía una tasa administrativa.
Cuando terminaron de debatir, levantaron la vista.
El arcoíris ya no estaba.
Había desaparecido.
—Se fue —dijo uno.
—Sin concluir el trámite.
—Eso complica las cosas.
—¿Qué hacemos ahora?
El más veterano cerró la carpeta.
—Lo de siempre.
—¿Qué?
—Esperar a que vuelva a llover.
Desde entonces, cada vez que sale el arcoíris, mira discretamente a su alrededor, por si algún inspector anda haciendo controles.
