Querida Dorys:

Créame cuando le digo que las ánimas estamos pasando por momentos difíciles.

Antes bastaba arrastrar una cadena en mitad de la noche.

La gente rezaba.

Cerraba puertas.

Dormía con la luz encendida.

Ahora no.

Ahora escuchan un ruido extraño y dicen que debe ser el viento o un problema eléctrico.

Hace poco decidí hacer una prueba.

Fui a la Asamblea Nacional.

Pensé que allí todavía encontraría a alguien dispuesto a asustarse.

Esperé a que el edificio quedara casi vacío.

Apagué unas luces.

Moví unas carpetas.

Arrastré mis cadenas por el corredor y aparecí con toda la dignidad que corresponde a un ánima respetable.

Un señor levantó la cabeza.

Me miró.

Y dijo:

—Señora, a estas alturas ya nada me sorprende.

Después siguió trabajando.

Ni siquiera se persignó.

Confieso que aquello me desanimó bastante.

Días después fui a Carondelet.

Una fantasma muy conversadora me había dicho que allí las apariciones ya formaban parte del paisaje.

Entré por un pasillo.

Hice crujir una puerta.

Levanté un viento helado.

Un funcionario me vio flotando frente a él.

Pensé que, por fin, alguien iba a salir corriendo.

Pero suspiró.

—Otra más…

Y siguió caminando.

Aquello terminó de convencerme de que algo estaba cambiando.

Busqué entonces a una vieja aparecida que vive por San Juan.

Escuchó mi historia sin interrumpirme.

Cuando terminé, dijo con toda tranquilidad:

—Tal vez el problema no somos nosotras.

—¿Entonces?

—Los vivos.

—¿Qué tienen?

—Se acostumbraron.

Aquella respuesta me acompañó durante varios días.

Ahora conviven con noticias increíbles, promesas imposibles, rumores, pantallas encendidas y sobresaltos cotidianos.

Una pobre ánima ya no compite fácilmente con todo eso.

Por eso decidí visitarla.

Anoche entré en su casa.

Usted estaba escribiendo.

Moví la cortina.

Hice descender un frío respetable.

Hasta provoqué un crujido en el escritorio.

Nada.

Usted siguió corrigiendo un cuento.

Ni siquiera levantó la cabeza.

Entonces comprendí que la vieja aparecida tenía razón.

Así que dejé esta carta sobre la mesa y me marché en silencio.

No pretendo que vuelvan los desmayos ni las procesiones.

Nos conformaríamos con bastante menos.

Que alguien escuche pasos en un corredor vacío y dude un instante.

Que mire dos veces una sombra.

Que vuelva la cabeza cuando crea haber oído un susurro.

Con afecto espectral,

El Ánima Bendita

 

 P.D. Si encuentra esta carta y no recuerda haber abierto la puerta… no se preocupe.

Eso significa que, al menos por esta vez, todavía hice bien mi trabajo.  

 Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
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