Nacimos una noche de improvisación mágica sobre la mesa de trabajo de un Hada Madrina que —con todo respeto— sabía mucho de hechizos y bastante poco de zapatos.
Si alguien le hubiera hablado de Dior, probablemente habría preguntado en qué reino vivía.
Un movimiento de varita, un plin y allí estábamos: dos zapatos de cristal. Brillantes, elegantes, frágiles.
Una combinación poco recomendable para alguien que tenía que bailar toda la noche y salir corriendo a medianoche.
Pero las hadas, por lo visto, trabajan más con la magia que con las normas de seguridad.
No tardamos en encontrar nuestro destino: unos pies pequeños que parecían hechos para nosotros.
Nos calzaron.
Perfectos.
Los zapatos también tenemos nuestras vanidades.
Aquella noche salimos hacia el palacio en una calabaza convertida en carroza, tirada por antiguos ratones.
Nosotros éramos de cristal; ellos habían sido roedores cinco minutos antes.
Nadie pareció considerar aquello preocupante.
El palacio resultó un lugar magnífico para un par de zapatos recién estrenados. Había mármol, luces, música y un suelo tan brillante que podíamos contemplarnos mientras caminábamos.
Entonces apareció el príncipe y ella comenzó a bailar con él.
Nosotros hicimos lo que pudimos.
Una vuelta. Otra. Y otra.
Nos aferrábamos a sus pies con toda la dignidad que permite ser de cristal.
Y resistimos.
Hasta que comenzaron las campanadas.
Una. Dos. Tres…
Ella siguió bailando.
Nosotros empezamos a preocuparnos.
A la duodécima, echó a correr.
Nosotros corrimos con ella.
Bajamos las escaleras.
Un peldaño.
Otro.
Otro más.
Hasta que uno resbaló.
Yo.
Caí.
Ella siguió corriendo y mi gemelo se fue con ella.
Me quedé en la escalera.
Solo.
Hasta ese instante siempre había pensado en plural:
Nosotros.
De pronto tuve que aprender una palabra nueva:
Yo.
No tuve demasiado tiempo para acostumbrarme.
El príncipe apareció, me vio y me recogió con el cuidado de quien sostiene algo muy caro que no está dispuesto a pagar si se rompe.
Pensé que me devolvería a mi dueña.
Me equivoqué.
Vinieron los pies.
Muchos.
Demasiados.
El príncipe había decidido encontrar a la joven del baile probándome en cada pie femenino del reino. Una idea romántica desde su punto de vista; desde el mío, bastante discutible.
Pasé por dedos que se encogían, talones que empujaban y pies convencidos de que, con suficiente voluntad, podían cambiar de tamaño.
Hasta que llegamos a una casa.
Primero apareció una joven decidida a demostrar que yo era suyo.
No lo era.
Luego apareció otra.
Tampoco.
Empujaron, apretaron, insistieron.
Entonces apareció ella.
La reconocí antes de que me tocara.
Se acercó, me tomó entre sus manos, sonrió y me calzó.
Entré sin esfuerzo, sin empujones, sin negociaciones.
Como si nunca me hubiera ido.
Entonces vi a mi gemelo.
Allí estaba.
Esperándome.
Después hubo un príncipe, una boda, un palacio y todo eso que los humanos llaman «felices para siempre».
Pero esa es su versión de la historia.
Yo recuerdo otra cosa.
Durante unas horas tuve que aprender a decir:
Yo.
Hasta que pude volver a decir:
Nosotros.
Dorys Rueda, Cuentos en voz baja.
