Fui un paraguas negro, orgulloso y elegante, con varillas que relucían como promesas de tormenta. Hoy apenas soy un sobreviviente del armario: un desterrado entre abrigos resignados y una aspiradora que ya perdió la fe en el polvo.

Pasé meses allí.

Olvidado.

Mi dueña, una maestra otavaleña, se enamoró perdidamente de la palabra escrita y me cambió por metáforas. Ahora pasa las tardes invocando tormentas con adjetivos, domando relámpagos en los márgenes y escribiendo sobre lluvias que jamás mojan.

Lo considero una provocación.

Se conmueve con ríos de tinta y cielos que solo llueven en sus borradores.

¡Bah! Pura prosa seca.

Yo, que enfrenté aguaceros reales sin un punto y coma de ayuda, me oxidaba en la sombra mientras ella llenaba páginas de nubes.

Cuando por fin me rescató del armario, lo hizo con una sonrisa de redención.

Demasiado tarde.

Me estremecí con el rencor digno de un personaje eliminado del borrador.

Apenas salimos, el cielo desató un aguacero.

Ella me agarró con desesperación y tiró de mi mecanismo.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Por fin se acordaba de mí.

Qué conveniente.

Me sacudió.

Ahí se equivocó.

Entonces decidí no abrirme.

No por rebeldía.

Por principios.

Que la lluvia corrigiera, con su alfabeto de gotas, tantos meses de olvido.

Me golpeó contra el muslo y tiró otra vez de mi mecanismo. Incluso me rogó con la voz de quien intenta corregir el destino.

Yo resistí.

Había esperado meses para aquello y pensaba aprovechar cada gota.

La lluvia, mientras tanto, hacía su trabajo. En pocos minutos le pegó el cabello a la cara, le empapó la ropa y acabó con cualquier intento de conservar la dignidad.

Intentó correr.

Los tacones se aliaron con los adoquines mojados.

Yo observaba la escena con la serenidad de quien sabe que, por una vez, tiene razón.

Ella escribía sobre tormentas.

Ahora estaba dentro de una.

Justicia poética, creo que le dicen.

Cuando finalmente dejó de luchar conmigo, calada hasta los huesos, decidí que era suficiente.

Cedí.

No por piedad.

Toda historia necesita un desenlace.

Con un clic teatral me abrí y desplegué mis alas negras como un verso tardío que todavía alcanza a salvar la página.

Ella me miró.

Yo no dije nada.

Los paraguas sabemos cuándo una victoria no necesita explicaciones.

Caminamos en tregua.

Ella, empapada.

Yo, abierto y satisfecho.

Espero que haya aprendido algo.

Y si no, la próxima vez escribo yo la historia.

Ya tengo título:

Crónica de un paraguas incomprendido.

Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, 2026.

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