Querida Viuda de Medianoche:

Leí tu carta.

Confieso que me reí bastante con lo de la selfie.

Los tiempos cambiaron, hermana.

Antes bastaba una sombra mal puesta para que alguien saliera corriendo.

Ahora primero preguntan si pueden grabar en vertical.

Aquí tampoco creas que las cosas son mejores.

Hace unas semanas entró un grupo de muchachos con linternas, cámaras y más entusiasmo que sentido común.

Venían buscando fantasmas.

Uno incluso traía una aplicación que, según él, detectaba presencias del más allá.

Pasaron casi una hora caminando entre las tumbas.

Grababan videos.

Comentaban para las redes.

Y cada cinco minutos preguntaban:

—¿Hay alguien aquí?

Yo estaba a menos de tres metros.

Pero ninguno levantó la vista de la pantalla.

Al final tuve que intervenir.

Moví una cruz.

Apagué dos linternas.

Y dejé que una sombra cruzara entre los nichos.

Salieron corriendo.

Uno olvidó la mochila.

Todavía sigue aquí.

Nadie ha vuelto a reclamarla.

Así que no todo está perdido.

Todavía queda gente dispuesta a asustarse.

Solo necesita guardar el celular durante unos segundos.

También leí lo que dices de los borrachos.

Te los dejo con mucho gusto.

Yo prefiero a los infieles.

Llegan convencidos de que nadie los está viendo.

Y resulta que el cementerio tiene la mejor memoria del barrio.

Casi siempre aparecen con flores que no piensan dejar en ninguna tumba.

Y cuando me ven entre los mausoleos, descubren que la culpa corre bastante más rápido que ellos.

Cada una tiene su especialidad.

Tú recorres las calles.

Yo cuido el cementerio.

Y, aunque el oficio ya no sea lo que era, todavía hay noches en que alguna vieja leyenda consigue hacer bien su trabajo.

 

Con afecto sepulcral,

La Viuda del Cementerio

 

P.D. Si vuelves a encontrarte con esos muchachos de la selfie, diles que aquí también pueden venir a tomarse una foto.

Eso sí… después no respondemos por quien aparezca detrás de ellos.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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