Dorys Rueda

En 2001 recibí una invitación para visitar las instalaciones del Bachillerato Internacional en Cardiff, Reino Unido.

Cuando tres amigas supieron que también pasaría por Londres, me hicieron un encargo bastante particular.

Las tres rondaban los treinta años, estaban solteras y querían encontrar pareja.

Al parecer, yo podía colaborar.

—Cuando estés en Londres tienes que hacernos un favor.

—¿Qué favor?

—Lanzar una moneda en una fuente y pedir que encontremos pareja.

—¿Las tres?

—Las tres.

Y, para que no hubiera posibilidad de olvido, me entregaron las monedas.

Eran sucres.

Ecuador acababa de dolarizarse y aquellas monedas ya no circulaban. Mis amigas, sin embargo, confiaban en que todavía conservaran algún poder en asuntos del corazón.

Guardé los tres sucres en la cartera y viajé con ellos.

Después de cumplir con las actividades previstas en Cardiff, regresé a Londres. Tenía muchas cosas que conocer, pero también tres deseos pendientes.

Han pasado veinticinco años y ya no recuerdo cuál era aquella fuente. Lo que sí recuerdo es que llegué hasta ella con los sucres en la cartera y la misión perfectamente clara.

Cerca del lugar conocí a un hombre de origen indio, bastante mayor que yo, que frecuentaba la zona. Conversamos un momento y me habló de aquella costumbre de lanzar una moneda al agua y confiarle un deseo.

Yo lo escuchaba con atención.

Él no sabía que yo llevaba tres.

Cuando llegó el momento, saqué las monedas.

Comencé por la primera.

Pensé en mi amiga, pedí que encontrara pareja y lancé el sucre al agua.

Después vino la segunda.

Otro nombre. Otro deseo.

Con la tercera procuré concentrarme bien. No quería que, por un descuido mío, los pedidos terminaran cruzados.

La lancé.

Tres amigas.

Tres sucres.

Tres posibles maridos en trámite.

Había cumplido.

Regresé a Ecuador satisfecha con mi gestión sentimental en territorio británico.

Pasaron los meses.

Después, los años.

Y aquella operación londinense no produjo exactamente los resultados esperados.

Ninguna de mis tres amigas encontró pareja.

Yo sí.

Con el tiempo he pensado que quizá cometimos algunos errores.

Para empezar, nunca averiguamos si aquella fuente se ocupaba de asuntos sentimentales.

Tampoco especificamos demasiado el pedido. Mis amigas querían marido, pero nunca dijeron si debía ser ecuatoriano, británico o si la nacionalidad quedaba a criterio de la fuente.

Y luego estaban las monedas.

Eran sucres que ya habían salido de circulación. Pretender conseguir tres maridos con monedas que ya no tenían valor quizá era exigir demasiado.

Aunque también pudo fallar el procedimiento.

Las interesadas estaban en Ecuador.

Yo llevé las monedas hasta Londres, pedí por cada una y las lancé al agua.

Tal vez la fuente tomó nota de quién hizo el trámite.

Publicado en Historias para recordar, 2025.

Autoras: Dorys Rueda y Nancy Carrillo.

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