Dorys Rueda

 

Esta leyenda me la contó mi alumno Danilo Fierro en noviembre de 2022. Él la recopiló de Kathya Fierro, quien vivió esta experiencia durante un viaje familiar a Papallacta.

Hace algunos años viajamos con mis padres hacia el Oriente ecuatoriano. Al pasar por Papallacta nos detuvimos frente a una cascada de la que nunca habíamos oído hablar. La gente la conocía como la Cascada del Duende.

Desde el primer momento el lugar nos impresionó. La neblina se levantaba entre las rocas, el agua caía con tanta fuerza que apenas podíamos escucharnos y el aire frío nos envolvía por completo.

Bajamos hasta la orilla para contemplarla de cerca y tomar algunas fotografías.

Mientras recorríamos los alrededores, mi madre encontró una piedra de formas muy particulares.

—Quedaría hermosa en un arreglo floral —dijo.

La tomó y caminó hacia la camioneta para guardarla.

Antes de que pudiera marcharse, un hombre que observaba la cascada se acercó lentamente.

—No debería llevársela.

Mi madre lo miró con sorpresa.

—¿Por qué?

—Porque esa piedra pertenece a este lugar. Aquí primero hay que pedir permiso.

Mi madre sonrió con amabilidad, pero pensó que solo era una antigua creencia. Guardó la piedra y regresó con nosotros para seguir disfrutando del paisaje.

Poco después vimos pasar a un hombrecito de baja estatura. Caminaba despacio entre la neblina y llevaba una mochila al hombro.

Lo saludamos.

No respondió.

Continuó su camino sin volver la mirada.

Minutos después regresamos a la camioneta para continuar el viaje.

Entonces volvimos a verlo.

Cruzaba la carretera con la misma tranquilidad.

La neblina era tan espesa que apenas distinguíamos su silueta. De pronto siguió caminando hacia el borde del camino y desapareció.

Nos acercamos para mirar.

Al otro lado no había un sendero.

Solo un precipicio.

Durante unos segundos nadie dijo una palabra.

Al fin, alguien murmuró:

—¿Y si era el duende que cuida la cascada?

Seguimos el viaje, aunque aquella imagen no dejó de acompañarnos durante todo el camino.

Al día siguiente, mi abuela nos recibió con una noticia inesperada.

—Anoche pasó algo muy extraño.

Nos contó que los perros no habían dejado de ladrar alrededor de la camioneta. Decían que miraban fijamente hacia el vehículo, como si alguien caminara a su alrededor.

También escuchó ruidos en las puertas.

Y hubo algo todavía más extraño.

Alrededor de la camioneta había caído granizo.

Intrigados, salimos a verla.

Todavía quedaban pequeños restos de hielo junto al vehículo.

Mi madre recordó la piedra.

La buscó en la camioneta.

Revisó los asientos.

Miró debajo del vehículo.

Volvió a abrir las puertas.

La piedra había desaparecido.

Nadie pudo explicar lo ocurrido.

Mi abuela sonrió con serenidad.

—Hay lugares donde la naturaleza todavía tiene quien la cuide.

Desde entonces, cada vez que alguien de la familia visita una cascada, recuerda aquella piedra que volvió, quién sabe cómo, al lugar del que nunca debió salir.

Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II, obra inédita.

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