Hay noches en que el Lago San Pablo
deja de ser del todo lago.

No es algo que se vea.
Más bien se siente,
como cuando uno entra a un sitio
y se da cuenta —sin saber por qué—
de que algo ya estaba ahí desde antes.

Algo se alcanza a oír en medio del silencio.
No es el agua,
que sigue moviéndose como siempre,
en lo suyo.

Ni el viento,
que pasa entre las ramas
y las hace decir algo… y luego nada.
Es una voz.

Un nombre
que sale despacio,
de cualquier lugar.

Un nombre
que no hace falta repetirlo
para saber que es el propio.

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