Otavalo no fue nombrada de golpe: fue despertando.

Antes del decreto, ya tejía, ya cantaba, ya soñaba.

Cuando Bolívar firmó su nombre en 1829, no la inventó: la reconoció.

Desde entonces, Otavalo vive entre la historia y el sueño, creando, recordando, naciendo otra vez cada día.

Otavalo no abre los ojos como quien despierta tarde.

Abre los ojos como quien recuerda quién es.

Y eso —como las buenas leyendas— no se olvida.

 

 

 

Libro inédito, 2026. 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: El contenido está protegido!!