Don Luis era de esos viejitos que nunca estaban conformes con nada.

Se quejaba del frío, de los hijos ingratos, del reuma, de las autoridades, de los vendedores ambulantes, de los perros que ladraban de madrugada y hasta del silencio cuando se volvía demasiado profundo.

Vivía solo y, cada vez que encontraba a alguien dispuesto a escucharlo, comenzaba su larga lista de desgracias.

—Ay, esta vida.

—Ay, mis huesos.

—Ay, ni el diablo se acuerda de mí.

Una noche regresaba por una quebrada de Otavalo mientras repetía sus lamentos de siempre.

Ya era medianoche.

Cansado, se sentó sobre una piedra grande.

Suspiró.

Movió las rodillas para aliviar el reuma y volvió a quejarse.

—¡Ay, quiero morirme! ¡Que la Muerte me lleve de una vez!

Apenas terminó la frase, sintió que alguien se acomodaba a su lado.

Don Luis giró lentamente la cabeza.

Y se quedó inmóvil.

Junto a él había una figura vestida de negro.

Llevaba una hoz al hombro y unas sandalias gastadas en los pies.

—Buenas noches —dijo la figura.

—Ave María Purísima…

—Sin pecado concebida —respondió la desconocida—. ¿Terminó o sigo esperando?

Don Luis tragó saliva.

—¿Quién es usted?

—La Muerte.

—¿La verdadera?

—¿Cuántas conoce?

Don Luis se quedó callado.

La figura se acomodó sobre la piedra y soltó un largo suspiro.

—Vengo porque llevo años escuchándolo.

—¿A mí?

—Claro. Cada semana dice que quiere morirse. A veces dos veces por semana.

—Bueno… uno habla por hablar.

—Pues yo vine por escuchar.

Don Luis observó la hoz.

Después observó las manos huesudas.

Y finalmente preguntó:

—¿Entonces sí me va a llevar?

—No.

—¿No?

—Estoy cansada.

—¿Cansada?

—Agotada.

La Muerte se masajeó el cuello.

—Llevo siglos trabajando. Todos me llaman. Todos me nombran. Todos se acuerdan de mí cuando tienen problemas. Necesito descansar unos días.

Don Luis no entendía nada.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Que necesito un reemplazo.

—¿Un qué?

—Un reemplazo. Dos días. Nada más.

Don Luis abrió los ojos.

—¿Yo?

—Usted.

—¿Y por qué yo?

—Porque es el único que lleva años pidiéndome trabajo.

La Muerte sacó una lista arrugada.

—Mire. Aquí están los nombres de mis próximos pasajeros.

—¿De los que va a llevarse?

—No. De los que vas a llevar tú. Yo ya reservé hotel y no pienso perder la reserva.

—¿Hotel?

—En Tonsupa.

—¿Tonsupa?

—Playa, ceviche, mar y descanso. Lo necesito.

Don Luis pensó unos segundos.

La verdad era que nunca había salido de Otavalo.

Además, aquello sonaba menos peligroso de lo que parecía.

—Bueno…

—¿Acepta?

—No me queda más.

—Eso es un sí.

Entonces la Muerte le entregó la túnica.

También la hoz.

Y finalmente la lista.

Antes de desaparecer todavía gritó:

—¡No se olvide que el primero de la lista es el abogado de la calle Sucre!

A la mañana siguiente, Don Luis comenzó su trabajo.

La túnica le quedaba enorme.

La arrastraba por el suelo.

La hoz pesaba más de lo que imaginaba.

Y cada diez pasos tenía que detenerse para acomodarse la ropa.

El primer nombre de la lista, efectivamente, era el abogado.

Golpeó la puerta.

Toc.

Toc.

Un hombre apareció.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

—Soy la Muerte.

El abogado lo observó unos segundos.

—¿La Muerte?

—Sí.

—La misma que usted llamó cuando perdió aquel juicio la semana pasada.

El abogado carraspeó.

—Bueno… uno dice cosas cuando está molesto.

—Pues aquí estoy.

—¿Y tiene algún documento que lo demuestre?

—¿Cómo?

—Alguna certificación.

—No.

—¿Credencial?

—No.

—¿Nombramiento?

—No.

—Entonces no puedo atenderlo.

Y le cerró la puerta.

Don Luis se quedó mirando la madera.

—Empezamos mal —murmuró.

Siguió caminando.

La siguiente persona vivía cerca del parque Bolívar.

Cuando llegó, encontró a una joven bailando frente a un celular.

Había luces de colores.

Música.

Y un parlante portátil.

Don Luis esperó pacientemente.

Después carraspeó.

—Disculpe.

La joven se volvió.

—¿Sí?

—Soy la Muerte.

Ella lo observó de arriba abajo.

—¿En serio?

—Sí.

—Qué bonito disfraz.

—No es disfraz.

—¿Y qué necesita?

—He venido por usted.

La muchacha abrió los ojos.

—¿Por mí?

—Por usted.

—Debe haber un error.

Don Luis revisó la lista.

—Hace tres semanas escribió que quería morirse porque la dejaron en visto.

La joven se sonrojó.

—Bueno… sí, pero eso fue distinto.

—¿Distinto cómo?

—Ahora estoy creciendo en seguidores.

—Pero usted lo pidió.

—Lo escribí por impulso.

—¿Y ahora?

—Ahora necesito llegar a cien mil.

Y volvió a bailar frente al celular.

Don Luis permaneció unos segundos observándola.

Luego dio media vuelta.

—La próxima vez deberían especificar si hablan en serio.

El resto del día fue peor.

Un señor quiso tomarse una fotografía con él.

Dos niños le pidieron que posara levantando la hoz.

Una señora le regaló una estampita.

Un comerciante le preguntó si alquilaba disfraces.

Y un perro lo persiguió durante tres cuadras.

Al final terminó subido en un árbol.

La túnica colgaba de una rama.

La hoz se había quedado atorada entre unas hojas.

Y el perro seguía ladrando abajo.

—Esto no estaba en la descripción del cargo —protestó.

Esa noche volvió a la quebrada.

Se sentó en la misma piedra.

Por primera vez en muchos años no tenía ganas de quejarse.

Estaba demasiado cansado.

Al amanecer apareció nuevamente la Muerte.

Venía sonriente.

Llevaba gafas oscuras.

Un sombrero de playa.

Y un collar de conchas.

—¡Don Luis!

—No me hable.

—¿Tan mal fue?

—Peor.

La Muerte tomó asiento.

—Cuénteme.

Don Luis comenzó a relatar sus desgracias.

El abogado.

La muchacha de los videos.

Las fotografías.

La estampita.

El perro.

El árbol.

Mientras hablaba, la Muerte intentaba mantenerse seria.

No pudo.

Terminó riéndose.

Primero despacio.

Luego a carcajadas.

—No tiene gracia.

—Perdone.

—Casi me muerde un perro.

—Lo siento.

—Y nadie me tomó en serio.

La Muerte volvió a reír.

—Bienvenido a mi trabajo.

—¿Así es siempre?

—Casi siempre. La mayoría me llama, pero cuando aparezco ya no me quiere ver.

Chasqueó los dedos.

La túnica desapareció.

La hoz también.

Y la lista se convirtió en polvo.

Don Luis sintió que el reuma regresaba a sus rodillas.

Pero, por alguna razón, ya no le molestó tanto.

La Muerte se puso de pie.

—Bueno, debo volver.

—¿Ya?

—Las vacaciones terminan para todos.

Comenzó a alejarse por la quebrada.

—¡Oiga! —gritó Don Luis.

La Muerte se volvió.

—¿Qué?

—¿Y Tonsupa sí vale la pena?

—Muchísimo.

Y siguió caminando entre la neblina.

Desde entonces, Don Luis se queja bastante menos.

No porque los problemas hayan desaparecido.

El frío sigue llegando.

El reuma también.

Y los hijos continúan llamando menos de lo que él quisiera.

Pero cada vez que siente ganas de decir:

—¡Que la Muerte me lleve!

Mira primero hacia la quebrada.

Por si acaso la encuentre regresando de vacaciones.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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