La cosa empezó a preocuparme el día en que un muchacho me vio detrás de una columna de la antigua Fábrica La Joya.

Era mi rincón de siempre.

Desde allí había pegado sustos respetables durante años.

Obreros que regresaban tarde.

Vigilantes distraídos.

Curiosos que entraban donde no debían.

Pero aquel muchacho apenas me miró unos segundos.

—¿Usted hace videos para TikTok?

No supe qué responder.

—Si me va a grabar, avise. No quiero salir despeinado.

Y volvió a mirar el celular.

Ni un grito.

Ni una carrera.

Ni siquiera un sobresalto.

Me quedé detrás de la columna pensando que el problema no era yo.

Era el mundo.

Porque yo no era cualquier duende.

Mientras otros aprendían a esconder cucharas, yo había crecido en la fábrica.

Entre telares.

Entre máquinas.

Entre reuniones obreras.

Conocía cada rincón de La Joya.

Había escuchado más discusiones sindicales que muchos dirigentes.

Todavía recuerdo aquellas asambleas.

Los trabajadores hablaban de jornadas largas, aumentos salariales y derechos laborales.

Yo permanecía debajo de las bancas escuchando todo.

Así aprendí palabras importantes.

Convenio.

Negociación.

Representación.

Solidaridad.

Durante años intenté averiguar si un duende podía afiliarse al sindicato.

Nunca encontré un formulario para seres mágicos.

Ni una casilla donde pudiera escribir:

Ocupación: Duende.

Así que seguí colaborando desde las sombras.

Luego llegaron otros tiempos.

La fábrica cerró.

Las máquinas guardaron silencio.

Los trabajadores se fueron.

Y yo me quedé cuidando los recuerdos.

Después de lo ocurrido con el muchacho del TikTok comprendí que debía hacer algo.

Redacté una carta dirigida al Municipio de Otavalo.

Solicitaba el reconocimiento de mi trabajo como guardián de la memoria de la antigua fábrica y la protección de mi rincón favorito.

Dejé la carta en la bandeja de sugerencias.

Y esperé.

Pasó una semana.

Después otra.

Y otra más.

Hasta que una tarde encontré un sobre en la entrada.

No tenía sello.

No tenía firma.

Solo un código QR y una nota.

La nota decía:

«Estimado solicitante: escanee el siguiente código para acceder a la respuesta oficial».

Respiré hondo.

Saqué el celular.

Sí.

Los duendes también aprendimos a usar uno.

Escaneé el código.

El sistema giró varias veces.

Pensó.

Volvió a pensar.

Y finalmente apareció el mensaje:

«Estimado solicitante: actualmente no existe una categoría administrativa para duendes guardianes de fábricas históricas. Su petición será considerada en futuras actualizaciones».

Leí la respuesta.

La releí.

Y volví a leerla.

No era exactamente lo que esperaba.

Pero tampoco era un rechazo.

Por primera vez, una oficina pública había reconocido que existía.

Aunque todavía no supiera dónde ubicarme.

Guardé el teléfono.

Me acomodé el sombrero.

Y abrí mi viejo cuaderno.

Escribí:

«Año 2026. La fábrica sigue cerrada. Pero alguien, al menos, ya sabe que todavía hay un duende haciendo guardia».

Cerré el cuaderno.

Miré las ventanas silenciosas de La Joya.

Y volví a ocupar mi lugar detrás de la columna.

Después de todo, alguien tiene que cuidar los recuerdos.

Y los duendes sabemos que hay fábricas que dejan de producir telas…

pero nunca dejan de fabricar historias.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.

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