
Después de varios siglos trabajando por cuenta propia, el diablo llegó a una conclusión incómoda: necesitaba trabajo.
Las cosas venían flojas.
Cada vez costaba más encontrar personas dispuestas a vender el alma y, cuando aparecía alguna, empezaba a pedir condiciones imposibles.
Un día se sentó frente a su vieja laptop y decidió buscar empleo.
Entró a Socio Empleo.
Revisó varias ofertas.
Y encontró una vacante que parecía escrita para él: experiencia en negociación, capacidad de persuasión, manejo de conflictos y trabajo bajo presión.
—Soy el candidato ideal —se dijo.
Ese mismo día se compró un terno negro.
El saco era un poco más largo de lo normal para ocultar la cola.
También se puso una corbata roja, se peinó los cuernos con gel y salió convencido de que comenzaba una nueva etapa.
El optimismo le duró hasta llegar al SRI.
Tomó un turno.
Esperó una hora.
Luego otra.
Y cuando ya estaba pensando en provocar una pequeña plaga para entretenerse, apareció su número en la pantalla.
La funcionaria apenas levantó la vista.
—¿Cédula?
—No tengo.
—¿Por qué?
—Fui creado, no nacido.
—¿Certificado de votación?
—Nunca he votado.
—¿Planilla de servicios básicos?
—Vivo en el infierno.
La mujer siguió escribiendo.
—Entonces traiga una planilla del infierno.
—No usamos electricidad.
—Siguiente.
El diablo salió confundido.
Había negociado con reyes, banqueros y políticos. Sin embargo, aquella funcionaria pública resultó ser su adversaria más difícil.
Pensó que lo peor ya había pasado.
Se equivocaba.
Cuando llegó el momento de preparar la hoja de vida aparecieron nuevos problemas.
No sabía qué poner.
¿Cinco mil años de experiencia era demasiado?
¿Coordinar nueve círculos infernales contaba como gestión administrativa?
¿Las tentaciones históricas podían considerarse logros profesionales?
Después de pensarlo durante dos días hizo lo mismo que hacen muchos mortales.
Buscó un tramitador.
Por unas monedas antiguas y una promesa de trato preferencial en el más allá, obtuvo un currículum impecable.
La fotografía ocultaba los cuernos.
La experiencia ocupaba cuatro páginas.
Y los títulos eran impresionantes: licenciado en Gestión de Almas y máster en Productividad Extrema con mención en Condenas Eternas.
Con la carpeta bajo el brazo llegó a la empresa.
Esperó otras dos horas.
La secretaria regresó de almorzar.
Tomó los documentos, los revisó durante unos segundos y preguntó:
—¿Certificado de no adeudar al IESS?
—Soy inmortal.
—Carné de vacunación.
—He sobrevivido a todas las plagas de la historia.
—Récord policial.
El diablo decidió no responder.
La secretaria continuó.
—También necesitamos una declaración juramentada de no haber invocado entidades oscuras durante los últimos cinco años.
El diablo cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Contó hasta diez.
Después hasta veinte.
Y finalmente dijo:
—Señorita, yo soy la entidad oscura.
—Entonces necesitamos un documento que lo certifique.
Aquello fue demasiado.
Guardó los papeles, se acomodó la corbata y se puso de pie.
—¿Ya se va?
—Sí.
—Todavía faltan algunos requisitos.
—Precisamente por eso.
Salió del edificio y caminó varias cuadras sin rumbo.
Pensó que los seres humanos eran más valientes de lo que había imaginado.
Vivían rodeados de trámites.
Y los trámites eran peores que el infierno.
Para colmo, tenían horario de atención.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
