Dicen que un día el diablo decidió salir a buscar un alma en pleno día.

No fue una decisión espiritual.

Fue una cuestión práctica, porque poca gente salía en las noches.

Entre el frío, la inseguridad y las plataformas de streaming, las personas preferían quedarse en casa viendo series, navegando en redes sociales o durmiendo.

Así que una mañana apareció en el parque Bolívar de Otavalo con su mejor traje negro, los cuernos bien peinados y un discreto olor a azufre.

Se sentó bajo un árbol y esperó.

No tardó mucho.

Un joven con gorra, audífonos y expresión de estar ocupado en asuntos más importantes que la realidad cruzó el parque.

El diablo sonrió.

Por fin.

Un posible cliente.

—Buenos días, joven. Vengo a hacerte una propuesta seria.

El muchacho se quitó un audífono.

—¿Usted vende internet?

—No.

—¿Seguros?

—Tampoco.

—¿Tarjetas de crédito?

El diablo respiró hondo.

—Soy el mismísimo diablo.

El joven lo observó durante unos segundos.

—¿Y eso qué incluye?

Aquello no estaba en el manual.

—Dinero —respondió el diablo—. Mucho dinero. Todo el que puedas imaginar. A cambio de tu alma.

El joven cruzó los brazos.

—¿Cuánto exactamente?

—Todo lo que puedas imaginar.

—Necesito cifras.

El diablo empezó a sentirse incómodo.

—Bueno… bastante.

—¿Bastante cuánto?

El muchacho sacó el teléfono.

A ver. Primero la casa de mi mamá. Después un negocio de celulares. Luego un viaje por Europa. También necesito un fondo de emergencia, inversiones que generen intereses, seguro médico, un buen plan de jubilación y todo en regla con el SRI. Si voy a vender el alma, al menos quiero retirarme tranquilo y sin deudas con nadie.

Mientras hablaba, el diablo hojeaba nerviosamente su libreta de pactos.

Los números no cuadraban.

Finalmente cerró la libreta.

—Voy a ser sincero contigo.

—Eso me preocupa más que lo del alma.

—Estamos atravesando algunas dificultades presupuestarias.

—¿El infierno?

—El infierno.

—No me diga que también tienen crisis.

—Tenemos inflación.

—¿En el infierno?

—Sobre todo en el infierno. El azufre está por las nubes.

El joven lo miró con incredulidad.

—Las cosas sí están graves.

—No tienes idea. Los hornos consumen demasiado, los calderos necesitan mantenimiento y cada vez hay más trámites.

—¿Trámites?

—Todo requiere permisos ahora.

Hizo una pausa.

Revisó nuevamente la libreta.

Carraspeó.

—Hoy podría ofrecerte dos mil dólares.

—¿Dos mil? ¿Solo esa mínima cantidad?

—Habrá más —respondió el diablo rápidamente—. Te haría transferencias mensuales.

El joven lo miró con desconfianza.

—¿Me está ofreciendo un pacto o un plan de financiamiento?

El diablo intentó sonreír.

—Un pacto.

—Definitivamente no. Con razón ya nadie firma pactos.

El diablo suspiró.

—Las cosas no están fáciles.

—Pruebe en TikTok.

—¿TikTok?

—Sí. Hay gente que vende la dignidad gratis. Tal vez encuentre mejores oportunidades.

Y siguió caminando.

El diablo permaneció sentado bajo el árbol durante varios minutos.

Después guardó la libreta.

Se acomodó el saco.

Y se marchó murmurando sobre la inflación, los impuestos infernales y la falta de compromiso de las nuevas generaciones.

Antes de desaparecer lanzó una última mirada al parque.

—Creo que debo actualizar mi modelo de negocio.

Y cuentan que esa misma semana abrió una cuenta en redes sociales para promocionar pactos digitales.

Pero esa ya es otra historia.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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