Hay ciudades que despiertan.
Otras simplemente abren los ojos.

Suspendida en la altura,
como si el monte la meciera
para que conserve su antigua memoria.

Las nubes llegan sin prisa
y la cubren
como a una hija dormida.

No dicen nada.

El silencio es su manera de hablar.

Todo guarda quietud:
las tejas antiguas,
las plazas,
los parques
que conocen pasos y regresos.

El tiempo también espera.

Desde el lago San Pablo
se levanta una brisa antigua.

No empuja.

Reconoce.

La luz avanza despacio,
se posa en los tejados
como si los recordara
desde siempre.

Y entonces está el Taita Imbabura.

No llega.

Siempre estuvo.

Su presencia basta.

Su silencio cuida.

Con manos antiguas
la viste para el día:
le recuerda la raíz,
la fuerza de la tierra,
el fuego que nunca se apaga.

Otavalo se levanta.

No despierta.

Recuerda.

Camina envuelta
en palabras vivas,
con la memoria del telar,
el canto del surco,
las manos que supieron esperar.

En lo más hondo
brota la raíz.

No se ve.

Pero sostiene.

Porque Otavalo
no nace cada mañana:

se levanta

desde la tierra

que la nombra

y no la suelta.

Dorys Rueda, Otavalo en el alma, 2026.

 

 

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