
El fantasma llevaba años intentando asustar a alguien en la Plaza Cívica de Otavalo.
Había probado con cadenas.
Con velas.
Con apariciones detrás de los postes.
Una noche incluso atravesó una pared delante de un muchacho.
El joven ni siquiera levantó la vista del celular.
Aquello dolió.
La situación llegó a ser tan preocupante que el fantasma empezó a sospechar que estaba perdiendo facultades.
Decidió hacer un último intento.
Esperó a que una muchacha regresara sola a casa.
Se acomodó la túnica.
Tomó aire.
Y lanzó el mejor susto de toda su carrera.
—¡Boooo!
La muchacha levantó la vista.
Lo observó unos segundos.
—He escuchado voces más aterradoras.
Y siguió caminando.
El fantasma quedó inmóvil.
Después giró sobre sí mismo.
Y terminó estrellándose contra una de las enormes lunas decorativas de la plaza.
Aquella noche escribió en su diario:
«Día 347. Fui ignorado por una joven».
Debajo añadió otra línea:
«Tal vez necesite reinventarme».
Durante varios días permaneció sentado sobre una banca observando la plaza.
Entonces empezó a notar algo.
Había personas que aprovechaban los rincones oscuros para beber.
Otras seguían demasiado de cerca a quienes regresaban solos a casa.
La plaza estaba cambiando.
Y no precisamente para bien.
—Alguien debería hacer algo —murmuró.
Entonces recordó que llevaba muerto varios siglos y tenía todas las noches libres.
La idea apareció sola.
Si ya no servía para asustar a los buenos…
quizá todavía podía espantar a los malos.
Abandonó la vieja túnica.
Consiguió una gorra negra.
Una chaqueta oscura.
Y una placa hecha con papel aluminio donde escribió:
«Seguridad Plaza Cívica».
No era oficial.
Pero a él le parecía bastante convincente.
Desde entonces comenzó a recorrer los portales cada noche.
Pronto descubrió que un soplido helado seguía siendo muy eficaz.
Siempre que se aplicara a la persona correcta.
Más de un bebedor decidió marcharse antes de tiempo.
Más de un ladrón sintió unas cadenas detrás de la espalda y cambió de dirección sin mirar atrás.
Los vecinos empezaron a comentar que la plaza se sentía distinta.
Más tranquila.
Una señora dejó una bufanda doblada sobre una banca, con una nota que decía:
«Por si tiene frío».
El fantasma guardó la bufanda con mucho cariño. Hacía mucho tiempo que nadie tenía un gesto así con un espanto.
Nunca encontró una utilidad para ella, pero siempre la llevaba consigo. No porque lo abrigara, sino porque le recordaba el afecto de la gente mientras hacía sus rondas por la Plaza Cívica.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre Leyendas y Sonrisas, 2026.
