La leyenda del espíritu atormentado de la piscina «El Neptuno» me la contó mi padre, Ángel Rueda Encalada, en 1990. Según la tradición oral de Otavalo, un joven murió ahogado en aquella piscina y, desde entonces, algunos aseguraban escuchar brazadas cuando no había nadie en el agua. Otros hablaban de una presencia misteriosa en los vestuarios.

Muchos años después, Sebastián, un joven empeñado en conseguir seguidores en las redes sociales, acudió a «El Neptuno» para grabar al supuesto fantasma. Tres muchachos lo confundieron con el espíritu, huyeron aterrados y publicaron un video del encuentro. La grabación se volvió viral. Pronto comenzaron a contratar a Sebastián para aparecer como fantasma en fiestas y reuniones. Él, encantado con su nueva profesión, decidió no aclarar el malentendido.

Todo marchaba de maravilla.

Hasta que el verdadero fantasma descubrió que alguien estaba ganándose la vida con su identidad.

Decidió presentar una demanda.

UNIDAD JUDICIAL DE OTAVALO

Proceso: Usurpación de identidad fantasmal.

Demandante: El espíritu de «El Neptuno».

Demandado: Sebastián, creador de contenido digital.

ACTA DE AUDIENCIA

—¡Que pase el demandante! —ordenó el juez.

Una espesa niebla invadió la sala. Entre ella apareció un joven pálido, de cabello húmedo, que avanzó dejando pequeñas huellas de agua.

—¿Nombre completo? —preguntó el juez.

—Soy el espíritu atormentado de «El Neptuno».

—Necesito su nombre y apellido.

—Hace tantos años que morí que ya no los recuerdo.

El juez frunció el ceño.

—Empezamos mal. ¿Motivo de la demanda?

—Ese hombre se hace pasar por mí. Cobra por aparecer en fiestas, cumpleaños y reuniones empresariales.

El juez se volvió hacia Sebastián.

—¿Es verdad?

—Sí, señor juez, pero yo no tengo la culpa de que me confundieran con él.

—¿Y por qué no aclaró el malentendido?

—Porque comenzaron a contratarme.

—Comprensible —murmuró el secretario.

—¡Silencio! —ordenó el juez—. Vamos a las pruebas. Señor espíritu, ¿puede demostrar que está muerto?

El joven atravesó lentamente la mesa.

El secretario se persignó.

El juez acomodó sus lentes.

—Impresionante. Pero necesitamos su certificado de defunción.

—¡Acabo de atravesar una mesa!

—Eso no constituye una prueba documental.

Sebastián aprovechó para presentar una carpeta.

—Yo tengo contratos, facturas y quince mil seguidores.

El juez examinó los documentos. Luego miró al fantasma, que continuaba goteando sobre el piso.

—¿Y usted tiene alguna actividad económica registrada?

—¡Estoy muerto!

—Eso ya lo ha dicho. Pero todavía no lo ha demostrado legalmente.

El juez cerró la carpeta y dictó sentencia.

RESOLUCIÓN JUDICIAL

Primero. Se reconoce a Sebastián como prestador de servicios fantasmales, por contar con actividad económica comprobada.

Segundo. Se concede al demandante treinta días para presentar su certificado de defunción.

Tercero. Hasta que regularice su situación, se le prohíbe realizar apariciones que perjudiquen la actividad comercial del demandado.

—¡Pero yo soy el verdadero fantasma! —protestó el joven.

—Precisamente por eso debe regularizar sus papeles.

El espíritu guardó silencio.

—Entonces, ¿ya no puedo aparecerme en «El Neptuno»?

—Así lo dispone la sentencia.

—¿Ni siquiera para nadar por las noches?

—Mucho menos. Eso podría confundirse con publicidad engañosa.

El fantasma meditó unos segundos.

Después sonrió.

—Gracias, señor juez.

—¿Gracias?

—Llevaba décadas nadando sin vacaciones.

Y desapareció antes de que el juez pudiera cambiar de opinión.

Imágenes ilustrativas creadas con inteligencia artificial

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