Cada vez que regreso a Otavalo, vuelvo a la casa de mis padres.

Entro.

La nostalgia me alcanza de golpe. Es una tristeza honda que me acompaña mientras recorro las habitaciones y reconozco los lugares donde transcurrió buena parte de mi vida.

Todo está en silencio.

Camino.

Me detengo en algunos rincones. Miro alrededor y, sin buscarlo, regresan escenas de nuestra vida familiar, conversaciones que parecían no terminar nunca, momentos que creía olvidados.

Echo de menos las voces de mis padres.

Continúo mi recorrido hasta llegar al comedor. Siempre termino allí, frente a la misma mesa y las mismas ventanas por donde el sol entra con fuerza, como lo hacía cuando éramos niños.

Me siento.

Durante unos minutos miro la luz sobre la mesa. Recuerdo las veces que estuvimos reunidos allí, hablando de cualquier cosa, escuchando a mis padres o riéndonos de algo que alguno acababa de decir.

Y entonces comienzan a regresar las voces.

La de mi madre, con su manera de contar las cosas. La de mi padre, que intervenía para añadir algún recuerdo. También las nuestras, entre preguntas, comentarios y risas que se mezclaban con la conversación.

Sonrío.

Me quedo allí un buen rato, mientras el sol continúa entrando por las ventanas. En ese comedor donde tantas veces estuvimos juntos, vuelvo a escuchar lo que creía lejano.

La casa permanece en silencio.

Yo sigo escuchando.

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III.

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