A todos nos pasa.

Estamos a punto de salir y, de pronto, falta algo.

Las llaves.

Los lentes.

La billetera.

El celular.

Ese objeto que hace cinco minutos estaba allí y que, precisamente cuando más prisa tenemos, deja de existir.

Entonces empieza el ritual.

Primero buscamos donde debería estar.

Nada.

Después, donde podría estar.

Nada.

Finalmente, donde sabemos perfectamente que no puede estar.

Vaciamos bolsos, abrimos cajones, levantamos cojines, metemos la mano en el cesto de la ropa sucia, miramos debajo de la cama.

Hasta abrimos la nevera.

Por si acaso…

Y hacemos algo todavía más extraño: volvemos a buscar en los mismos lugares.

Abrimos otra vez el primer cajón.

Después el segundo.

Regresamos al primero.

La casa entera se convierte en territorio sospechoso.

Y, en medio de la búsqueda, aparecen cosas que no estábamos buscando: un anillo que dimos por perdido, un arete sin pareja, una moneda vieja, facturas arrugadas, la tapa de un esfero y aquel papel que tanto necesitábamos hace tres meses.

Pero lo que buscamos, no.

Volvemos a los bolsillos.

A todos.

Incluso a los que ya revisamos.

Nos palpamos uno por uno con una concentración única.

Nada.

El tiempo corre.

Nosotros también.

Hasta que aparecen.

Las llaves, en el bolsillo de una chaqueta que no usamos.

Los lentes, en el baño.

La billetera, debajo del sofá.

Y el celular, en la lavandería.

No buscamos explicaciones.

Bastante trabajo nos costó encontrarlos.

Prometemos que esto no volverá a pasar.

Desde hoy cada cosa tendrá su lugar.

Las llaves aquí.

Los lentes allá.

La billetera siempre en el mismo sitio.

Y el celular en el dormitorio.

Esta vez lo decimos en serio.

Entonces, cerramos la puerta.

Damos unos pasos.

Y aparece la sospecha.

¿Apagué la hornilla?

Nos detenemos.

¿Cerré el gas?

Seguimos pensando.

¿Desconecté la plancha?

¿Desenchufé el cargador?

Entonces llega la duda que termina con cualquier posibilidad de seguir caminando:

¿Lo hice o solamente recuerdo haber pensado que debía hacerlo?

No hay opción.

Volvemos.

La inspección es minuciosa.

Casi solemne.

Revisamos las perillas de la cocina una por una, como si estuviéramos desactivando una bomba.

El gas, cerrado.

La plancha, desenchufada.

El cargador, desconectado.

Todo en orden.

Por supuesto.

Ahora sí.

Cerramos nuevamente la puerta.

Damos unos pasos.

Nos detenemos.

Por un instante sentimos la tentación de volver a comprobar.

Por si acaso…

Pero no.

Esta vez decidimos confiar.

Seguimos.

Ya no caminamos.

Corremos.

A esas alturas, llegar a tiempo empieza a ser un objetivo demasiado ambicioso.

Llegar, en cambio, todavía parece posible.

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen II, 2026.

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