Quien lee con atención no entra en un poema para imponerse.

Entra como quien visita una casa por primera vez.

Pero antes de cruzar la puerta puede detenerlo un miedo aprendido: la idea de que la poesía es difícil, de que sus palabras esconden algo que solo unos pocos saben descubrir.

Teme no comprender.

Teme equivocarse.

Teme, incluso, que no le guste lo que encuentre dentro.

Entonces vacila.

Sin embargo, un poema no exige que lleguemos con todas las respuestas. Basta con acercarse.

El lector mira. Escucha. Poco a poco reconoce las voces del texto.

A veces permanece atento al tono, al ritmo, a las pausas. Otras veces se aventura un poco más y permite que algo lo toque, lo incomode o lo conmueva.

Puede ocurrir entonces algo inesperado: durante unos instantes, siente que ocupa el lugar de alguien que vive en el poema.

No se confunde con él. Simplemente comienza a mirar desde otro sitio, y entonces se alegra, se inquieta, sufre o duda. Algo de aquella experiencia se vuelve suyo.

En otros momentos, apenas reconoce a esa figura y la deja continuar su camino.

O no consigue acercarse del todo.

Se queda cerca.

Desde allí escucha y descubre que el silencio también habla.

Hay palabras que nos alejan, imágenes que no alcanzamos a sentir y versos ante los cuales permanecemos indiferentes.

También eso forma parte de la lectura.

Un poema no termina en aquello que alcanzamos a comprender. Se prolonga en lo que somos capaces de acompañar.

Sus figuras no son piezas que deban encajar en una sola interpretación. Tienen dudas, contradicciones y una respiración que cambia mientras leemos.

Por eso conviene ir despacio.

Escuchar antes de apresurarnos a decir:

—Esto significa tal cosa.

La poesía no siempre entrega respuestas ni se deja encerrar en una explicación definitiva. A veces permanece con nosotros sin que sepamos todavía qué ha venido a decirnos.

Quizá leer bien no sea comprenderlo todo.

Quizá leer bien sea aceptar que podemos equivocarnos, volver sobre un verso y descubrir algo que antes no habíamos visto.

Hay poemas de los que salimos sin haber recorrido todas sus habitaciones. Sin embargo, algo sale con nosotros: una voz, una imagen o un silencio que continúa acompañándonos.

Tal vez leer sea eso: cruzar la puerta, caminar sin prisa y saber quedarse un momento más allí donde algo nos detiene.

 Dorys Rueda, Reflexiones Volumen 2, 2026

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