La cafetería era pequeña e íntima y había pocas personas en el lugar.

Quedaba en las afueras de Quito.

El café, delicioso.

Ella era propietaria de un conocido colegio. Se llamaba Hogwarts.

Él escribía poemas.

Se habían conocido por redes sociales y él le había escrito un poema.

No de amor.

Tan solo un poema.

A ella le gustó.

Muchísimo.

Hablaron de educación, de libros, de todo.

Nada hacía sospechar lo que ocurriría después.

Se despidieron, sin promesas de verse otra vez.

Pero, semanas más tarde, volvieron a encontrarse para un segundo café.

Ella lo vio y se reclinó sobre la mesa.

Lo miró fijamente.

Dijo que tenía una propuesta.

El escritor se asombró.

Pensó que escucharía un ofrecimiento como profesor de literatura o asesor del rectorado.

—El cargo puede ser suyo —dijo—. Será directivo de la institución, con un sueldo de 3.500 y carro a la puerta.

El escritor pensó que todo sonaba muy bien.

Pero ella añadió:

—Solo tendrá que ponerse el atuendo de Lord Voldemort.

Él abrió los ojos con sorpresa.

—Sí —manifestó la mujer—. Mi colegio es una copia de la escuela de Harry Potter.

El poeta se quedó sin habla. Voldemort no estaba entre sus expectativas laborales.

Se imaginó vestido como el personaje de la novela, bajando por el elevador de su edificio, saludando a los vecinos y despidiéndose del guardia de seguridad.

Ella bajó la voz y dijo con cierta ternura:

—Hay un motel a dos cuadras. Vamos ahora mismo y el contrato es suyo.

El escritor respiró hondo.

Miró el café.

Miró la puerta.

La miró a ella.

Pensó…

Es un buen sueldo. Tendré estabilidad económica y automóvil a la puerta.

Todo sin concurso de méritos.

—No —dijo—. No hay ninguna posibilidad.

Y no contestó así por puritanismo.

Simplemente era un no.

Ella pagó el café y se despidió con cortesía.

Esa misma noche llegaron varios mensajes.

Ella lo tachaba de mediocre.

Decía que acababa de desperdiciar la oportunidad de su vida.

También cuestionaba su falta de hombría.

Él los leyó sin responder.

Después presionó Bloquear contacto y apagó el teléfono.

¡No todos los días se encuentra uno con un buena historia para escribir!

Dorys Rueda, Cuentos en voz baja, Volumen II, obra inédita.

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