
Esta leyenda me la contaron mis alumnas Paola Jami y María José Santana en 2018.
Eran los tiempos en que la laguna de Yambo era más pequeña. Sus aguas verdosas permanecían rodeadas de laderas, matorrales y senderos por donde transitaban los habitantes de los alrededores.
A pocos metros de sus orillas se levantaba una vieja casucha abandonada. Tenía las paredes agrietadas, el techo deteriorado y una puerta de madera que parecía a punto de desprenderse.
Quienes pasaban por el lugar escuchaban voces y ruidos que parecían salir de su interior.
—¿Escuchan ese ruido que viene de la casa? —preguntó el primer viajero, deteniéndose en el sendero.
—No es un ruido —respondió el segundo—. Son voces de hombres y mujeres que discuten. ¡Escuchen bien!
—Yo no estoy de acuerdo —intervino el tercero—. Lo que oigo es una voz aguda, como la de un anciano.
Los tres guardaron silencio.
—¿Y con quién habla? —preguntó el primero—. Me pareció escuchar que alguien le respondía.
—Tal vez hay gente viviendo allí —aventuró el segundo.
—¿Gente? ¡Si esa casa lleva años abandonada! —replicó el tercero.
De pronto, un golpe seco resonó en el interior.
Los hombres se miraron con susto.
—¿Oyeron eso? —preguntó el primero.
—Parece que alguien ha cerrado una puerta —respondió el segundo.
—Pero ¿quién? ¡Si nadie ha entrado! —exclamó el tercero.
Se quedaron inmóviles, mirando las ventanas oscuras.
Entonces volvió a escucharse aquella voz aguda.
—¡Ahí está otra vez! —susurró el primero.
—Dicen que es un duende —murmuró el segundo—. Que tiene escondida una olla llena de oro.
—¿Y por qué no sale nunca? —preguntó el segundo.
—Porque está cuidando su tesoro —respondió el tercero.
La historia del supuesto tesoro despertó la curiosidad de los moradores. Algunos se preguntaban cuánto oro habría en aquella olla.
—¿Y si entramos a buscarla? —propuso uno de ellos.
—¡Entra tú primero! —le respondió otro—. Yo te espero aquí.
Pero nadie se atrevía a cruzar la puerta.
Pasaron los años. La casucha continuó abandonada, con sus paredes cada vez más deterioradas y la maleza creciendo a su alrededor. De vez en cuando, algún caminante aseguraba haber escuchado aquellas voces que nadie conseguía explicar.
—Anoche volví a escuchar las voces de esa casa —comentó un hombre.
—¿Y qué decían?
—No pude entenderlas. Parecía que alguien discutía con otra persona.
Entre rumores y preguntas sin respuesta, la vieja casucha siguió despertando la curiosidad y el temor de quienes pasaban por sus alrededores.
Mientras tanto, las aguas verdosas de Yambo fueron extendiéndose poco a poco hacia la orilla donde se levantaba la vieja construcción.
Primero alcanzaron los matorrales. Después llegaron hasta las paredes. Con el tiempo, la laguna terminó por cubrir la casucha.
Una mañana, quienes pasaron por el lugar descubrieron que ya no quedaba rastro de ella.
La casa había desaparecido misteriosamente bajo el agua.
Y con ella, la olla llena de oro que, según los moradores, el duende había custodiado durante tantos años.
Entre los antiguos moradores quedó flotando una pregunta que nadie pudo responder:
¿Se habría quedado el duende en el fondo de la laguna, cuidando todavía su tesoro?
Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.
