Cuando la historia disparó contra sí misma
En el aniversario de su asesinato

Miguel Ángel Rueda
31-10-2026
Cuando pregunté a mis alumnas quién fue Gandhi, una de ellas respondió sin dudarlo: «Es un monje que murió de hambre y logró expulsar a los ingleses que les explotaban con la sal».
En esa frase cabe casi todo lo que muchos jóvenes creen saber de la India: un personaje santo, una protesta por la sal y un imperio que se retira. Lo demás se ha perdido por el camino. Mahatma Gandhi no fue un monje, aunque vivió con una austeridad casi monástica; ayunó muchas veces, pero no murió de hambre: lo mató a tiros un nacionalista hindú, Nathuram Godse, el 30 de enero de 1948. La Marcha de la Sal de 1930 fue un poderoso símbolo de desobediencia, pero la independencia llegó diecisiete años después, al cabo de una larga lucha política. Y si la memoria del Mahatma llega así de borrosa, la de otra Gandhi apenas llega: la de Indira, la mujer que gobernó la democracia más poblada del planeta y cuya muerte conmocionó al mundo el 31 de octubre de 1984.
Conviene aclararlo desde el principio, porque la confusión es frecuente: Indira no era hija ni pariente del Mahatma. Fue hija de Jawaharlal Nehru, líder del movimiento independentista y primer ministro de la India independiente. El apellido Gandhi le llegó por su matrimonio con Feroze Gandhi, quien tampoco tenía parentesco alguno con el Mahatma. Los une, sin embargo, algo más trágico que la sangre: ambos murieron a balazos, a manos de hombres convencidos de que defendían su fe.
Comprender la vida y la muerte de Indira ayuda a entender una verdad que el paso del tiempo no ha cambiado: las sociedades siguen moviéndose por identidades, creencias, memorias y emociones colectivas mucho más poderosas que cualquier cálculo de poder.
La historia suele presentarse como una sucesión de hechos. Pero los grandes acontecimientos rara vez son simples. Son el desenlace de tensiones acumuladas durante años, a veces durante siglos. La India es una muestra extraordinaria de esa complejidad.
Desde una mirada occidental, resulta natural analizar la política como una disputa por el poder, la economía o las instituciones. Sin embargo, la India es mucho más que un Estado moderno. Es una civilización milenaria donde conviven religiones, lenguas, castas, tradiciones y visiones del mundo que desafían cualquier intento de simplificación.
Para millones de personas, la historia no es un capítulo cerrado. Es una presencia viva. La religión no ocupa un espacio marginal en la existencia cotidiana. Forma parte de la identidad profunda de comunidades enteras.
Para comprender lo ocurrido en 1984 hay que retroceder siete años. A fines de la década de 1970, el Partido del Congreso, el partido de Indira Gandhi, buscaba debilitar al Akali Dal, la principal fuerza política sij del Punjab. Según el periodista Kuldip Nayar y los corresponsales Mark Tully y Satish Jacob, Sanjay Gandhi, hijo de la primera ministra, y Zail Singh, quien en 1980 sería ministro del Interior, vieron en un joven predicador, Jarnail Singh Bhindranwale, el instrumento ideal para disputar al Akali Dal su autoridad religiosa. Lo alentaron, le dieron visibilidad y, según testimonios de dirigentes del propio Congreso, también dinero.
Calcularon mal. El predicador no tardó en emanciparse de sus patrocinadores. Su discurso se radicalizó, la violencia se extendió por el Punjab y, desde 1982, Bhindranwale se refugió con hombres armados en el complejo del Templo Dorado de Amritsar. A fines de 1983 se instaló en el Akal Takht, sede de la autoridad temporal del sijismo, y lo fortificó con la asesoría de un general destituido del propio ejército indio. Su prédica alimentaba la causa separatista del Jalistán, aunque él mismo evitó reclamarla de manera explícita. Así, la historia disparó contra sí misma: el poder que había ayudado a crear a su adversario terminaría enfrentándolo con tanques en el lugar más sagrado del sijismo, y aquella decisión acabaría costándole la vida a quien la tomó.
Por eso, cuando en junio de 1984 el gobierno de Indira Gandhi ordenó la entrada del ejército en el Templo Dorado para expulsar a los militantes separatistas armados, la operación, bautizada Blue Star, no fue percibida únicamente como una acción de seguridad del Estado. El momento elegido agravó la ofensa. El asalto se produjo después del 3 de junio, aniversario del martirio de Gurú Arjan Dev, el quinto gurú y constructor del templo, cuando el recinto estaba colmado de peregrinos: entre diez mil y quince mil, según el comité que administra los santuarios sijs. Los tanques dañaron el Akal Takht; el fuego destruyó la Biblioteca de Referencia Sij, con manuscritos y cartas firmadas por los propios gurús, y Bhindranwale murió en el combate. El Libro Blanco del gobierno reconoció alrededor de quinientos muertos entre militantes y civiles, además de 83 soldados; estimaciones independientes elevan la cifra a varios miles.
Para numerosos sijs, aquello significó una herida infligida al lugar más sagrado de su fe. La dimensión simbólica del hecho resultó tan importante como su dimensión militar. Menos de cinco meses después, aquella herida regresó convertida en tragedia.
Tras la operación, los servicios de inteligencia apartaron a los sijs de la escolta personal de la primera ministra. Indira ordenó reincorporarlos: temía que excluirlos confirmara la imagen de un gobierno hostil a toda una comunidad. Entre los readmitidos estaba Beant Singh, uno de sus guardias de mayor confianza.
La mañana del 31 de octubre, mientras caminaba por los jardines de su residencia oficial hacia una entrevista con el actor británico Peter Ustinov, Beant Singh y Satwant Singh, ambos sijs, dispararon contra ella. Fue un acto de venganza política y religiosa, pero también la manifestación extrema de una fractura que había trascendido la política convencional.
La muerte de Indira Gandhi reveló algo que las sociedades modernas a menudo olvidan: cuando el poder ignora la fuerza de los símbolos, termina enfrentándose a consecuencias que no puede prever.
Pero la tragedia no terminó allí. Entre el 31 de octubre y el 3 de noviembre, turbas organizadas recorrieron Delhi y otras ciudades a la caza de sijs. Hombres fueron sacados de sus casas y quemados vivos; mujeres fueron violadas; templos, viviendas y comercios fueron incendiados. Las cifras oficiales reconocen cerca de 2800 muertos solo en Delhi y unos 3350 en todo el país; otras estimaciones superan los ocho mil.
No fue un estallido espontáneo de dolor popular. La Comisión Nanavati, creada en el año 2000 por mandato del Parlamento indio, concluyó en su informe de 2005 que dirigentes y militantes locales del Partido del Congreso habían incitado o ayudado a las turbas, mientras la policía de Delhi permanecía pasiva. El informe de la organización Ensaaf, entre otros, recoge testimonios según los cuales los atacantes usaron listas de votantes para identificar los hogares sijs. La justicia tardó décadas: el exdiputado del Congreso Sajjan Kumar fue condenado a cadena perpetua en 2018 y nuevamente en 2025, y murió en agosto de este año mientras cumplía su condena. Muchos otros responsables nunca fueron juzgados. Los responsables materiales e intelectuales no honraron el principio de responsabilidad individual de no se puede culpar a un pueblo entero por los actos de unos pocos.
Una nación que acababa de perder a su máxima dirigente descubría, además, que las heridas de la convivencia podían ser tan devastadoras como las balas, y que el Estado llamado a proteger a todos sus ciudadanos podía mirar hacia otro lado mientras una parte de ellos era asesinada. Para muchos historiadores y organizaciones de derechos humanos, aquello fue un pogromo. Para la memoria sij, en la India y en la diáspora, sigue siendo una herida abierta.
Quizá esa sea la lección más importante para nuestro tiempo.
Un Estado puede ganar una batalla militar y perder, en el mismo acto, la confianza de sus ciudadanos. Puede imponer el orden con tanques, pero no la lealtad de una fe herida. Cuando trata los símbolos sagrados de una comunidad como simples obstáculos tácticos, y cuando después la abandona a la furia de las turbas, la fractura deja de ser política: se vuelve moral.
La historia de Indira Gandhi nos recuerda que una nación puede poner satélites en órbita y dominar la energía nuclear y, aun así, fracasar en algo esencial: comprender los temores, las convicciones y la memoria de su propio pueblo.
Y cuando se rompe el pacto entre el Estado, la ciudadanía y su fe, ningún poder, por grande que sea, puede evitar las consecuencias.
Tal vez por eso resulte tan necesario recordar a personajes como Indira Gandhi, no para convertirlos en héroes ni en villanos, ni para juzgarlos desde la comodidad del presente, sino para entender que la historia es siempre más compleja que los relatos simplificados que circulan en las redes sociales.
Mis alumnas no tienen la culpa de su confusión: nadie les contó la historia completa. Las nuevas generaciones dominan lenguajes que sus abuelos jamás imaginaron y navegan en mundos digitales que transforman la educación, la economía y las relaciones humanas. Pero también necesitan aprender que existen acontecimientos cuya comprensión exige algo más que una búsqueda rápida en internet. Exige memoria.
Porque los pueblos que olvidan su historia terminan interpretando el presente como si hubiera nacido esta mañana. Ante unas generaciones acostumbradas a consumir la historia en segundos, quizá debamos escribir menos sobre fechas y más sobre significados.
Cada 31 de octubre conviene recordar a una mujer que llegó a encarnar las grandezas y contradicciones de la India contemporánea. Su asesinato fue mucho más que la muerte de una gobernante: fue la advertencia de que las naciones pueden fracturarse cuando el diálogo entre el Estado, la comunidad y la fe deja de existir. En una época obsesionada con el futuro, su historia nos invita a mirar hacia atrás, no por nostalgia, sino por prudencia. Porque el pasado no desaparece: permanece silencioso, esperando que alguien quiera comprenderlo.
Fuentes académicas recomendadas
Frank, Katherine (2001). Indira: The Life of Indira Nehru Gandhi. Londres: HarperCollins. Biografía de referencia sobre la vida, el gobierno y la muerte de la primera ministra.
Kaur, Jaskaran (2006). Twenty Years of Impunity: The November 1984 Pogroms of Sikhs in India (2.ª ed.). Portland: Ensaaf. Informe documentado sobre la violencia antisij de noviembre de 1984 y la impunidad posterior.
Mahmood, Cynthia Keppley (1996). Fighting for Faith and Nation: Dialogues with Sikh Militants. Filadelfia: University of Pennsylvania Press. Estudio antropológico sobre la militancia sij y la memoria de 1984.
Nayar, Kuldip y Singh, Khushwant (1984). Tragedy of Punjab: Operation Bluestar and After. Nueva Delhi: Vision Books. Relato periodístico contemporáneo sobre el origen de la crisis y el papel del Congreso.
Nanavati, G. T. (2005). Report of the Justice Nanavati Commission of Inquiry (1984 Anti-Sikh Riots). Nueva Delhi: Ministerio del Interior de la India. Fuente oficial primaria sobre la responsabilidad en los disturbios.
Singh, Gurharpal (2000). Ethnic Conflict in India: A Case-Study of Punjab. Basingstoke: Macmillan. Uno de los trabajos más citados sobre el conflicto del Punjab y sus repercusiones políticas.
Tully, Mark y Jacob, Satish (1985). Amritsar: Mrs Gandhi’s Last Battle. Londres: Jonathan Cape. Crónica de dos corresponsales de la BBC sobre el ascenso de Bhindranwale y la Operación Blue Star.
Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.
