La política exterior de los Estados Unidos en 2026

Miguel Ángel Rueda — octubre 2026

El miércoles 21 de octubre, en San Antonio de Ibarra, dos estudiantes del preuniversitario prestaron su voz a Abraham Lincoln y a John F. Kennedy para que discutieran un asunto que ninguno de los dos alcanzó a ver: la política exterior de los Estados Unidos en 2026. Es el formato que llamamos debate histórico: figuras del pasado frente a los problemas del presente, con un guion que yo escribo y que las estudiantes investigan, corrigen y hacen suyo.

El tema nació de una coincidencia. Casi todas las chicas quieren prepararse para optar por una beca en el extranjero y estudiar Ciencias Jurídicas, pero no para ejercer la abogacía, sino como primer paso hacia el Derecho Internacional y las Ciencias Políticas; sueñan con ganarse, por méritos, un cargo en la ONU, en el FMI, la UNESCO, la OMC u otro organismo multilateral.

Aproveché la coyuntura y les propuse debatir sobre la política exterior del país más poderoso del planeta. «No tenemos moneda propia», les dije, «pero Lincoln nos mira desde cada billete de cinco dólares que pasa por nuestras manos, y Kennedy desde el medio dólar». Aceptaron en el acto. Al final, una de ellas añadió una razón que yo no había previsto: «Mucho mejor, profesor, que hablamos de presidentes de otro país y no del Ecuador. Hubiera sido una pelea sin fin». La distancia permite pensar sin herir; un debate sobre nuestros propios políticos habría terminado, muy probablemente, en una disputa de bandos.

Todas se prepararon. Leyeron todos los días (on line) periódicos y revistas de Estados Unidos; Gran Bretaña y España; estudiaron las biografías de los dos presidentes en fuentes académicas y un resumen de las ideas de Henry Kissinger sobre la diplomacia y el orden mundial, para entender la lógica con que Washington mira al mundo.

Las voces se eligieron democráticamente, y cualquiera de ellas habría estado a la altura. En la revisión del guion aprendimos, además, a desconfiar de las citas célebres: varias frases que el mundo repite no las dijo quien creemos, y comprobarlo fue quizá la lección más útil de todas.

La respuesta superó mis expectativas. Por iniciativa de las propias estudiantes asistieron los padres de familia, que siguieron con atención cómo sus hijas daban vida a los dos presidentes. Un padre me dijo: «Bien hecho, Miguelito; ahora mi hija conoce más del tema que yo, que soy empresario exportador». Otro resumió el sentir de muchos: «Felicitaciones, profesor: nuestras hijas van preparadas para lograr sus sueños».

Lo más elocuente, sin embargo, llegó al terminar, y lo dijeron delante de sus padres. Una de ellas confesó: «Yo me siento orgullosa, profe. Algunos amigos me ven raro, ya que están acostumbrados a conversar de cosas sin importancia». Otra lanzó un desafío que suscribo: «Ahora que digan los licenciados que a las mujeres no les da mismo hablar de política». No conozco mejor evaluación para un debate.

Lo que sigue es el guion completo, tal como se desarrolló aquella mañana.

Moderadora

Muy buenos días, queridas estudiantes. Bienvenidas a este encuentro donde la historia cobra vida.

Hoy tenemos un privilegio que el tiempo jamás permitió: dos presidentes de los Estados Unidos que nunca se conocieron —separados por casi un siglo y por dos guerras mundiales— se sientan frente a frente para debatir sobre un país que ninguno de los dos llegó a ver: los Estados Unidos del año 2026.

A mi derecha, el decimosexto presidente, el hombre que preservó la Unión e impulsó la abolición de la esclavitud: Abraham Lincoln. A mi izquierda, el trigésimo quinto presidente, el hombre de la Nueva Frontera y del gran sueño espacial: John F. Kennedy.

Las reglas son sencillas: cada uno tendrá sus turnos de apertura y réplica, con respeto y con agudeza, como corresponde a dos caballeros de la política. El debate concluirá en 20 minutos, momento en el que ustedes, señoritas estudiantes, podrán formular una pregunta a cada panelista. Sin más preámbulo, damos inicio. Tiene la palabra el presidente Lincoln.

Presidente Lincoln

Gracias, señora moderadora. Muchachas, sean ustedes bienvenidas. Me honra dirigirme a jóvenes que representan, sin duda, lo mejor de su generación, y me atrevo a decirlo: del futuro de esta nación.

Debo confesarles un asunto antes de empezar. Fallecí en 1865, y desde entonces me han contado —con más o menos acierto— lo que ha sido este gran país, al que llamamos Estados Unidos de América. Me dijeron que en 2026 los estadounidenses discuten si deben encerrarse en su propia casa o seguir siendo el faro del mundo. Y aquí he de declarar mi posición sin rodeos: un faro no sirve de nada si apaga su luz por temor a la tormenta.

Yo goberné en tiempos en que la mitad del país quiso separarse de la otra mitad. Aprendí dos cosas que jamás olvidé. La primera: que la unión vale más que la victoria de un bando. La segunda: que ningún pueblo puede predicar la libertad en el extranjero mientras la niega en su propio umbral.

Por eso, cuando miro el mundo de hoy —las alianzas que se tensan, los aranceles que se levantan como setos de espino entre vecinos, los acuerdos que se rompen con un tuit— siento que el viejo adversario ha cambiado de ropa, pero no de oficio.

Díganme ustedes, ¿qué valdrá la grandeza de América dentro de veinte años? ¿La fuerza de sus cañones, o el ejemplo que da al mundo? Yo me inclino por lo segundo. Porque el imperio se hereda, pero el ejemplo se conquista cada mañana.

Y como me atribuyen —aunque nadie ha encontrado dónde lo dije—, se puede engañar a todo el pueblo por algún tiempo, y a algún pueblo todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo.

Moderadora: presidente Kennedy, por favor.

Gracias, señora moderadora. Presidente Lincoln, es un honor inesperado. Nos une un lazo que yo no elegí: en noviembre de 1963, mi féretro descansó en la Rotonda del Capitolio sobre el mismo catafalco que había sostenido el suyo en 1865. Así que hoy, en cierto modo, usted vuelve a sostenerme.

Presidente Lincoln, usted se pregunta si América debe ser faro o fortaleza. Yo le respondo: un faro también se construye con buena piedra, y la piedra, señor presidente, son los aliados. Yo nací en el siglo en que América tuvo que aprender una lección amarga: en 1919 rechazamos la Sociedad de Naciones y dos décadas después tuvimos que volver a Europa, a un precio que mi familia conoce bien: mi hermano mayor, Joseph, no volvió de aquella guerra. En los años sesenta entendimos por fin que la paz no se declara desde una tribuna: se negocia cara a cara, se paga con paciencia y se defiende con firmeza.

Miren el mundo de 2026: un poder rival levantándose en el Pacífico, una guerra en el corazón de Europa que se quiere cerrar con mapas que nadie firmó en su momento, y aliados de setenta y siete años que ya no saben si pueden contar con Washington.

Yo no propongo retirarnos ni gastarnos el tesoro en cruzadas. Propongo algo más difícil: elegir. Porque en política exterior, como en la vida, quien quiere todo a la vez no obtiene nada. La pregunta no es si América será fuerte; lo será siempre. La pregunta es si será confiable. Y la confianza, señoritas, es la única moneda que no se puede imprimir.

Presidente Lincoln, ¿qué opción considera adecuada para los Estados Unidos: aislamiento o liderazgo?

Presidente Lincoln

Bien dicho, joven presidente, aunque yo le saco más de un siglo y aun así me llama «señor presidente» con esa deferencia suya de Harvard. Voy a devolverle la moneda: usted habla de confianza, y tiene razón.

Pero la confianza nace en casa. Un país que no cuida a sus obreros, que deja que el puño de los especuladores mande más que el voto del pueblo, sale al mundo con la camisa sucia. En mis tiempos era el algodón y la esclavitud; hoy leo que son las fábricas que se van a otros mares y los aranceles que pagan, al fin y al cabo, los de abajo. Antes de predicar la libertad en Ucrania o en Taiwán, aseguren el pan y la dignidad en Ohio.

Moderadora: su réplica, presidente Kennedy.

Presidente Lincoln, el pan y la dignidad de Ohio dependen, esté o no uno dispuesto a admitirlo, de que los estrechos comerciales sigan abiertos y de que los socios crean en la palabra estadounidense. Le pongo un ejemplo de mi época que hoy se repite: cuando llegué a la Casa Blanca, la Guerra Fría se medía en cohetes. Y yo escogí ir a la Luna no porque fuera fácil, sino precisamente porque era difícil, y porque sabía que una nación que no se propone grandes metas comunes se convierte en un comerciante que solo regatea. Hay quien hoy quiere reducir la política exterior a una transacción: ¿qué me das tú y qué te doy yo?

Eso es contabilidad, no diplomacia. La Guerra Fría se ganó con una alianza atlántica, no con recibos.

Moderadora: adelante, presidente Lincoln.

Recibos, dice usted. En Springfield, cuando un cliente no pagaba, aprendí que la palabra dada vale más que el contrato escrito. No estoy en desacuerdo con su Atlántico. Pregunto nada más: ¿una alianza donde unos pagan con sangre y otros solo con cheques es una alianza, o es un negocio de alquiler? Yo juré defender la Constitución, no el negocio de nadie.

Si nuestros amigos europeos pueden hoy defenderse solos —y los periódicos de 2026 dicen que ya se lo estamos exigiendo—, que se defiendan, pero que sea por acuerdo honrado, no por abandono a medianoche. En 1864 dije que no conviene cambiar de caballo a mitad del río; tampoco conviene que un país cambie de palabra en plena tempestad.

Moderadora: siga, presidente Kennedy.

Ahí precisamente estamos de acuerdo, y le ruego que no se lo tome a mal: la palabra dada. En mi administración estuvimos trece días al borde de una guerra nuclear por los misiles en Cuba. Trece días en que un disparo nervioso hubiera convertido el mundo en ceniza. Y salimos de ahí por una combinación muy americana: fuerza desplegada y negociación secreta. Enseñé el puño, sí, pero también envié cartas.

Hoy, cuando se habla de «paz mediante la fuerza», yo pregunto: ¿fuerza para qué? Si es para disuadir, bienvenida sea. Si es para improvisar intervenciones como la de Irán, iniciada el pasado 28 de febrero y que después nadie sabe cómo terminar, entonces es la vieja tentación del martillo que ve clavos por todas partes.

Moderadora: presidente Lincoln.

Usted me habla de Cuba y se me eriza la nuca, joven presidente, porque en mi vida el gran temor era que un solo disparo en Charleston encendiera el incendio. Y se encendió. Cuatro años y más de seiscientas mil vidas. Por eso le digo con el peso de esa cifra: la fuerza es el último recurso del hombre sensato, y el primero del impaciente.

Yo suspendí el habeas corpus en plena guerra y aún hoy se me juzga por ello. Lo hice porque la casa ardía. Pero un presidente que se acostumbra a gobernar en emergencia termina viendo emergencias por todas partes, como ese martillo que usted describe. Mi regla fue sencilla: el poder nunca debe hacerse cómodo. Que lo use quien lo tenga, sí; pero que lo deje con sabor a hiel.

Moderadora: tiene la palabra, presidente Kennedy.

Entonces permítame resumir nuestro primer acuerdo, porque a la audiencia le conviene notarlo: ambos creemos en la fuerza que disuade y desconfiamos de la fuerza que se improvisa. La diferencia está en el tono. Yo crecí en una época en que América debía estar en todas partes porque la alternativa era el vacío soviético.

Usted vivió cuando América podía mirar hacia adentro porque dos océanos la guardaban.

En 2026 los océanos ya no guardan nada: hay cables bajo el mar que valen más que flotas, y un virus o una quiebra financiera viaja más rápido que un navío. El mundo se volvió pequeño, presidente Lincoln. La pregunta de hoy no es «¿intervenimos o no?», sino «¿con qué instrumentos, con qué aliados y con qué límite moral?»

Moderadora: Les solicito abordar los temas del comercio, los aranceles y los aliados. Su respuesta, presidente Lincoln.

Hablemos del vecindario, pues, que es donde la política exterior se parece más a la vida real. Yo fui abogado de ferrocarriles y sé lo que significa un puente bien puesto: conecta a dos orillas que sin él vivirían de espaldas. Hoy leo que se levantan murallas de aranceles entre Washington y sus vecinos del norte y del sur, en el año de revisar los tratados comerciales. Construir un muro de papel entre hermanos no es fortaleza: es decirle a tu propia sombra que la temes. Yo ayudé a abolir una institución cruel; no le temía a la palabra libertad. Y le digo más: traten bien a sus vecinos, porque cuando llegue la tormenta —y siempre llega— el vecino es el que tiene la escalera.

Moderadora: presidente Kennedy.

Presidente Lincoln, sobre esto tengo que discrepar con elegancia. Usted fue Whig y luego republicano; yo soy demócrata de Massachusetts.

Los aranceles los inventamos entre todos, desde Hamilton hasta sus propios proteccionistas de Illinois, y la pregunta de 2026 no es si el comercio es bueno —lo es— sino quién pone las reglas.

Si China subvenciona sus astilleros y sus acereras y nosotros aplaudimos por puritanismo económico, no somos librecambistas, somos clientes. La política exterior empieza en la capacidad de producir. Una nación que no fabrica lo que necesita termina negociando de rodillas. Yo firmé en 1962 la Ley de Expansión Comercial para abrir mercados a cambio de reciprocidad, y nadie me llamó aislacionista ni ingenuo por ello.

Presidente Lincoln

No, claro que no; pero tampoco nadie le habría llamado libre si hubiera puesto un peaje a cada idea que entraba en su país. Y no le niego lo de Illinois: fui proteccionista toda mi vida, como buen discípulo de Henry Clay, y en mi gobierno los aranceles subieron para pagar la guerra. Pero una cosa es proteger la industria propia y otra levantar murallas contra el vecino que es socio. Escúcheme: cuando dos comerciantes pelean, ambos pierden el mercado y lo gana el tercero. En 1861 el Sur contaba con que Europa intervendría por el algodón; yo neutralicé eso diplomáticamente y la Unión se sostuvo. El algodón era su carta; la paciencia fue la mía. En 2026 la carta de otros son los minerales, las tierras raras, el silicio.

¿Y sabe qué? La paciencia sigue siendo nuestra. Negocie, firme, pero negocie. Un trato malo firmado se puede enmendar; una puerta cerrada a golpes cuesta años en volver a abrirse.

Moderadora: presidente Kennedy.

Touché, y lo acepto en parte. Negociar, sí. Pero negociar desde la fuerza. Esa fue, lo he dicho siempre, la lección de Bahía de Cochinos, en mis primeros cien días. Lo dije el día en que juré mi cargo: nunca negociemos por miedo, pero nunca temamos negociar.

Moderadora: Finalmente, les pido referirse a los derechos humanos, a los valores y al ejemplo estadounidense. Presidente Kennedy, está en uso de la palabra.

Quiero cerrar mi argumento donde usted empezó el suyo, porque es el terreno donde ambos somos más parecidos: los valores. En junio de 1963 mandé a la Guardia Nacional no para reprimir, sino para que dos jóvenes negros pudieran matricularse en la Universidad de Alabama. Ese mismo día, desde la Casa Blanca, anuncié lo que sería la ley de derechos civiles. Más de uno me advirtió que aquello me costaría el Sur.

Y yo respondí que quizá costara la elección, pero que no podíamos pedirle al mundo que mirara a América como ejemplo mientras en nuestro propio sur se negaba la igualdad ante la ley. La política exterior es espejo, presidente Lincoln: todo lo que somos adentro se proyecta afuera.

Moderadora: presidente Lincoln.

Joven presidente, usted acaba de describir mi vida entera. Yo firmé la Proclamación de Emancipación no cuando era políticamente cómoda, sino cuando el país por fin estaba listo para sostenerla, y aun así me costó muchos apoyos: en las elecciones de 1862 mi partido perdió escaños en el Congreso.

La política, muchachas, es el arte de medir la moral del pueblo y luego empujarla un palmo más allá de donde cree que puede llegar.

Un gobernante que solo refleja lo que la gente ya piensa es un espejo, no un líder.

Así que sí: los derechos humanos en la política exterior no son un lujo de idealistas; son la forma más inteligente del interés nacional. Un mundo donde a las niñas se les niega la escuela, donde los disidentes van a la cárcel, donde los más débiles no tienen voz, es un mundo que algún día tocará a la puerta de América con una factura muy cara.

Moderadora: su respuesta, presidente Kennedy.

Y ahí está el corazón de este debate, señora moderadora, y quisiera dejarlo expresado así: en 2026 América debe ser, a la vez, faro y fortaleza. Faro en los valores, fortaleza en los hechos. Si apagamos el faro, el mundo navega a ciegas y acabamos en guerra por accidente. Si derrumbamos la fortaleza, el faro lo enciende otro. El arte de este momento histórico está en sostener ambas cosas con la misma mano.

Moderadora: presidente Lincoln.

Le corrijo solo un detalle para terminar, porque disfruto contradiciéndolo: en Illinois decíamos que el faro no es la luz, es el hombre que trepa a mantenerla encendida cuando llueve. La política exterior no la hacen los documentos estratégicos que citan ustedes; la hacen los caracteres.

Formen ustedes, muchachas, los caracteres que mantengan esa luz. El resto —aranceles, tratados, estrategias— son herramientas.

La mano que las usa es lo que importa. Y con esa mano —la misma con que usted, joven presidente, envió cartas en vez de misiles— estoy en paz. Mi hora ya pasó; la de ustedes empieza.

Moderadora: presidente Kennedy.

Presidente Lincoln, es usted el único hombre que ha logrado conmover a esta audiencia y vencer a su oponente en el mismo párrafo. Me retiro en paz también. Que la luz se mantenga encendida.

Moderadora: Invito a la primera estudiante para que realice la pregunta al presidente Lincoln.

Presidente Lincoln, usted habló de la unión y de la libertad. ¿Qué consejo les daría a las jóvenes de América Latina que hoy ven a Estados Unidos dándole la espalda a sus propios aliados?

Presidente Lincoln:

Le agradezco la pregunta, y me honra que venga de una joven tan lejos de Springfield. Mire: las naciones, como las personas, pasan por temporales de orgullo y de miedo, y en esos temporales dicen cosas que después les avergüenzan.

Lo que una nación es no se mide en su peor discurso, sino en la dirección en que corrige sus errores.

Mi consejo es el mismo que les daría a mis hijos: no juzguen a un pueblo por su ruido, sino por su obra; no se fíen de los que prometen todo, ni de los que amenazan con todo; y cuando llegue su turno de mandar —que llegará— recuerden que la fuerza sin cortesía es villanía, y la cortesía sin firmeza es invitación al desprecio.

Afortunadamente, jovencita, su generación tiene algo que las mujeres de mi tiempo no tuvieron: el voto y la palabra pública. Úsenlos.

Moderadora: La segunda estudiante puede formular la pregunta al presidente Kennedy.

Presidente Kennedy, si usted fuera presidente en 2026, ¿cuál sería su primera decisión de política exterior?

Presidente Kennedy:

Una sola, y la digo en voz alta para que quede en acta: reuniría a los jefes de Estado de nuestros aliados —no para pedirles disculpas, que tampoco soy de disculpas—, sino para decirles una frase que vale más que cualquier tratado: «Cuenten con nosotros, y nosotros contaremos con ustedes».

La crisis de 2026 no es de capacidad; tenemos más poder que nunca. Es de credibilidad, y la credibilidad se reconstruye como se reconstruye una casa: piedra sobre piedra, empezando por el cimiento.

El cimiento es la palabra dada. Después de esa reunión, todo lo demás —China, los aranceles, las guerras que quieren terminar— se vuelve negociable.

Sin ese cimiento, no hay mesa donde sentarse. Se lo dejo dicho, y no cobro honorarios.

Moderadora

Gracias, presidente Lincoln; gracias, presidente Kennedy. Y gracias a Irina y a Amanda, que les prestaron su voz para que dos siglos pudieran conversar en media hora.

Hoy hemos escuchado dos visiones que, lejos de oponerse, se necesitan: Lincoln nos recordó que la política exterior empieza en la dignidad del propio pueblo y que la palabra dada es la moneda más dura del mundo; Kennedy nos recordó que en un planeta pequeño nadie se aísla, que la fuerza sirve cuando disuade y no cuando improvisa, y que la credibilidad es la única moneda que no se puede imprimir.

El faro y la fortaleza. La luz y la mano que la sostiene. Que ese sea el recuerdo que se lleven hoy: que las grandes preguntas de la política exterior —¿quiénes somos?, ¿qué defendemos?, ¿con quiénes caminamos? — se contestan primero en el aula y luego en el mundo.

Las esperamos el próximo miércoles 28, a las 10h00, para un nuevo debate histórico. Muy buenos días.

Nota editorial: Los nombres de las dos estudiantes que prestaron su voz, fueron alterados por razones de seguridad.

Imagen ilustrativa creada con inteligencia artificial.

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