
Fuente oral: Gonzalo Rubio Rueda
Versión literaria: Dorys Rueda
Trabajaba como docente universitario y mis jornadas solían extenderse más de ocho horas. Casi siempre regresaba a casa entre las siete y las ocho de la noche.
Vivía solo, en un pequeño departamento del segundo piso. En la planta baja guardaba mi vehículo y, para llegar a mi vivienda, debía subir unas gradas exteriores que tenían un descanso a mitad del recorrido.
Frente a la ventana de mi dormitorio crecía un enorme árbol de aguacate. Calculaba que tenía más de cincuenta años y me había acostumbrado tanto a su presencia que lo consideraba mi vecino.
Algunas noches, antes de acostarme, miraba hacia sus ramas y me despedía.
—Hasta mañana, vecino.
Mi vida transcurría con tranquilidad.
Hasta que comenzaron aquellas siete noches.
Primera noche
Eran aproximadamente las once. Había apagado las luces y estaba por quedarme dormido cuando escuché pasos en la planta baja.
Me incorporé y presté atención.
Alguien caminaba cerca de mi vehículo. Las pisadas iban de un lado a otro, como si estuvieran revisándolo.
Pensé que querían robarme.
Me levanté sin encender las luces, abrí la puerta y bajé rápidamente las gradas, decidido a sorprender a quien estuviera allí.
No había nadie.
Miré hacia los alrededores. Solo se escuchaban los ladridos de algunos perros y el viento que pasaba junto al árbol de aguacate.
Regresé al departamento.
Tal vez había confundido los ruidos.
Me acosté nuevamente.
Segunda noche
Al día siguiente cumplí mi rutina habitual. Llegué del trabajo, comí algo ligero, miré televisión y me acosté.
Cerca de las once volvieron los pasos.
Esta vez me quedé escuchando.
Por los alrededores merodeaban varios gatos a los que acostumbraba darles de comer, pero conocía sus movimientos. Aquello era distinto. Parecía que alguien caminaba con cuidado, procurando no hacer ruido.
Me levanté despacio y avancé hacia la puerta.
Las pisadas continuaban.
Apoyé la mano derecha sobre la chapa y acerqué el oído para escuchar mejor.
Entonces todo quedó en silencio.
Esperé unos segundos.
De pronto, cuatro golpes fuertes sacudieron la puerta.
Cuatro.
Abrí inmediatamente, convencido de que encontraría a alguien frente a mí.
No había nadie.
Bajé las gradas de tres zancadas y llegué hasta donde estaba el vehículo.
Tampoco encontré a nadie.
El viento movía las ramas del aguacate y, a lo lejos, seguían ladrando los perros.
Regresé al dormitorio.
Pensé que alguien pretendía entrar a robar. Era la explicación más razonable, aunque me inquietaba haber abierto la puerta casi inmediatamente después de escuchar los golpes.
Si alguien había estado allí, ¿cómo había conseguido alejarse tan rápido?
Tercera noche
Antes de acostarme me acerqué a la ventana.
Miré el árbol de aguacate.
—Hasta mañana, vecino.
Después apagué la luz y me dormí.
Alrededor de la una de la madrugada, cuatro golpes en la ventana me despertaron.
Abrí los ojos.
Eran iguales a los de la noche anterior.
Me quedé mirando hacia el ventanal.
Vivía en un segundo piso. No encontraba una explicación para aquellos golpes.
Esta vez no me levanté.
Pensé que quizá había soñado. Lo ocurrido la noche anterior me había dejado preocupado y era posible que todavía lo tuviera en la cabeza.
Me di la vuelta, cerré los ojos e intenté dormir.
Tardé bastante en conseguirlo.
Cuarta noche
Había llovido durante la tarde. Cuando llegué a casa, las ramas del aguacate seguían mojadas.
Antes de acostarme volví a mirar hacia la ventana.
—Hasta mañana.
Me dormí.
A las tres de la madrugada desperté al escuchar ruidos.
Esta vez no venían de la planta baja.
Estaban dentro del departamento.
Escuchaba movimientos en la cocina y en la sala. No parecían los pasos de una sola persona, sino de varias que caminaban de un lado a otro.
Pensé que habían conseguido entrar.
Quise levantarme para comprobarlo, pero el miedo me lo impidió. Permanecí acostado, escuchando aquellos movimientos sin atreverme a salir del dormitorio.
Comencé a rezar.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí así. Poco a poco, los ruidos fueron desapareciendo hasta que todo quedó en silencio.
Seguí rezando unos minutos más.
Finalmente pude volver a dormir.
Quinta noche
Estaba acostado, revisando las redes sociales en mi celular, cuando me venció el sueño.
Desperté nuevamente a las tres de la madrugada.
Los ruidos habían regresado.
Escuchaba movimientos en la sala y en la cocina, como la noche anterior, pero esta vez comenzaron a acercarse a mi habitación.
Me quedé inmóvil.
Entonces escuché que se abría la puerta del dormitorio.
Nunca acostumbraba cerrarla para dormir.
Después oí unos pasos que entraban.
Estaba acostado de lado, mirando hacia la ventana. Detrás de la cortina distinguía las ramas del árbol de aguacate, que se movían ligeramente con la brisa.
No quise volver la cabeza.
Los pasos estaban dentro de mi habitación.
Cerré los ojos y comencé a rezar.
Mientras oraba, mi respiración fue tranquilizándose. Poco después escuché que los pasos se alejaban, primero hacia la puerta y luego hacia el resto del departamento.
Hasta que dejaron de escucharse.
Permanecí acostado, sin moverme.
Sexta noche
Durante el día pensé varias veces en lo que estaba ocurriendo.
Había intentado continuar con mis actividades, pero conforme se acercaba la noche comenzaba a preocuparme. No sabía qué podía suceder cuando volviera a dormirme.
Finalmente me acosté.
Desperté de repente y miré el celular.
Las tres de la madrugada.
Esta vez no escuchaba pasos ni golpes. Sin embargo, tenía la sensación de que alguien me observaba desde atrás.
Estaba acostado de lado, mirando hacia la ventana.
El árbol de aguacate permanecía inmóvil.
Intenté tranquilizarme, pero aquella sensación continuaba. Era como si alguien estuviera muy cerca, mirándome fijamente.
Respiré hondo.
Reuní valor y volví la cabeza.
En una de las esquinas superiores de mi habitación había una figura completamente negra.
Tenía forma humana, pero sus brazos y piernas eran extremadamente largos y delgados. Permanecía encogida, con las extremidades dobladas de una manera que me recordó a una araña.
Me estaba mirando.
Cerré los ojos inmediatamente y volví a colocarme de lado, frente a la ventana.
Quise rezar, pero el miedo apenas me permitía recordar las palabras.
Seguí intentándolo.
Poco a poco conseguí tranquilizarme. Cuando volví a abrir los ojos, miré hacia el árbol de aguacate.
Una neblina espesa cubría parte de sus ramas.
Me levanté y fui a la cocina a beber agua.
Todavía intentaba comprender lo que acababa de ver.
¿Había estado soñando?
No conseguí responderme.
Séptima noche
Me acosté preocupado.
Habían transcurrido seis noches desde que escuché los primeros pasos en la planta baja y todavía no encontraba una explicación para lo que estaba sucediendo.
No recuerdo a qué hora conseguí dormirme.
Desperté de golpe.
Busqué el celular.
03:23.
Estaba acostado de lado, mirando hacia la ventana, cuando sentí que alguien se encontraba junto a mi cama.
Era la misma presencia que había visto la noche anterior.
Quise rezar.
Intenté recordar el Padre Nuestro, pero las palabras no salían. Ni siquiera conseguía formularlas mentalmente.
Entonces sentí que algo subía a la cama y se colocaba a mi derecha.
Intenté moverme.
No pude.
Quise incorporarme, pero mi cuerpo no respondía. Solo podía abrir y cerrar los ojos.
Volví a intentar rezar.
Nada.
No sé cuánto tiempo permanecí así hasta que, haciendo un esfuerzo enorme, conseguí incorporarme y sentarme en el borde de la cama.
Respiré profundamente.
Tal vez había sido una pesadilla. Quizá ahora estaba completamente despierto y todo había terminado.
Entonces sentí algo detrás de mí.
Me sujetó del cuello.
La presión fue tan fuerte que me arrojó de espaldas sobre la cama.
No podía respirar.
Sentía que me estaban estrangulando y, por más que intentaba librarme, no lo conseguía.
Me faltaba el aire.
En medio de aquella desesperación logré pronunciar unas palabras:
—¡En el nombre de Jesús, déjame en paz!
Inmediatamente sentí que me soltaba.
Pude respirar.
Permanecí acostado unos instantes, tratando de recuperar el aliento. Después me levanté y fui a la cocina.
Bebí un vaso de agua.
No sabía qué acababa de suceder.
Después de las siete noches
Al día siguiente le conté todo a mi hermano.
Le hablé de los pasos, de los cuatro golpes en la puerta y en la ventana, de los ruidos dentro del departamento y de aquella figura que había visto en una esquina del techo.
También le conté lo ocurrido a las 03:23.
Mi hermano me escuchó y me puso en contacto con un líder católico, quien organizó una cadena de oración por mí.
Además, me regaló un rosario.
Lo llevé a bendecir a mi iglesia y desde entonces acostumbro tenerlo conmigo.
Nunca más volví a experimentar aquellos sucesos.
Tiempo después dejé el departamento.
No regresé a vivir allí.
Tampoco volví a ver al viejo árbol de aguacate que estaba frente a mi ventana.
Dorys Rueda, Historias de lo extraño, obra inédita.
