Cuentan que, a las doce de la noche, el alma de una mujer recorre las calles de Chambo, en la provincia de Chimborazo. Los trasnochadores aseguran que, cuando todo queda en silencio, se escucha el sonido de sus tacones.

Dicen también que, al pasar frente a una casa donde hay un recién nacido, la mujer se detiene y espera escuchar su llanto.

Los habitantes del lugar la conocen como la Tacona.

Su historia se remonta a los tiempos de la Colonia, cuando vivía en Chambo una joven muy hermosa. Sus padres decidieron casarla con un hombre mucho mayor que ella, dueño de una considerable fortuna. La joven no lo amaba, pero terminó aceptando el matrimonio.

Tuvieron dos hijos, a quienes la mujer quería mucho. Su esposo, en cambio, no estaba satisfecho. Había deseado tener una niña y no ocultaba su desagrado.

Las discusiones entre ambos se hicieron frecuentes. Una noche, mientras su esposa dormía, el hombre se llevó a los pequeños.

A la mañana siguiente, la mujer fue a ver a sus hijos y encontró las camas vacías. Los buscó por toda la casa, llamó sus nombres y, al no encontrarlos, acudió a su esposo.

—¿Dónde están los niños?

—No lo sé —respondió él.

—¿Cómo que no lo sabes? Anoche estaban aquí.

—Ya te he dicho que no sé nada.

La mujer volvió a recorrer las habitaciones. Después salió a la calle y comenzó a preguntar a los vecinos.

—¿No han visto a mis hijos?

—No, señora. ¿Qué pasó?

—Anoche estaban en casa. Esta mañana desaparecieron.

—¿Y su esposo qué dice?

—Que no sabe nada.

Pasaron los días y después los meses. Ella recorría las calles, llamaba a las puertas y preguntaba por sus hijos. Algunas personas trataban de ayudarla; otras repetían que no sabían nada.

Su esposo terminó abandonándola.

La mujer fue perdiendo la razón. Salía a las calles con sus mejores vestidos y unos zapatos de tacón negro. Llevaba un plato en las manos y pedía limosna.

—Una ayudita, por favor —decía al acercarse a los vecinos.

—Tome, señora. ¿Ya encontró a sus hijos?

—Todavía no. ¿Usted no los ha visto?

—No, señora. No los he visto.

—Si los encuentra, dígales que su madre los está buscando.

Agradecía la limosna y continuaba su camino. En la siguiente casa volvía a preguntar por los pequeños.

Así transcurrieron los años. Los vecinos se acostumbraron a verla pasar. Algunos,  antes de que preguntara por sus hijos, le respondían que no tenían noticias de ellos.

La mujer envejeció. Sus fuerzas comenzaron a faltarle y cada vez le costaba más recorrer las calles. Sin embargo, nunca dejó de buscarlos.

Finalmente enfermó y murió sola, sin saber qué había ocurrido con los pequeños.

Años después de su muerte, los habitantes de Chambo comenzaron a contar que, a la medianoche, se escuchaba el sonido de unos tacones por las calles.

Quienes los habían oído aseguraban que los pasos se acercaban, pasaban frente a las casas y continuaban hasta perderse en la distancia.

Pero había algo extraño. Cuando llegaban a una vivienda donde había un recién nacido, se detenían.

Aguardaba en silencio hasta escuchar el llanto del pequeño. Si el niño no lloraba, dejaba caer el plato que llevaba consigo.

El ruido despertaba al recién nacido.

La mujer permanecía allí unos instantes, escuchándolo, con la esperanza de reconocer en aquel llanto las voces de sus dos hijos desaparecidos.

Dorys Rueda, Leyendas, historias y casos de mi tierra Ecuador, Volumen II, obra inédita.

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