Cada cierto tiempo vuelvo a releer El Principito, uno de los libros a los que más afecto tengo. Me ha acompañado en distintas etapas de mi vida y también durante muchos años en mi trabajo como docente.

Cada relectura, sin embargo, cambia algo.

Esta vez me detuve en la rosa.

Es común recordarla como vanidosa, exigente, caprichosa y hasta complicada.

Y razones no faltan.

Antes de mostrarse, se prepara largamente y elige con cuidado sus colores. Apenas aparece, espera que el Principito se ocupe de su desayuno.

Después vendrán otras exigencias.

Pide un biombo para protegerse de las corrientes de aire. Por la noche quiere estar bajo un globo. Presume de sus cuatro espinas y, cuando queda atrapada en alguna contradicción, tose para hacer sentir culpable al Principito.

Vista así, parece difícil discutir la imagen que tantas veces hemos tenido de ella.

Pero hay un detalle que cambia la lectura.

Casi todo lo que sabemos de la rosa lo sabemos desde la mirada del Principito.

Es él quien escucha sus palabras, se desconcierta ante sus contradicciones y finalmente decide marcharse.

Entonces pensé en algo que antes no me había preguntado:

¿Y si el problema no estaba solamente en la rosa?

¿Y si el Principito todavía no sabía escucharla?

No se trata de borrar los defectos de la rosa.

Los tiene.

Pero quizá podamos mirarla desde otro lugar.

La distancia comienza a cambiar las cosas.

Lejos de su planeta, el Principito comprende algo que no había podido ver mientras estaba junto a ella.

Había prestado demasiada atención a sus palabras y muy poca a sus actos.

Porque aquella rosa que presumía, reclamaba y se contradecía también perfumaba su planeta.

Y él había terminado queriendo ese perfume.

Entonces reconoce algo todavía más difícil: era demasiado joven para saber amarla.

Tal vez ahí comienza otra lectura de la rosa.

No siempre decimos exactamente lo que sentimos.

Reclamamos cuando tenemos miedo.

Nos mostramos fuertes cuando nos sentimos vulnerables.

Callamos aquello que más necesitaríamos decir.

La rosa también lo hace.

Lo descubrimos en la despedida.

Cuando el Principito está a punto de marcharse, ella deja a un lado sus pequeñas estrategias.

Ya no reclama.

Reconoce que lo quiere.

Después le pide que se vaya.

No quiere que la vea llorar.

El Principito parte.

Mucho después, en la Tierra, encuentra un jardín lleno de rosas.

Hay miles.

Todas se parecen a la suya.

El descubrimiento lo hiere. Había creído poseer una flor única y de pronto la suya parece ser solamente una rosa más.

Tiene que aparecer el zorro para que comprenda lo que todavía le faltaba aprender.

Su rosa es la que ha regado.

La que ha protegido con el biombo.

La que ha cubierto con el globo.

La que ha escuchado quejarse, presumir y también callar.

Entre miles de rosas aparentemente iguales, hay una con la que existe una historia.

Eso es lo que la hace única.

Quizá el Principito necesitaba alejarse para comprenderlo.

Ahora podemos regresar al pequeño planeta y mirarlos otra vez.

Ella, escondiendo muchas veces lo que sentía detrás de sus palabras.

Él, demasiado joven para descubrir lo que había detrás de ellas.

Ella no sabía decir con claridad lo que sentía.

Él todavía no sabía comprenderlo.

No porque no se quisieran.

Se querían.

Pero, en aquel momento, todavía no sabían comprenderse.

Quizá también nos ocurra a nosotros.

A veces queremos a alguien y creemos que eso basta.

No siempre basta.

Hay que aprender a mirar detrás de una palabra mal dicha, de un silencio, de un reclamo, incluso de aquello que no sabemos explicar.

Porque amar no nos concede, de pronto, el don de comprender al otro.

A veces aprendemos.

A veces llegamos tarde.

Y otras necesitamos alejarnos para descubrir que aquello que dejamos atrás era único, no porque no existiera nada más, sino porque allí había una historia que también era nuestra.

Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen III, obra inédita.

error: Content is protected !!