
Esa noche no salí a trabajar.
Salí a comprobar un rumor.
Decían que los niños ya no le tenían miedo al Cuco.
Después de tantos siglos, uno termina escuchando esas cosas.
Llegué hasta un edificio inteligente de once pisos, cerca del parque La Carolina, en Quito.
Tenía cámaras de seguridad, puertas con acceso electrónico y un guardia que recorría el vestíbulo mirando las pantallas de vigilancia.
Confieso que dudé un momento.
Los Cucos aprendimos a atravesar paredes mucho antes de que inventaran las tarjetas magnéticas.
Esperé que el guardia atendiera una llamada.
Subí por la fachada.
Crucé un balcón.
Y me deslicé por una ventana que alguien había dejado entreabierta.
El departamento estaba en silencio.
Había un niño despierto.
No tenía el celular en la mano.
Ni una tableta.
Ni un videojuego.
Estaba escribiendo.
Esperé.
Hice crujir suavemente el piso.
Nada.
Deslicé mi sombra sobre la pared.
Tampoco.
Entonces hablé.
—¿Sabes quién soy?
El niño levantó la vista.
—Claro.
—¿Y no te doy miedo?
Negó con la cabeza.
—No, en absoluto.
Aquella respuesta ya no me sorprendía tanto como antes.
Me acerqué despacio.
—¿Qué escribes?
El niño dudó unos segundos.
Después giró la hoja hacia mí.
La observé con curiosidad.
—¿Es una lista?
—Sí, de las cosas que no me dejan dormir.
Sentí un pequeño alivio.
Aquello sonaba más propio de mi oficio.
Seguramente ahora aparecería mi nombre.
Pero no.
La lista decía:
«Que mi papá vuelva a quedarse sin trabajo».
«Que mi abuelita siga enferma».
«Que mis papás vuelvan a discutir».
«Que un día mamá llore otra vez cuando crea que estoy dormido».
Seguí leyendo.
No encontré mi nombre en ninguna parte.
Guardé silencio.
Después de tantos siglos, nunca me había ocurrido algo parecido.
Yo sabía hacer crujir puertas.
Mover cortinas.
Apagar luces.
Pero no tenía idea de cómo espantar aquellas cosas.
—¿Eso es lo que te da miedo? —pregunté.
El niño asintió.
—A veces también me preocupa pensar demasiado.
Por primera vez en siglos, no supe qué hacer.
Permanecimos un rato en silencio.
Después volvió a hablar.
—Mi abuela dice que tú vienes cuando hay miedo.
—Eso dicen.
—Entonces hoy sí tenías que venir.
Lo miré sin saber qué responder.
Solo entonces comprendí por qué estaba allí.
—Vine para que tus miedos no estuvieran solos.
El niño sonrió apenas.
Dobló la hoja.
La guardó en el cajón de la mesa de noche.
Y, pocos minutos después, se quedó dormido.
Yo permanecí un rato más junto a la ventana.
No hice ruidos.
No moví las cortinas.
Ni siquiera apagué la lámpara.
Cuando salí del departamento, el guardia de seguridad seguía haciendo su ronda.
Miró las cámaras.
Revisó los pasillos.
Nunca levantó la vista hacia el techo, por donde yo caminaba.
El amanecer empezaba a iluminar los edificios de La Carolina.
Mientras avanzaba por las cornisas comprendí algo que jamás había imaginado.
Yo nunca había sido el miedo.
Solo era la sombra que aparecía cuando los niños todavía no sabían cómo llamar a aquello que les quitaba el sueño.
Seguí mi camino sobre los edificios de Quito.
Y entendí que los niños dejan de creer en el Cuco mucho antes de dejar de tener miedo.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
