
Cada mañana salimos de casa creyendo que sabemos cómo será el día.
Pensamos en la reunión de las once, en la compra pendiente, en la llamada que debemos devolver o en el café que tomaremos más tarde.
En nuestra cabeza todo parece tener un orden.
Solo falta ir cumpliéndolo.
Pero la vida suele tener otros planes.
Ayer, por ejemplo, mi esposo y yo avanzábamos con tranquilidad por una avenida de Quito. Nos detuvimos en un semáforo y seguíamos conversando de cualquier cosa. Entonces sentimos un golpe muy fuerte en la parte posterior del automóvil. Bajamos sin entender qué había pasado. Detrás de nosotros estaba un joven motociclista tendido sobre el asfalto. Había llegado hacía poco al país y trabajaba repartiendo víveres. Lo acompañamos hasta que recibió atención médica.
Salimos a hacer un trámite y terminamos encontrándonos con alguien que no veíamos desde hace años.
Entramos a una librería para matar unos minutos y salimos con un libro que nos acompaña durante mucho tiempo.
Vamos al supermercado a comprar una sola cosa y regresamos con media lista que no pensábamos llevar.
Una llamada que parecía de rutina cambia por completo la tarde.
Una conversación de cinco minutos termina dando vueltas en la cabeza durante semanas y meses.
Y también hay días que, sin pedir permiso, desordenan por completo lo que habíamos planeado.
No porque hayamos calculado mal.
Simplemente porque la vida no siempre sigue la agenda que llevamos en la cabeza.
Quizá por eso insistimos tanto en organizar horarios, hacer listas y llenar calendarios.
Nos gusta sentir que sabemos hacia dónde vamos.
Y, en realidad, solo conocemos el lugar desde donde salimos.
Lo demás se va revelando mientras avanzamos.
Como esos caminos que parecen terminar en la siguiente curva…
hasta que la curva pasa
y aparece otra más.
Dorys Rueda, Reflexiones, Volumen 3, obra inédita.
