Hace apenas unos días las calles estaban llenas de banderas.

Sonaban las cornetas.

Sonaban los claxones.

y todos salíamos a abrazarnos como si nos conociéramos desde siempre.

Por unas horas, la alegría tuvo forma de país.

Ayer, en cambio, llegó la tristeza.

No hizo ruido.

Entró despacio, como entran las noticias que nadie quisiera escuchar.

Perder duele.

Sobre todo cuando, sin darnos cuenta, habíamos dejado allí una parte de nuestra esperanza.

Pero quizá la vida siempre ha sido así.

Todo pasa.

Pasa la algarabía.

Pasa la tristeza.

Pasa el ruido de la celebración.

Pasa también el silencio de la derrota.

Pasan los días que parecen no terminar.

Y pasan también aquellos que quisiéramos detener para siempre.

Quizá por eso la vida no nos pregunta cuánto duró una alegría.

Ni cuánto tiempo permaneció una tristeza.

Simplemente sigue caminando.

Y nosotros seguimos con ella.

Porque ninguna alegría permanece para siempre.

Pero tampoco ninguna tristeza.

Al final, la vida está hecha de instantes.

Instantes que llegan.

Instantes que nos conmueven.

Instantes que se marchan.

Y quizá sea precisamente esa fugacidad la que les da su verdadero valor.

error: Content is protected !!