La Sirena del Lago San Pablo convocó una reunión urgente.

Asistencia obligatoria.

Tema: situación actual de las leyendas ecuatorianas.

Yo, el Cuco, llegué puntual.

La Sirena estaba acomodando unas sillas junto al lago.

—¿Dónde están los demás? —pregunté.

—Ya vendrán.

Esperamos diez minutos.

No apareció nadie.

Media hora después llegó la Viuda de Medianoche con una camiseta amarilla de la selección.

Detrás apareció el Diablo cargando el álbum del Mundial.

—¿Y los demás? —preguntó la Sirena del Lago San Pablo.

—Ya vienen.

Poco después apareció el Carbunco. Llevaba una bandera de Ecuador enrollada bajo el brazo.

Luego llegó el Duende del Molino con una pizarra.

Después apareció la Mano Negra con una carpeta llena de estadísticas.

La Sirena del Lago San Pablo respiró profundo.

—Bien. Empecemos. He convocado esta reunión para hablar del futuro de las leyendas…

—Yo creo que Ecuador debe jugar con doble volante de contención —interrumpió el Duende del Molino.

Sacó un marcador y comenzó a dibujar flechas en la pizarra.

—Aquí va Moisés Caicedo. Aquí Piero Hincapié. Aquí Willian Pacho. Aquí…

—No estoy de acuerdo —dijo la Mano Negra—. Según mis cálculos necesitamos más ataque.

Abrió la carpeta.

Estaba llena de gráficos.

—Tengo probabilidades de clasificación, estadísticas de posesión, proyecciones de goles y simulaciones para una semifinal.

Hizo una pausa.

—Y tres modelos matemáticos que nos llevan a la final.

La Sirena del Lago San Pablo parpadeó.

—Disculpen, pero el tema de esta reunión…

Nadie la escuchó.

—Lo importante es que Moisés llegue descansado —opinó la Viuda de Medianoche.

—Y que nadie improvise en defensa —añadió el Duende del Molino sin dejar de dibujar flechas.

—He estado observando algo curioso —dijo el Carbunco en tono pensativo.

—¿Qué cosa? —pregunté.

—Durante los mundiales todos terminamos comportándonos de manera extraña.

Todos guardamos silencio.

—Compramos televisores cada vez más grandes para observar la misma cancha.

Nadie encontró argumentos para discutirlo.

El Carbunco miró la bandera que llevaba bajo el brazo.

—También compramos banderas, camisetas, gorras, cornetas y vasos.

—Eso es verdad —dijo la Viuda de Medianoche—. Fui por leche al supermercado y terminé discutiendo quién debía jugar de titular.

La Sirena del Lago San Pablo golpeó la mesa.

—¡Estamos aquí para hablar de las leyendas!

Nadie le hizo caso.

El Duende del Molino seguía corrigiendo la alineación.

La Mano Negra comparaba estadísticas.

La Viuda de Medianoche revisaba el calendario de partidos.

Yo, con susto, miraba la escena…

Entonces habló el Diablo.

—Yo he escuchado cosas.

Todos lo miramos.

El Diablo sonrió.

—¿Qué cosas? —preguntó el Duende del Molino.

—No puedo dar nombres, pero ciertos equipos han recibido ofertas difíciles de rechazar.

—¿Pactos? —preguntó el Carbunco.

—Consultorías estratégicas —corrigió el Diablo.

Durante la siguiente hora discutieron sobre Ecuador, Argentina, Brasil y Francia.

Debatieron sobre los árbitros, las probabilidades matemáticas de clasificación y quién debía levantar la copa.

Ni una sola leyenda apareció en la conversación.

La Sirena del Lago San Pablo guardó sus papeles.

—Se suspende la reunión hasta después del Mundial.

—¿Y si Ecuador llega a la final? —dijo la Mano Negra.

La Sirena miró el lago.

Suspiró.

—Entonces nos vemos el próximo año.

Mientras regresaba a casa comprendí algo.

Durante siglos creí que yo era el mayor susto del país.

Estaba equivocado.

El verdadero espanto era perderse un partido de Ecuador en el Mundial.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

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