La crisis comenzó cuando una muchacha grabó la Caja Ronca para TikTok.

No se asustó.

No gritó.

No salió corriendo.

Grabó un video de treinta segundos y escribió: «Qué bonito desfile».

Aquello dolió mucho.

Tres noches después los encapuchados se reunieron cerca de la Cascada de Peguche.

Llegaron todos.

Los de las cadenas.

Los de los tambores.

Los de los cirios.

Y también uno que llevaba más de doscientos años muerto y se quejaba porque la reunión era demasiado temprano.

—Nos están filmando como atracción turística —dijo el más antiguo.

—Me consta, —respondió otro—. Mi sobrino me mandó el video que se hizo viral.

—¿Usted tiene sobrino? —preguntó el del tambor.

—Sí, murió en 1800.

—Ah.

—La semana pasada, en plena procesión, una señora me detuvo para preguntarme si éramos parte de una campaña política.

—A mí me preguntaron si éramos extras de alguna película.

—A mí me dejaron una moneda.

—¿Una moneda?

—Pensaron que era artista callejero.

El más viejo, enfurecido, golpeó el suelo con una cadena.

—Tenemos un problema. —Nadie nos tiene miedo.

Hubo un silencio largo.

Después habló el más joven:

—El problema es la ropa.

—¿La ropa?

—Sí.

—¿Y qué tiene nuestra ropa?

—Todo.

Los demás se miraron.

—Parecemos fantasmas antiguos.

—Porque somos fantasmas antiguos.

—Precisamente.

La discusión duró varias horas.

Uno quería capas más elegantes.

Otro pedía telas nuevas.

Uno propuso bolsillos.

—¿Para qué necesitamos bolsillos?

—Para guardar las canillas.

—¿Qué canillas?

—La de emergencia.

—¿Existen canillas de emergencia?

—Claro.

—¿Y por qué nadie sabía eso?

—Porque nunca preguntaron.

Así, todos los días ya no discutían sobre apariciones.

Discutían sobre moda.

Decidieron organizar una gran reaparición, porque querían demostrar que todavía podían impactar.

Escogieron un sábado, a las cuatro de la mañana.

La procesión salió de Peguche.

Las cadenas sonaban.

Los tambores marcaban el paso.

La niebla ayudaba.

Todo parecía perfecto, hasta que pasaron frente a una discoteca.

La puerta se abrió.

Salieron varios jóvenes.

Miraron la procesión y comenzaron a aplaudir.

—¡Qué nivel!

—¡Mira esas capas!

—¡Grábame con ellos!

En segundos, aparecieron celulares por todas partes.

Hubo selfies y videos.

Un muchacho preguntó dónde habían conseguido los trajes.

Otro quiso saber quién los confeccionaba.

Y una muchacha preguntó si hacían pedidos para matrimonios góticos.

Los encapuchados se miraron.

Durante siglos la gente había salido corriendo —dijo el más antiguo. Ahora quieren acercarse.

—¿Esto cuenta como susto? —preguntó uno.

—Yo diría que no —dijo otro.

—A mí me preguntaron cuánto cuesta una capa.

—A mí si hago envíos a domicilio.

—Y a mí me pidieron una foto para Facebook.

Hubo un silencio.

—¿Tenemos Facebook?

—No.

—¿Qué es Facebook?

—No tengo idea, pero parece importante.

Aquella misma noche volvieron a reunirse.

La reunión duró menos que la anterior.

—Está claro que ya nadie quiere asustarse.

—Parece que no.

—Entonces, ¿qué hacemos?

El más joven se encogió de hombros.

—Si la gente quiere las capas, vendámosles las capas.

—¿Así de simple?

—Así de simple.

Nadie encontró una idea mejor.

Y así nació el almacén «Entre Telas y Tinieblas».

Al principio pensaron que nadie iría.

Se equivocaron.

Llegaron turistas, vecinos y curiosos.

Y hasta ánimas de otros pueblos.

La Llorona de Tumbaco compró una capa para el frío.

Un aparecido de Cotacachi encargó un traje para ocasiones especiales.

Y una viuda de San Roque, de Quito, salió con tres bufandas.

El negocio creció tanto que los encapuchados dejaron a un lado la procesión.

Ya no tenían tiempo.

Había que atender clientes.

Tomar medidas.

Escoger telas.

Y responder mensajes.

La verdad, aquello resultó más agotador que arrastrar cadenas.

Pero pagaba mejor.

Y cuentan que, si uno pasa por Otavalo una noche cualquiera, todavía puede encontrarlos.

Ya no recorren las calles con la Caja Ronca.

Ahora discuten sobre colores, cortes y tendencias.

Porque el miedo podrá pasar de moda.

Pero una buena capa negra nunca.

Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.

error: Content is protected !!