
Era el chef del restaurante más exclusivo de la ciudad. No solo por su ambiente refinado o por la calidad de su cocina, sino por una regla que lo hacía diferente: allí el menú nunca se repetía.
Cada día aparecían platos nuevos, preparados con ingredientes inesperados y combinaciones que nadie imaginaba. Los clientes salían satisfechos, comentaban la experiencia y prometían volver.
Sin embargo, el chef nunca probaba sus propias recetas. A la hora de comer pedía que otro cocinero preparara algo para él. Nadie entendía por qué.
Un día decidió romper esa costumbre.
Preparó el postre que más le gustaba y se sentó a comerlo lentamente.
Esperaba sentir lo mismo que veía en los demás.
Pero ocurrió otra cosa.
Con el primer bocado comenzó a comprender algo que no quería saber. A medida que avanzaba, la certeza se hizo más clara. Ya conocía el desenlace.
Dejó la cuchara sobre el plato.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Cuando terminó el último bocado, comprendió que su destino ya estaba escrito.
Nadie volvió a verlo salir de la cocina.
