En enero de 2018, Abigail Encalada y María Emilia Menéndez me compartieron este testimonio de Elizabeth Andrade sobre una serie de sucesos extraños ocurridos en la ciudad de Guayaquil. Lo reproduzco respetando el tono en que fue narrado:

“No tengo una explicación lógica para lo que me sucedió cuando tenía 16 años.

Un día todos en casa comenzamos a sentir algo extraño, como si alguien, de la noche a la mañana, se hubiera instalado allí y desde entonces nos estuviera contemplando.

Una noche, mientras dormía profundamente, sentí que alguien arrastraba las cobijas hacia el piso.

Sin abrir los ojos, pensé en mi perrita, que dormía al pie de la cama, y sonreí.

A los pocos minutos sentí que ahora ese alguien quería llevarse también mi almohada. Entonces me levanté y me dirigí al baño. Al entrar, vi a mi perrita junto a la puerta, como si me estuviera esperando.

Me estremecí porque me miraba de una manera extraña.

Volví a la habitación y, al agacharme para dejar en el suelo las pantuflas que llevaba, vi con susto que la perrita estaba bajo la cama y dormía plácidamente. Era claro que nunca se había movido de ahí.

—¿Qué fue lo que vi junto a la puerta del baño? —me pregunté.

No tuve respuesta.

Otra noche, mientras me preparaba para dormir, vi una sombra reflejada en la pared.

Volteé la mirada y lo vi. Era un hombre alto que me observaba fijamente. En ese momento sentí que cada uno de los dedos de mi mano era acariciado.

Me quedé paralizada de miedo, sin poder hablar.

Con el tiempo, estos hechos extraños ya no ocurrían solo por las noches. También sucedían durante el día: las sillas se movían solas, las luces se encendían como por arte de magia y las ventanas se abrían sin que nadie las tocara.

Todos, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a esta nueva realidad.

Ya adulta, quedé embarazada de mi primer hijo. En esta nueva etapa, el espectro pareció hacerse más fuerte y, conforme mi hijo crecía, comenzó a aparecérsele bajo la figura de un payaso.

—Mira, el payaso nos ha venido a visitar —decía mi hijo.

Mi familia y mis amigos, cuando me visitaban, también comenzaron a sentir aquella presencia en la casa.

No faltó quien saliera corriendo al ver cómo los objetos se movían de un lado a otro.

Algunos inclusive llegaron a ver al espectro, al hombre alto proyectado en la pared. Después de aquello, su comportamiento cambiaba y lo único que querían era salir de la casa.

Las visitas entonces se hicieron menos frecuentes.

Ahora sigue haciéndose notar de otras maneras. A veces siento pequeños pellizcos durante la noche. Otras veces siento cómo alguien acaricia mis dedos.

Sé que es él y, como nunca me ha hecho daño, vuelvo a dormirme.

Aunque les parezca extraño, el espectro ya es parte de la familia, un integrante más de la casa.

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