Esta historia me la contó mi alumno Brian Lara Buitrón, en febrero de 2016. Yo la reproduzco con el mismo tono con que me la compartió:

“Hace muchos años vivía con mis hermanos y mis padres en el barrio Pie de Lucha, en la ciudad de Guayaquil.

Éramos una familia humilde y todos nos ayudábamos.

Mi madre siempre salía en la mañana o bien temprano en la tarde.

En la noche, jamás.

Si faltaba algo y había que ir a la tienda pasadas las seis, iba un hermano u otro.

Las vecinas le habían dicho a mi madre que no debía pasar por el cementerio que quedaba cerca de la casa.

—Vecinita, no pase por ese camino después de las seis.

—Ahí aparecen sombras. Dicen que son la mismísima encarnación del diablo.

—Hay noches en que se escuchan pasos entre las tumbas.

Mi mamá escuchaba todo en silencio.

Nosotros le decíamos que no creyera en esas cosas. Muchas veces habíamos pasado por el cementerio y jamás vimos nada extraño.

Pero ella seguía asustada y evitaba salir de casa cuando oscurecía.

Una noche, como a las nueve, mi padre empezó a sentirse mal del estómago. Caminaba doblándose un poco y no dejaba de sobarse el abdomen.

—Creo que algo me cayó mal —decía.

Como ninguno de nosotros estaba en casa, no le quedó más remedio que pedirle a mi mamá que fuera a la farmacia a comprar un analgésico.

Ella apenas escuchó la idea, se quedó inmóvil.

—¿Ahorita?

—Sí. No aguanto el dolor.

Mi mamá miró hacia la puerta.

Después agarró el chal lentamente.

Antes de salir, se quedó unos segundos en silencio, como si estuviera pensando si realmente debía ir.

Mi padre le pidió que se apurara.

—Anda rápido.

Mi mamá salió caminando rápido, mirando hacia todos lados mientras avanzaba por la calle.

Para llegar a la farmacia tenía que pasar frente al cementerio.

Pasó frente al camposanto, bajó la mirada y siguió caminando sin detenerse.

La farmacia todavía estaba abierta. Compró la medicina y emprendió el regreso casi de inmediato.

Pero al volver a pasar frente al cementerio levantó la mirada.

Y los vio.

Primero distinguió dos sombras quietas junto a la entrada.

Después comenzó a verlas con claridad.

Era un hombre alto, vestido completamente de negro. A su lado estaba un niño con traje de primera comunión.

Los dos permanecían inmóviles.

Mirándola.

Mi mamá decía que lo peor no era el hombre.

Era el niño.

Tenía los ojos completamente rojos.

Y las uñas largas.

Demasiado largas para un niño.

Mi mamá sintió que el cuerpo se le helaba.

Quiso bajar la mirada, pero no podía.

Decía que el niño seguía observándola sin moverse, como si ya supiera que ella lo había visto.

Entonces gritó.

Salió corriendo y llegó a la casa al borde del colapso.

Cuando llegó, nosotros le preguntábamos qué le había ocurrido, pero ella no podía hablar.

A mi padre, del susto, le pasó el dolor. Trataba de calmarla mientras ella se persignaba y lloraba al mismo tiempo.

—¡Lo vi! ¡Les juro que lo vi! —nos decía.

Le dimos un vaso de agua y, cuando logró tranquilizarse un poco, pudo contar lo sucedido.

Esa misma noche mi padre decidió llevarla a la iglesia.

El sacerdote escuchó con atención lo que le había ocurrido frente al cementerio.

Luego tomó el hisopo, le echó agua bendita en la cabeza y dijo con solemnidad:

—El demonio toma muchas formas para acercarse a las personas.

Mi mamá nunca más volvió a salir cuando oscurecía.

Y aunque en la casa todo parecía haber regresado a la normalidad, cada vez que alguien mencionaba el cementerio, ella guardaba silencio y se persignaba despacio, como si todavía siguiera viendo aquellos ojos rojos en medio de la oscuridad.

 

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