
Dicen que, hace mucho tiempo, en el Otavalo antiguo, vivió una mujer de belleza hipnótica que había sellado un pacto oscuro.
De día aconsejaba enamorados.
De noche volaba sobre los tejados.
Su engaño más famoso fue el del pan encantado.
Un joven desesperado por recuperar a su amada recibió un pan milagroso que, al amanecer, apareció cubierto de gusanos.
Desde entonces, la gente aprendió que no todas las promesas vienen del lugar correcto.
Pero los tiempos cambiaron y las brujas también.
Hoy, en las afueras de Otavalo, vive Aurelia.
Algunos la llaman terapeuta energética.
Otros, con menos poesía y más sinceridad, la llaman simplemente la Bruja Moderna.
Su casa parece salida de una revista de decoración.
Todo está perfectamente alineado.
Las plantas lucen tan saludables que generan sospechas.
Los cristales cuelgan en lugares estratégicos.
Los cuencos tibetanos aparecen por todas partes.
Y el aroma a palo santo es tan intenso que uno sale sintiéndose espiritualmente renovado aunque solo haya ido a preguntar una dirección.
Aurelia recibe clientes todo el día.
Empresarios que buscan prosperidad.
Parejas que desean armonizar sus energías.
Estudiantes que buscan suerte.
Y turistas convencidos de que una limpia ancestral puede resolver en veinte minutos todo aquello que no solucionaron en diez años.
Una mañana llegó una pareja.
—Queremos equilibrar nuestra energía de pareja.
—¿Hace cuánto no salen juntos? —preguntó Aurelia.
—Desde la pandemia.
—¿Y conversan?
—Nos enviamos mensajes desde habitaciones distintas.
Aurelia tomó una libreta.
—Su energía no está bloqueada.
—¿No?
—Está estacionada.
La siguiente consulta fue un estudiante.
—Necesito suerte para el examen.
—¿Cuántas horas estudiaste?
—Dos.
—¿Dos horas?
—Dos minutos.
Aurelia cerró los ojos.
—Voy a necesitar una vela mucho más grande.
Después llegó un empresario.
—Todo me sale mal.
—¿Qué ocurrió?
—Invertí en tres negocios.
—¿Los estudió antes?
—Vi varios videos en internet.
—¿Cuánto duraban?
—Treinta segundos.
Aurelia asintió lentamente.
—Comprendo.
—¿Qué tengo?
—Exceso de confianza astral.
Los turistas tampoco decepcionaban.
—¿La limpia ancestral elimina todos los problemas?
—No.
—¿Los más graves?
—Tampoco.
—¿Entonces para qué sirve?
—Para empezar a hacerse preguntas más útiles.
Su agenda siempre estaba llena.
Aceptaba efectivo, transferencia y tarjeta, porque las brujas modernas también deben adaptarse a los tiempos.
Una tarde llegó un joven desesperado.
Su novia lo había dejado.
Aurelia escuchó toda la historia, sin interrumpir ni juzgar.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Y por qué te dejó?
—No lo sé.
—¿Le preguntaste?
—No.
—¿Y entonces cómo sabes que fue por energía negativa?
—Porque mis amigos me dijeron.
Aurelia suspiró.
—Los amigos suelen causar más problemas que las energías.
Luego se levantó.
Fue hasta un estante.
Tomó una pequeña caja blanca.
Dentro había un pan perfectamente horneado.
Dorado.
Fragante.
Impecable.
—Entrégaselo esta noche —le dijo—. Antes de la medianoche.
El muchacho aceptó el pan y salió lleno de esperanza.
No encontró a la muchacha, así que decidió regresar al día siguiente.
Al amanecer, movido por la curiosidad, abrió la caja.
El pan estaba cubierto de gusanos.
Entonces recordó las historias que contaban los abuelos y comprendió que algunas leyendas nunca desaparecen.
Solo aprenden a usar portón eléctrico.
Al siguiente día fue a la casa de Aurelia.
La encontró atendiendo a otro cliente.
—Para atraer estabilidad emocional —explicaba ella con tranquilidad— lo primero es dejar de discutir con su suegra.
—¿Y si ella empieza?
—Entonces respire profundo y discuta mañana.
El joven dejó la caja junto a la puerta y se marchó sin decir una palabra.
Cuando Aurelia encontró el pan, sonrió.
Como si todo hubiera ocurrido exactamente como esperaba.
Y desde entonces, en Otavalo, sigue corriendo el mismo rumor de siempre:
que algunas brujas cambian de casa, de ropa y de métodos, pero nunca de oficio.
Dorys Rueda, Cuentos: Entre leyendas y sonrisas, 2026.
