A Mateo Sevillano le han cambiado la nacionalidad varias veces sin necesidad de salir del Ecuador.

Por su estatura y su contextura fuerte, hay quienes apenas conocen a Mateo y deciden que es colombiano.
Otros lo estudian un poco más y dictaminan: venezolano.

Lo curioso es que algunos ni siquiera preguntan.

—Usted no es de aquí, ¿verdad?

—Sí.

—¿De Otavalo?

—No exactamente.

—Entonces, ¿de dónde?

—De Ibarra.

A veces la respuesta los deja un poco desconcertados.

No siempre es la respuesta que esperan.

A estas confusiones ya está acostumbrado.

Mateo nació en Ibarra, aunque se considera otavaleño de corazón.

Y cuando ocurrió esta historia cursaba su último año de Derecho en la Universidad de Otavalo.

Por aquellos días tenía en sus manos dos relojes de familia. Uno había pertenecido a su abuelito, Oswaldo; el otro, a su bisabuelito, Ángel, a quien Mateo había sido muy allegado.

Un día decidió llevarlos a una relojería de Otavalo para que los limpiaran y revisaran.

Entró, saludó y colocó las dos piezas sobre el mostrador.

—Quisiera que los revise y les haga una limpieza.

El relojero tomó el primero, lo giró entre los dedos y lo acercó a la luz. Después hizo lo mismo con el segundo.

Mateo esperaba frente al mostrador.

El hombre volvió al primer reloj. Lo observó unos segundos y levantó la vista.

—¿De dónde sacó estos relojes?

—¿Cómo? Son míos.

El relojero lo recorrió lentamente de arriba abajo.

—¿Los dos?

—Los dos.

Una ceja se levantó apenas.

—¿Y de dónde los tiene?

Mateo señaló uno.

—Este era de mi abuelito, Oswaldo Sevillano.

El relojero bajó la mirada hacia la pieza.

—¿Y el otro?

—Era de mi bisabuelito, Ángel Rueda.

El hombre dejó de mirar el reloj.

—¿Ángel Rueda Encalada?

—Sí. Yo también llevo su nombre. Me llamo Ángel Mateo.

El relojero alzó una ceja y volvió a observarlo.

Mateo esperó.

Pensó que aquello bastaría.

No bastó.

El hombre seguía mirándolo con la misma expresión.

A esas alturas, Mateo ya había empezado a notar una cierta rutina: él respondía, el relojero lo observaba como si comprobara la respuesta y enseguida venía otra pregunta.

—¿Y dónde vivía su bisabuelito?

—Frente a la Plaza Cívica.

El relojero dejó el reloj sobre el mostrador.

—¿Frente a la Plaza Cívica?

—Sí.

—¿En qué casa?

Mateo se la indicó.

—Allí vivía mi bisabuelito. Y allí vivo yo ahora.

Esta vez el relojero fijó los ojos en él.

—¿Usted vive allí?

—Sí.

Silencio.

—Ah…

Tomó nuevamente el reloj.

Algo había cambiado. Sin embargo, antes de continuar con la revisión, levantó una vez más la vista hacia Mateo.

Ya no hizo más preguntas.

Continuó con los relojes, aunque de vez en cuando levantaba la vista hacia Mateo, como si todavía quedara alguna duda pendiente.

Cuando terminó, Mateo recogió las piezas y las guardó con cuidado.

—Muchas gracias. Que tenga buena tarde.

—Igualmente —respondió el relojero.

Seco. Sin sonrisa.

Mateo salió de la relojería. Mientras se alejaba, repasó la conversación. Había entrado para hacer revisar dos relojes de familia y había terminado dando nombres, parentescos y hasta la dirección de su casa.

En aquel momento la situación le pareció extraña.

Un año después, ya como abogado, la recuerda y sonríe.

Ahora reconoce el método del relojero: una pregunta, una respuesta, una mirada que comprueba… y otra pregunta.

Con su pinta de colombiano o venezolano, había conocido el interrogatorio antes de graduarse.

Solo que aquel día le tocó estar del lado del interrogado.

Dorys Rueda, Historias que me contaron, obra inédita.

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