
Mi primera sesión de fotos fue a los cuatro años.
Mi mamá se tomó el asunto muy en serio.
Había confeccionado para mí un vestido rosado, me peinó con esmero y dejó caer sobre mi frente un cerquillo que debía permanecer exactamente donde ella lo había puesto.
Yo también tenía una responsabilidad: no desbaratar nada antes de llegar al estudio.
A los cuatro años, semejante encargo ya era bastante.
Antes de salir, mi mamá me miró de arriba abajo, acomodó algún detalle que seguramente solo ella podía ver y anunció:
—Pareces una princesa.
Me gustó.
Una princesa tenía vestido bonito, peinado especial y, por lo que yo entendía, ninguna obligación importante.
Todavía no sabía que tendría que permanecer sentada y, sobre todo, quedarme quieta.
Mientras íbamos al estudio, empecé a pensar en la foto.
¿Había que sonreír todo el tiempo?
¿Y si pestañeaba?
¿Y si me picaba la nariz?
Cuanto más lo pensaba, más complicado parecía el oficio de modelo.
El encargado de conseguir aquella hazaña era el señor Cifuentes, gran amigo de mi papá y fotógrafo muy conocido en Otavalo.
Nos recibió en su estudio.
Hasta allí, todo marchaba bien: vestido limpio, cerquillo en su sitio, princesa completa.
Entonces entramos al cuarto de las fotografías.
Era medio oscuro.
En el centro había una silla alta.
Y frente a ella, la cámara.
Me detuve.
Aquello no se parecía a ninguna cámara que yo conociera. Era enorme, tenía un lente redondo que apuntaba hacia mí y estaba cubierta por una manta negra.
El señor Cifuentes me tomó en brazos y me sentó en la silla.
Mis pies quedaron en el aire.
La silla era dura.
La cámara me miraba.
Y mi mamá esperaba que sonriera.
Demasiadas cosas para una sola niña.
El señor Cifuentes se acercó a la cámara, levantó la manta negra y metió la cabeza debajo.
Yo esperé.
No salió.
Aquello cambió por completo mi opinión sobre la fotografía.
Si la cámara acababa de tragarse al fotógrafo, no pensaba averiguar quién seguía.
Salté de la silla.
—¡Hija!
Corrí.
Mi mamá fue detrás de mí. El señor Cifuentes consiguió salir de la manta y se sumó a la persecución.
Yo iba adelante.
Eso era lo importante.
Casi llegué a la puerta.
Digo «casi» porque el señor Cifuentes tenía las piernas más largas.
Me alcanzó, me levantó en brazos y me devolvió a la silla.
La princesa regresó al trono.
De muy mal humor.
Y llorando.
Mi mamá acudió a secarme las lágrimas. Tenía que tranquilizarme y, al mismo tiempo, impedir que el llanto arruinara el trabajo de toda la mañana.
—¿Te da miedo la cámara?
Señalé el enorme aparato.
—Eso.
—Pero si no hace nada.
No me pareció un argumento suficiente.
—Se comió al señor Cifuentes.
Mi mamá miró al fotógrafo.
Yo también.
Allí estaba, entero.
—¿Ves? No se lo comió. Él se mete debajo de la manta para tomar la foto.
Miré al señor Cifuentes.
Después miré la cámara.
La explicación tenía sentido, aunque yo todavía no confiaba del todo en ninguno de los dos.
—¿Y a mí no me va a tragar?
—A ti no. Solo quiere tu foto.
Eso mejoraba bastante las cosas.
El señor Cifuentes volvió a colocarse detrás de la cámara.
Yo permanecí en la silla.
Esta vez no corrí.
Miré el lente.
Y la fotografía quedó hecha.
Todavía la conservo.
En ella aparezco muy seria, con mi vestido rosado y el cerquillo perfectamente puesto.
La carrera por el estudio, por suerte, quedó fuera de cuadro.
